Por: Armando Martínez Leal
Para: César Honorato Casillas
Hermano Sol, si quieres, voy mañana
a esperar en la sombra. Tengo el canto
que prefieres, y el cielo que levanto
desde mi pecho, te sabrá a manzana.
Carlos Pellicer
Als das Kind Kind war,
ging es mit hängenden Armen,
wollte der Bach sei ein Fluß,
der Fluß sei ein Strom,
und diese Pfütze das Meer
Peter Handke
Una de las ideas centrales que atraviesan el pensamiento de Walter Benjamin es la noción de felicidad. Para Benjamin se trataba de una apuesta política, una sociedad feliz, un ser feliz. La felicidad puede ser una posta en algún sentido posmoderna, para los duros teóricos se trata de una cuestión chabacana. Sin embargo, en el diagnóstico de nuestra contemporaneidad, Benjamin encontró que el actual proyecto civilizatorio nos lleva a la catástrofe y la destrucción. Producir mercancías hasta la hipóstasis, el extremo delirante de nuestra cultura es volver todo un objeto de consumo. Una falsa idea de la felicidad.
Las mercancías se producen en la época de la reproductibilidad técnica en el delirio de la esquizofrenia. Estamos frente a una producción de bienes donde la humanidad ya no interviene de forma determinante en su producción. La máquina está en el centro de esa nueva cultura, una máquina que en un frenesí produce sin cesar distintas mercancías, para niños, jóvenes, adultos, adultos-jóvenes, adultos, adultos-mayores… para los mayores.

Hipóstasis de nuestra existencia, producir desechos. Un estudio del Banco Mundial What a Waste: A Global Review of Solid Waste Management señalaba que en el 2010 la humanidad producía en su conjunto 3,5 millones de toneladas diarias de basura, la prospectiva del estudio señala que para el 2025 la cifra casi se duplicará llegando a 6 millones de residuos. Somos una colectividad que produce basura, desechamos electrodomésticos, zapatos, ropa, utensilios… plástico, vidrio, papel, la industria desecha toneles de químicos, asesina cotidianamente a vastas partes de la tierra sin ninguna repercusión ética o legal. Pero ese mismo proyecto civilizatorio, el de producir desechos lo hemos llevado al extremo de generar un lógica que plantea que hay millones de seres humanos prescindidles.
Global Monitoring Report, otro estudio elaborado conjuntamente por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional señalaba que en 2015, había 702 millones de personas, mujeres, niñas, niños, varones, jóvenes y ancianos que vivían en la extrema pobreza. Para los cuales el proyecto civilizatorio actual no tiene ninguna alternativa más allá del desecho. 3,5 millones de toneladas diarias de basura… 702 millones de personas desechables, sacrificables, porque son analfabetas y fundamentalmente porque no consumen. La realización y afirmación de la existencia en nuestro presente es consumir.
Nuestras relaciones humanas están determinadas por el consumo, que nos ha vuelto un target y en el ilusión lo hemos aceptado como el barrido de una supuesta identidad. Dependiendo de dónde consumes, tu existencia se identifica con tal o cual persona, a la cual también consumes y en esa medida desechas. Nuestras relaciones humanas son determinantemente desechables, pocas duran más allá del tiempo de un móvil, un par de zapatos, unos pantalones o una comida.
La moda nos lleva a la excitación de la insatisfacción, exultamos nuestra terrible incapacidad por intimar con el otro, porque intimar es exhibirse, dar al otro nuestros deseos y pasiones, pero también envolver algo nuestro, se trata de un ejercicio constante, develar-velando… velando-develar. El secreto de lo humano, demasiado humano: la intimidad. En el presente, la intimidad es profundamente asechada, negada… y fanáticamente expuesta a través de las redes sociales. Pero no develas tu cara, sino una careta, el target, que la mecánica del consumo te ha impuesto. Eres, somos… mercancía.
Carlos Pellicer, el Poeta en su Nocturno, aborda nuestra incapacidad de mirar, Esta obligada prisa que inexorablemente quiere entregarme el mundo como un dato pequeño… una máscara con la que actuara demasiado. Las máscaras han estado intrínsecamente incorporadas en la historia de la humanidad, son parte de un ritual de muerte, de vida… nos llevan al carnaval. Nos llevan a encubrir lo que somos. La dinámica social actual ha vuelto el artilugio del target, un disfraz, que cotidianamente nos encubre, nos despersonaliza, nos vuelve otro, para no ser nosotros. En ese instante, la intimidad es transgredida, porque no hay manera de develar-velando, velando-develando, frente a los artilugios.

La intimidad es compartir la existencia, es la posibilidad de encontrarse, de verse en la mirada del otro, de los otros, la intimidad es el acto de perderse en el otro, de ser otro. La intimidad es ineludible para llegar a la felicidad. Se puede no saber lo que se es, lo que no se puede es negar el riesgo que implica la existencia para llegar a ser feliz. Walter Benjamin asumía el reto de la felicidad, como la posibilidad de llegar a un mundo armónico, que necesariamente pasa por hacerle justicia a los derrotados. Hoy, la intimidad es un desecho. Ha sido derrotada, reducida a su condición más terrible: el sexo.
La cultura actual inició el proceso por sexualizar el consumo y hoy la intimidad es consumible, consumes sexo, lo mismo que una coca-cola, consumes sexo como si fueran zapatos. La intimidad es entendida por la cultura popular moderna como sexar. Pero no estás dispuesto a trastocar tu existencia en el otro. En principio, porque hemos perdido la consciencia de que la existencia es un ejercicio de autorrevelación. La existencia se afirma en el consumo, en tu posibilidad adquisitiva, en la llegada de la quincena.
La enigmática escena del Pozo, de la cueva de Lascaux, fue interpretada por los arqueólogos del Museo Británico, como escenas de caza. Sin embargo, los hallazgos del Círculo de los Eranos, nos permitió dar un giro interpretativo, que nos arrojó al ámbito de lo simbólico, donde las fuerzas agónicas de lo humano bullen. Muerte y vida eran los símbolos que el hombre de Lascaux plasmó, las flechas fueron trastocadas y se nos develaron como imágenes de la sexualidad. Desde nuestros orígenes, el sexo ha determinado nuestra existencia. El grave problema de la actualidad es que el sexo ha dejado de ser un acto simbólico y de comunicación, para convertirse en una representación de la “pedagogía pornográfica”. No importa el placer y el deseo de tocar la muerte, sino la idea de lo que el sexo es un acto donde la intimidad no está presente. Hemos vuelto el acto sexual una mercancía.
Cada cuerpo narra una historia individual, cada cicatriz es la huella de lo que somos, de nuestra historia individual, de nuestras limitaciones y posibilidades. Nos alborozamos en un individualismo vacuo, no hay identidad, no hay ser… vivimos en el espacio de la homogeneidad del target. Para cada uno de nosotros hay una casilla lista, donde junto a otros seremos un objetivo del marketing. La imposibilidad de intimar en la actualidad, es la manifestación de nuestra existencia castrada, no somos libres, aunque soñamos que lo somos. Porque no adivinamos el justo espacio que ocupamos en el universo, para saberlo es necesario estar dispuesto a ser tocado por el Otro.

La intimidad es el acto de ser trastocado por el otro, es un acto amoroso, donde dos seres exhiben sus debilidades, sus cicatrices, manías, fobias y filias… su ser imperfecto. Para la intimidad no hay un modelo asequible, sino la posibilidad simbólica de la existencia. Podemos intimar con el amante, pero también es necesario hacerlo con el vecino. La actualidad nos presenta el reto de aprehender como colectividad a reconstituir nuestra experiencia colectiva sobre la intimidad. La intimidad implica una absoluta democratización del dominio interpersonal, en una forma en todo homologable con la democracia en la esfera pública. (Giddens)
La reconstrucción de la intimidad nos posibilitará reconocer en el Otro a un humano como nosotros, no sólo a una cifra… somos más que 119 millones de “mexicanos”, somos más que 200 mil mexicanos muertos por la guerra contra el crimen organizado. Todos somos humanos imperfectos y defectuosos. Para lograr la felicidad es necesario trastocar el decurso que se le avecina al país y a la civilización entera, lo cual pasa necesariamente, por procesos deconstructivos del Ser. Alteridad de nuestra existencia… confrontación del ser. Se trata pues de una apuesta amorosa, de una reinvención de lo que hemos dejado de ser. De la renuncia a nuestras costras, de preguntarnos realmente si las costras que cargamos son realmente nuestras, o simplemente son artilugios del artificio que actualmente implica la existencia y si somos capaces de reconstruir nuestra historia emocional clandestina, reformulando las relaciones de poder. Ese poder que se ejerce sobre el cuerpo y luego traspasa al organismo social.