Por Roque Juan Carrasco Aquino
“La educación se construye socialmente, se identifica y lucha con los pueblos a emanciparse transformando realidades. Es un medio para erradicar la ignorancia, la sumisión, el conformismo y la exclusión. En tanto, por medio de ella se elaboran procesos en valores de solidaridad, tolerancia, inclusión y liberadora de esquemas conservadores capitalistas”.
De las políticas neoliberales al humanismo mexicano. Proyecto humanista en sus primeros intentos antes de ser derribado por la derecha traidora, “intelectuales” mercantilistas, académicos de confort y la oposición en general que persisten cada vez a descalificar los avances del nuevo proyecto educativo de cara a la privatización de más de treinta años de lacerar la economía nacional.
Educación autoritaria, conservadora, escéptica ante los problemas nacionales; dilapidaria de la historia revolucionaria y dosificadora de jóvenes castrando a las generaciones venideras críticas y contestatarias.
Las intenciones y acciones de las políticas neoliberales eran las de cosificar a los egresados de todos los niveles educativos: primaria, secundaria, profesional y posgrado. En cuanto a la educación básica se sujeta a mantener un perfil de sumisión, sujetos que rayan a un objeto sin personalidad, construyen al egresado para defender al status quo y confundir la historia en hechos pasajeros, en datos numéricos y al final hacerlos dúctiles ante exigencias del mercado.
Por supuesto, sin cuestionar ni rechazar el sistema desvalorizador y explotador. De modo pues, no tomar en cuenta al pueblo a deshacerse de los especuladores de la educación básica y profesional.
En tanto, la formación a nivel de secundaria, la historia, la ética, la moral y el respeto a la naturaleza, a las personas de la tercera edad, así como la necesidad de defender el patrimonio nacional y la autogeneración de conocimientos para la sociedad, entre otras dinámicas de construcción de conocimientos, no de información per se.
Todo ha quedado en el olvido y sustituido por la demanda rentista de objetos-personas para engrosar las filas del llamado “ejército industrial de reserva”. La idea es mantener a los especialistas con oficios, técnicos diestros en los manuales en inglés para subir a escalas de capataces. Implica, entonces, el dominio de las técnicas y subordinar a los niveles medios y técnicos de especialidades.
Las ingenierías en las escuelas exprofesamente cultivan especialidades de acuerdo con la vocación; es decir, reproducir ideologías de la clase dominante, direccionar a los egresados de todas las escuelas y con el pretexto de “resolver problemas” como técnicos diestros en el manejo de fórmulas, manuales, fórmulas utilitaristas de cálculos y percepciones pragmáticas sin criterios para discernir, debatir, socializar saberes adquiridos en los pasos por la carrera profesional.
No obstante, se desvanecen en el terreno de los problemas verdaderos del pueblo de México. He ahí el fenómeno de ausencia de conocimientos y de criterios solidarios, éticos y comprometidos con la sociedad. Se asumen como los dirigentes de por vida y de generaciones familiares.
La educación en México se presenta como una continuidad en discontinuo de saberes. De modo que, en el periodo neoliberal, se disfrazaba de avances cuantitativos; es decir, sumar, restar y dividir, en mera simplicidad del pragmatismo. No obstante, en cuanto a la historia sin constatar el proceso dialéctico, sólo se reduce a anécdotas de personajes belicistas fuera de contexto.
Sin embargo, los hechos se reducían a escenarios de cifras y hechos reduccionistas. En aquel entonces, la Secretaría de Educación Pública imponía la educación vacía de contenidos de la política, economía, filosofía, sociología, etc., bajo esquemas de efemérides reduccionistas; así como objetos cuantitativos, minimizando el papel histórico de héroes y descontextualizando la realidad de cada momento importante en la vida cotidiana de México.
Los saberes, en el período sexenal del PriAn, eran encasillados sobre limitaciones anecdóticas de lo sucedido en la propia historia, donde la primacía ideológica y racial se imponía en hechos infantiles confusos de fábulas con simulaciones impuestas por el gobierno oficialista del PriAn.
De ahí se creaban la imagen e ideología de instituciones supuestamente legítimas, herederas de la revolución apropiada por los vencedores. La clase política, era indiscutible, se imponía la hegemonía política embustera, represiva, autoritaria y deshumanizante.
Todo se desarrollaba en un entorno de limitaciones quiméricas de choques constantes contra los verdaderos constructores de los pilares del patrimonio del pueblo mexicano. A cambio, les auguraban un mundo ideal y sin problemas de pobreza, miseria, desempleo, injusticias, fraudes electorales y un sinfín de contradicciones en la era moderna y posmoderna en una ilusión fantástica de la globalización.
En tanto, las escuelas particulares se erigían con un sesgo ideológico que ahí se formarían los nuevos capataces, los empresarios que ocuparían puestos en las Secretarías de Estado. Los dirigentes emprendedores, al final fueron los principales corruptos opuestos a las enseñanzas de valores éticos y morales de los saberes emanados de la Revolución, en detrimento de las instituciones públicas, rechazando las virtudes de lo público y denigran a los egresados de las escuelas dependientes del Estado mexicano.
De modo que los estudios demandados por la sociedad para hacer pensar, analizar el contexto real y material de manera crítica, se reducían a simples ilusiones sobre espejismos ideológicos antisociales y prometedores sin materializarse nunca, además de negar ideas propositivas, incluyentes y con tendencias a la construcción del conocimiento capaz de analizar, comprender y transformar la realidad imperante no era la tendencia formadora. Por el contrario, se etiquetaba como irrealizable y se concebía un reduccionismo anticomunista.
Frente a ello, se camuflaba la formación básica y aplicada en meros requisitos para acreditar un escalón más de las profesiones sin sustancia y menos fundada en la epistemología crítica y transformadora.
En cuanto a la licenciatura, en las diferentes instituciones se etiqueta la orientación de la educación transformadora para minimizar los niveles profesionales y codificar hacia la sumisión de la integración socioeducativa, excluyendo la investigación con carácter dinámico, científico, popular y propositivo.
Por supuesto, el perfil de un egresado de la carrera, indistinta, se reduce solamente a obtener un título fuera de toda realidad; se valora como un especialista, técnico, acrítico, escéptico, conformista, apolítico y sumiso a las demandas del mercado especulativo del conocimiento.
Al final, es un ente descontextualizado, aborreciendo las acciones políticas de otra democracia participativa y añora los anhelos de un especulador rentista de su profesión, negando el papel fundamental de la intención de la ciencia popular y compromisos con el pueblo.
De este modo, qué papel puede jugar el licenciado en un escenario donde se cosifica, se minimiza la creatividad, la libertad del pensamiento para imponer la razón de ser de la ideología hegemónica capitalista.
En tanto, el perfil del egresado se reduce solamente a alcanzar el diploma, a la competencia desleal entre otros graduados, enfrentándose con los titulados de las escuelas privadas.
No obstante, la ausencia crítica impone la ideología de la formación pasiva, subordinándose a las exigencias reproductivas de engranes utilitarios del aparato productivo, negando plantear alternativas a las regiones vulnerables, donde prácticamente era inadvertida, descalificada, sin importancia y ni creatividad para la concepción del perfil analítico. Asimismo, se niega a comprender las demandas sociales del presente.
El reto hoy es cómo educar, producir conocimientos liberadores, comprometerse verdaderamente con el sentir de la grandes mayorías.