Por Manuel Caballero
La década de los sesenta es, aún, un momento paradigmático. No solo en la historia del siglo XX, sino en la historia que viene recreando el hombre desde ese momento.
La revolución antes de los sesenta se relacionaba semánticamente, como un concepto de naturaleza violenta y de orden obligatorio para arrebatar el poder a quien –según Foucault- lo ejerce, y para ejercerlo en contra de la nueva oposición.
La revolución ya tenía sus momentos definitorios como propulsora de la mecánica social. Modificó, siempre, el modo de pensamiento y de comportamiento de las civilizaciones a las que tocó. Es decir, siempre dejó su marca.
La década de los sesenta tuvo a su favor algo que pocas décadas tuvieron. Fue la revolución de las revoluciones. Del modo de hacer una revolución. Y esto en definitiva condicionó también los fines.
La mediatización de la guerra de Vietnam. La generación Baby Boom de la pos guerra. La revolución tecnológica. El neoliberalismo. La Guerra Fría. La marihuana. La cocaína. El anticonceptivo. Playboy. La novela negra. Los Beatles. La revolución cubana. El existencialismo…
Estados Unidos. Esta gran nación, que mide 9, 500,000 kilómetros cuadrados, acogió el movimiento cultural más importante del siglo. El movimiento hippie. El flower power no fue solo una fiesta de colores -si bien generó una industria a su alrededor que se mantiene hasta nuestros tiempos- fue sobretodo una negativa a la violencia. Una negativa a la guerra. Una negativa al homicidio. Una negativa al silencio. Una negativa a lo irracional y a todas sus tradiciones.
El 1 de febrero de 1968, en la extinta ciudad de Saigón, hoy llamada Ciudad Ho Chi Minh, capital de Vietnam del Sur, un futuro premio Pulitzer fotografió una brutal escena. La fotografía dio la vuelta al mundo. Reivindicó una vez más al movimiento. Sin embargo, la historia es poco conocida.
El temido Jefe de la policía sudvietnamita, el general Nguyen Ngọc Loan, ejecutó de un disparo en la cabeza y en medio de una calle de Saigón, frente a cientos de testigos, a Nguyen Van Lem, miembro del Frente Nacional de Liberación, el famoso Vietcong, que se hacía llamar capitán Lop.
Eddie Adams, el fotógrafo, declaró años después que capitán Lop, tan solo una noche antes, junto con más miembros del Vietcong, mató a más de 20 miembros de diversas familias de militares norvietnamitas. Entre ellos el general Nguyen Ngoc. Lop fue detenido en una redada y hecho prisionero. Adams no sabía qué había sucedido cuando apretaba el disparador de la cámara al mismo tiempo que Loan apretaba el gatillo.
Vietnam fue una guerra mediática que cobró muchas vidas, la mayoría inocentes. Distrajo la atención del estadounidense y del mundo. Ayudó inexorablemente a instalar el nuevo orden mundial con el libre mercado y la globalización. Pero también tuvo resultados humanizadores. La deconstrucción de valores esenciales para el ser humano: La paz y la libertad. Derechos fundamentales que venían desdibujándose paulatinamente en la sociedad desde el feudalismo.
La foto de la ejecución en Saigón adolece totalmente de cualquiera de estos dos valores, de estos dos derechos. Pero es ahí, en su miseria y ruindad, en donde nace su importancia. De la desolación total. Del fondo del abismo, asoma el humano. Y asoma para lanzar un grito. Para informar de una decisión: No más violencia. No más ignorancia. No más mentiras. No más magia – como llamó Lennon a la religión- No más vidas desechadas. No más a la industrialización de nuestra raza.
La fotografía reabre el debate histórico. La ineludible pregunta: ¿Qué hacemos? Caminar con una rabia cegadora y vengativa, o caminar con una rabia que brilla en la conciencia y el amor. Afortunadamente para muchos de nosotros, la revolución cultural de los sesenta apostó por la segunda opción. Como dijo Gandhi: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.