Por Héctor Antonio Meza
Foto: Edgar López (Archivo)
Los ojos no mienten, son la entrada a la puerta del alma. Es pasado mediodía y en un ambiente triste por escombros de un edificio ubicado en el centro de los Multifamiliares de Taxqueña, sale a relucir una sonrisa que contagia a todos, un rostro que hace lo imposible, por mantener la esperanza en la gente que lo ha perdido todo.
Las palabras sobran, pues sólo alrededor se observan edificios viejos que denotan el pasar de los años, aunque ahora con nuevas fisuras que estremecen la tranquilidad de la gente.
La noción del tiempo en el espacio se pierde poco a poco y sólo perduran los rostros de la gente. No pasan ni dos minutos y llega una camioneta verde con una familia proveniente del mercado de Santa María, Azcapotzalco. Abren la puerta trasera de su coche y empiezan a decir: “Traemos alimentos y otras cosas”.
Es ahí cuando esos rostros apagados cobran sentido, gente que lleva días sin conciliar el sueño, con angustias y preocupaciones, tratan de ver el lado amable, si es que lo hay.
Un hombre de edad avanzada se acerca a la camioneta para ayudar a transportar lo que trae la familia. Al ver eso, en segundos se nota la gran dificultad que le cuesta el bajar las cosas. Pero jóvenes brigadistas corren para acomedirse a llevar cajas y bolsas que traen consigo una muestra de apoyo.
Ellos visten con pantalones de mezclilla desgastados, playeras de distintos colores, y uno que otro con algún casco en su cabeza.
A su paso, varias chicas ayudan a poner carpas para que la gente se resguarde de la lluvia. Llama la atención una de ellas. Lleva consigo un casco rosa y es pequeña de estatura. Aun así, con mucho entusiasmo toma unos alambres chicos y los coloca lo más alto que puede para atarlos a la reja de las canchas de futbol en la que están colocándolas, y ha servido de refugio para la gente damnificada.
Esos lugares de juego que antes servían para divertirse, ahora cumplen con otra función, pero no pierden al sector juvenil que acogen siempre, sino también anexan a gente de todas las edades.
Decido continuar mi camino y al darle la vuelta a los edificios. Me encuentro con una calle bloqueada y resguardada por militares. Ya se cumplió una semana del incidente y cada vez la zona está más controlada.
Logro burlar a la seguridad. Continúo por la acera y observo sorprendido a mi paso una iglesia que aloja militares, federales y uno que otro civil, pero la vista del otro lado de la calle ofrece otro panorama.
Uno, en el que se observa un callejón chico entre edificios de la unidad y se alcanza a distinguir un pequeño parque con juegos, pero eso pasará a segundo plano, porque es otra entrada directa al edificio derrumbado y se nota a los rescatistas trabajando en la estructura caída.
Decido entrar a la iglesia. Una chica que se encuentra en la entrada me ve y le pregunto lo primero que se me viene a la mente.
–¿Estará el padre?
–Sí, acompáñame, está por acá—me contesta.
La sigo y observo a mi alrededor cajas con ayuda. Me lleva a un salón que está a menos de 10 metros de la entrada que normalmente sirve para catecismo. Ahora se divide en dos, la mitad con colchonetas en el suelo, y la otra parte, un comedor para militares, federales y psicólogos.
En eso ve al padre y me presenta con él. Le digo que soy periodista y me gustaría que me diera su testimonio del temblor, pero él se niega. Argumenta que no lo había vivido en la iglesia, pero me lleva con sus auxiliares que sí lo vivieron e hizo mención que fue horrible para ellos.
Me voy introduciendo a la parte trasera de la iglesia, donde se ubican las criptas y da a un pequeño patio trasero que tiene muchas sillas. En el trayecto me dice que se cayeron cuadros y una imagen de San José, pero que gracias a Dios no le pasó nada al edificio. Llama a sus auxiliares y me los presenta. Hace que se sienten conmigo y llama a un chico para que escuche lo que me contarán.
Mario es diácono permanente. A su lado está Carmen. El muchacho expresó que para él fue impresionante ese momento, porque estaba en la oficina ubicada a un costado de la entrada de la parroquia.
Su voz, aún nerviosa, pronunció las siguientes palabras:
“Cuándo empezó el movimiento telúrico estaba ahí, se vino más fuerte, obviamente yo me paré sobre el pórtico de la puerta como tal. Me abracé a ella. No había ningún otro muro después, y de pronto escuché el crujido de todo el edificio, pero sobre todo cómo se derrumbó. No lo vi, pero sonó ¡Crash…!
“Enfrente tenemos un transformador y ese sacó chispas y vi clarito cómo se jalaron los cables de luz. Pensé que se caerían. El movimiento fuerte seguía y yo como diácono rezaba en la puerta y de pronto entraron unas señoras que se quedaron en el patio”.
Al observarlo se tranquilizó un poco después de esa parte. Y continuó: “En el momento que paró el temblor, me asomé al zaguán de la parroquia y vi como salía una nube de polvo, como en la película “Avalancha», esparciéndose de aquel callejón y se esparciría por todo lo que es la Avenida 8 hacia aquel lado”.
Pero para él, una de las impresiones más fuertes, fue ver el edificio abajo y observar cómo una señora, “empanizada de polvo”, salió como robot, en shock, se subió a su camioneta y se fue.
Carmen narró que en ese momento había bajado, ya que se encontraba en la azotea de la iglesia, pero a los dos les conmovió y dejó impresionados más el hecho de ver como la pura sociedad civil ayudó en una primera fase con cubetas quitando escombros.
Además me explicó que desde el temblor, la iglesia ha servido como centro de acopio, refugio y comedor para brigadistas, federales y militares.
Algo que me llamó la atención fue ver sus rostros de enojo, al comentarme que había venido gente del gobierno, queriéndose llevar cosas que todo el pueblo ha venido a dejar en apoyo a la situación.
Los dos llevan ropa de trabajo y es que para ellos es un día complicado, pues aparte de sus labores diarias, tienen que estar al pendiente de todo lo que sucede en la iglesia y apoyan en lo que pueden.
Me retiro de la iglesia pensativo. Camino hacia la primaria Fray Eusebio, ubicada en una calle alterna a la avenida Gálvez y Fuentes. Afuera del lugar se observa mucha gente esperando poder pasar.
En la puerta me acerco a un joven y pregunto por el director. Me manda a la encargada de la escuela, que ahora sirve como albergue temporal.
Me esperaba encontrar a una persona madura, pero sale Raquel Rolas, una joven que es coordinadora general de momento, ofreciéndome una plática a un costado de la puerta.
Comenta que el hecho de que se abriera la escuela, porque piensan reanudar clases, estamos conscientes de que es una institución de gobierno y, como tal, hay que pedir un permiso, sin embargo, agregó que hay una barda en mal estado dentro, pero acordonada y tienen que pensar además en las personas alojadas.
Me despedí de ella y regresé a la avenida, donde observo gente de cualquier clase social dirigiéndose a una entrada hacia el derrumbe en la que llevan todo tipo de apoyo, desde material, hasta ellos mismos como brigadistas voluntarios.
Los sigo y me topo con un pequeño espacio verde que está cerrado, con carpas improvisadas de techo, lo resguardan jóvenes.
Me acerco a ellos y les preguntó que qué hacen.
–Resguardando la entrada, porque este es un centro de acopio independiente formado por siete chicos que brindan apoyo no sólo a los vecinos, sino a todo el que lo necesite.
Pero inconscientemente los jóvenes –uno vestía con un short y el otro de mezclilla y playeras negra– me comentaron que el gobierno no nos apoya, todo lo contrario, Protección Civil nos está quitando la herramienta.
Me despido. Camino por la misma avenida y me encuentro un parque que funge como otro albergue, ubicado justo enfrente de los multifamiliares.
Me cuesta trabajo pasar, pues está acordonada la entrada al parque. Me las ingenio. Apenas logro adentrarme. Mi vista se fija aun así en uno de los edificios que tiene pintado a un costado la leyenda “Hay fuga de gas”.
Decido tener cautela, pero esas imágenes me hicieron recordar los primeros días, en los que platique con unas personas, cuyo familiar había quedado entre escombros.
Sus rostros era algo que no se olvidan, pues presencié el momento en que habían sacado a alguien y los llamaron para el tan esperado reencuentro.
Se llenaron de alegría, se abrazaron con fuerza. La joven le daba fuerte la mano a su abuela, a la vez ella suelta lágrimas, y con la otra mano aprieta fuerte un pañuelo. Se alejaron para llegar con su familiar.
Pero la incertidumbre llegaría al cabo de cinco minutos, pues informarían que habían sacado a alguien sin vida.
Se iba en segundos, un ambiente donde la esperanza se va y regresa. El trabajo no cesó, pero minutos de silencio se hicieron presentes con un sentimiento de pena. Al cabo de minutos concluí que no llegaría a saber nada más de ellos porque la información era escasa.
Regreso en sí de ese recuerdo y veo un “parque” que ahora está invadido por casas de campaña, que forman el hogar de mucha gente que sufre la situación de días anteriores.
Al platicar con varios vecinos, noto que sus preocupaciones son muchas. Es difícil hablar con ellos, pero a pesar de todo, las risas y la buena actitud se hacen presentes entre chistes y rumores. De pronto sale la historia de un indigente que aprovecha la situación para comer, bañarse y cambiarse de ropa diario.
Ante esto varios expresan que él anda feliz, sin preocupación alguna, mientras ellos traen la mente ocupada. Pero esos momentos invaden el alma, pues a pesar de la situación, sus rostros intentan mostrar un lado amable y positivo.
Comienza a llover y es un momento que mueve a todos, pues piden a gritos carpas que los cubra de la lluvia, porque en muchos casos esto provoca que barran para que no se les junte el agua y en otros un lodazal a sus alrededores.
Estos hechos sólo me recuerdan las palabras del diácono y una conclusión que he formado: Lamentablemente nos unimos en desgracias, pero ante esta tragedia, ha salido a relucir una parte que pocas veces se ve de nosotros mismos.
Aquellos momentos de silencio recuerdan momentos de estrés, ilusión y estremecedores a la vez, adquiriendo una memoria difícil de sacar con ese puño en alto, que sólo representa el principio de una etapa difícil para los que están damnificados, pues los siguientes meses serán duros, pero la unión del pueblo será puesta a prueba.