Marea roja

Por Yahel Gordillo

Viví casi un año en Belice. Tuve la oportunidad de presenciar unas elecciones allá, envueltas en una atmósfera con sabor a dictadura. En la entrada de las casillas, personas vestidas de azul o rojo regalaban comida o dinero sin un poco de discreción. A los ojos de cualquier turista, la cosa pintaba a que se venía una reelección del presidente en turno. Para muchos era una tristeza, un robo al pueblo, un circo de la democracia. Decíamos, los mexicanos ahí reunidos, que era una pena lo que estábamos viendo. La realidad es más universal de lo que parece.

Mi experiencia en el Estado de México no es muy abundante, pero es significativa. He caminado por sus calles, tengo muchos amigos que vienen a estudiar y trabajar a la Ciudad de México pero viven por allá, mi novia visita casi diario oficinas de gobierno mexiquenses por motivos de trabajo, sin mencionar que ella vive a diez minutos caminando del mismísimo Naucalpan. Me queda claro, no es necesario ser un adepto a la oposición o un estudioso de la sociedad para notarlo, que la violencia y el miedo azotan duramente al Estado. Más allá de las cifras, escuchar las historias de amigas que han sido acosadas, de los policías y su actitud totalmente antiservicial y delictiva, de los secuestros que están a la orden del día y pegan a ricos y pobres por igual, de las cuotas exigidas por el crimen organizado (dos conocidos, dueños de pequeños negocios, fueron asesinados por negarse a dar la cuota respectiva), del miedo a tomar una combi sin ser asaltado. Historias, en fin, que no provocan sonrisas.

Por alguna razón, no es necesario vivir en el Estado de México para ser empáticos. Cuando todo un país tiene la misma cotidianeidad, las historias de violencia y pobreza se sienten en carne propia. Independientemente del conocimiento de la realidad de un país, seguir en la misma línea nos depara la misma tragedia ya anunciada.Recuerdo que en la Universidad, un maestro decía que no es posible apoyar algo que atente contra la vida. Así de simple. Apoyar o no oponerse a un régimen que se ha caracterizado por la pérdida de miles, miles y miles de vidas humanas, es prácticamente un suicidio. En Belice, el conflicto de violencia, la venta de tierras y el poco cuidado ambiental del actual régimen, sumado al robo de dinero por parte de la familia presidencial, son una parte del dolor de la gente. Acá, con problemas diferentes, la sangre clama de la misma forma.

Las elecciones del Estado de México tienen un sabor muy parecido a las de Belice el año pasado. Tal vez con mayor discreción, y como dice el bello dicho de “ojos que no ven, corazón que no siente”, parece que la fórmula funciona de la misma forma. Después de echarle la culpa a la costumbre, el miedo, las despensas, la compra de votos, la ideología o la estupidez, la realidad se impone y deja la esperanza noqueada. La cosa marcha mal y, a un año de las elecciones del 2018, la tristeza se va imponiendo. Sin embargo, hay que seguir.Esperemos que un día, cuando despertemos, el dinosaurio ya no esté ahí.

Duele. No vivo en el Estado, pero siento la injusticia y el panorama desolador. El dolor se comparte. Seguirá el miedo, la violencia, el terror de caminar por las calles. Como Belice, país que se ha levantado de desastres naturales que devienen en sociales, hay que continuar ante esta tremenda inundación de volantes y chalecos rojos. Esperemos que en un año la marea cambie.

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4 Thoughts to “Marea roja”

  1. Kevin Navarrete

    Siempre uno agradece leer textos que comparten nuestro desasosiego. La esperanza sigue allí, anhelando que la marea cambie. Aunque bastante crudo, expresa la impotencia de muchos de nosotros. ¡Gracias por compartirlo!

  2. Mariana Colmenares

    Es muy cierto, no necesitamos vivir en el Estado de México para sentir dolor por la situación. Muy buen artículo, claro y conciso.

  3. Ángel

    Excelente comparación. Como bien apunta, está en nosotros hacer el cambio para 2018, no bajar los brazos. Muy buena reflexión, la divulgaré.

  4. Johan G. García

    Duele cada palabra de la reflexión. Yo propongo un arreglo en la última oración: Sigamos haciendo todo lo que podemos para que en un año la marea cambie.

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