En búsqueda del tiempo mexicano… por el derecho al debate

Por: Armando Leal

@armandoleal71

La voz, todo va bien

Moral

la voz

de un pobre trabajador en la miseria

Bueno, ellos no conocen a nadie

no saben nada acerca de los pobres

todo el dinero va a parar a los bolsillos de los_____

ALLEN GINSBERG

Durante décadas, la sociedad mexicana guardó silencio, un mutismo cómplice, apabullante. Su mudez la condenó al aherrojo. El PRI se encargó de silenciar cualquier intento de nombrar o exteriorizar el disenso. Los mecanismos para mantener la OMERTÁ fueron estigmatizar, corromper o asesinar al que pensaba distinto.

La pax priista creo un falso acuerdo que expulsaba la discrepancia, así durante décadas el disenso fue visto como aquello que ponía en peligro el equilibrio colectivo.

En lo privado, una opinión crítica al orden de las cosas era vista como de mal gusto, al que verbalizaba el desacuerdo se le veía como conflictivo. El coste de la disidencia: la expulsión del “paraíso” familiar. En lo público al disconforme se le corrompía o asesinaba.

El correlato de lo público tenía su asidero en un tipo de educación, una historia oficial que heroificaba o estigmatizaba a los sujetos, anulaba la educación sexual, reproducía un régimen de dominación patriarcal; este proceso fue acompañado por una cultura oficial y una interpretación sobre la misma.

David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, los grandes muralistas mexicanos sirvieron como un instrumento legitimador, se resaltaba en la interpretación de su obra una construcción de la mexicanidad que ocultaba su contenido rebelde.

En México pensar fue un ejercicio peligroso. La cultura del debate e intercambio de ideas fue nula. En la academia no se debate, si el alumno pone en cuestión lo dicho por el docente estaba en peligro su calificación, si el pupilo discute con el maestro su beca se hallaba en riesgo… allá Paz y su exterminio, acá don Pableone y sus historias, Monsiváis y sus vetos, los conversos Nexos salinistas… ¿quieres una beca, publicar, opinar… existir?

Si pensabas distinto al jefe corrías el riesgo de ser despedido, si expresabas una crítica al régimen priista tu vida estaba en riesgo. Disentir en México fue un asunto de élites, el reclamo una cuestión de poder.

Sin embargo, la historia disonante de este país la empiezan a construir los médicos y sus revueltas, los ferrocarrileros y Demetrio Vallejo, el movimiento estudiantil de 1968, los jóvenes y su revolución. Las revueltas de Revueltas.

Los movimientos guerrilleros, el movimiento urbano popular, el sindicalismo alterno y sus huelgas, la lucha contra los fraudes electorales. Los fraudes electorales que combatió Lucio Cabañas, el EZLN y los derechos de los otros… los pueblos originarios. El EZLN y la reforma del INE.

La sociedad inició su lento proceso de expresión en el reclamo ante los muertos en los terremotos de 1985—la expresión ciudadana no fue solidaria como la vende el oficialismo, sino de rebelión—, por la gratuidad de la educación superior… la sociedad mexicana aprendió a reclamar, a gritar el nombre de sus muertos, de sus desaparecidos, de las cientos de mujeres asesinadas… de los miles de muertos en las fosas clandestinas.

La sociedad aprendió a gritar su nombre, a decir basta y rebelarse. Sin embargo, disentir parece ser un asunto de privilegio. Los multimillonarios no están dispuestos a ser gobernados por los líderes de las mayorías… más de 30 millones de votos.

Los periodistas no están dispuestos a que su dicho se ponga en cuestión, porque hubo una época en este país en que lo que aparecía en los medios era la Verdad. Los medios poseían el predominio de la realidad, su interpretación, explicación y posible crítica. Una verdad sujeta a los intereses del poder; el de los dueños de los medios y el de los políticos.

El siglo XXI implicó un cambio radical en la manera en que la humanidad se comunica, en la forma en que las sociedades aparentemente construyen la realidad; donde los antiguos basamentos de poder han entrado en crisis. Los medios ya no poseen la verdad, tampoco los poderes locales… hay un resquicio que ha permitido al ciudadano común construir y significar su realidad.

En México confrontamos diversos embates: la rebelión ciudadana que inició con el movimiento médico (1964) y tiene su cúspide en la revuelta de las urnas del 2018 —más de 30 millones de votos—; la crisis de los medios tradicionales y su hegemonía en la construcción de la verdad; el poder económico y su lucha por conservar sus privilegios e imponer su verdad; la crisis de los antiguos pactos entre grupos criminales, comandados por políticos, capos vueltos políticos, políticos vueltos capos… Capos; y, el proceso de una sociedad que aprende a disentir y luchar por la construcción de su verdad.

Lo cierto es que aparentemente hoy no hay una sola verdad, los hechos no acontecieron como se dice en los medios. El ciudadano cuestiona esa verdad. Disputa la crítica a la realidad que ejercen ciertos sectores privilegiados, es decir su verdad. Hay una querella por el relato que todas las mañanas el presidente de la revuelta ciudadana de más de 30 millones de votos, cuenta desde Palacio Nacional.

Hay una querella porque los poderosos blancos no quieren a un presidente que no sea su empleado, hay una querella porque los subproductos de Televisa y la clase media alta, no quieren un presidente mal vestido y hablado… quieren a uno que hable y vista como ellos. Hay una querella porque las feministas quieren a un presidente feminista, los homosexuales un presidente homosexual, los progres uno progre.

Se olvidan de que ese presidente lo votaron más de 30 millones de voluntades. Voluntades feministas, clases medias, pobres, homosexuales…mujeres, varones, jóvenes: MÁS DE 30 MILLONES DE VOLUNTADES.

Durante décadas, el poseedor de la verdad era el privilegiado, una verdad que no necesariamente era la que vivía el más pobre, la clase media, el universitario, el homosexual, la mujer, la madre de un desaparecido, los padres de los infantes de la guardería ABC, el tzotzil…

Durante décadas, el propietario de la verdad fue una élite, que construyó un modelo de mexicanidad: solidaria y agachona, blanca, sumisa, masculina, femenina; hoy confrontamos de manera casi torpe una lucha por la verdad. En principio porque no sabíamos debatir, porque nos habían negado ese derecho, pero fundamentalmente, porque se pensaba que ese modelo de verdad era la VERDAD.

Aparentemente somos un colectivo dividido: la derecha versus la izquierda, los conservadores versus los liberales, los feministas contra los machistas, los no corruptos versus los corruptos. Los pobres contra los ricos, los radicales contra los moderados, los chayoteros contra los que les niegan el chayote.

¿Será? Evidentemente hay una confrontación, una muy antigua la de la desigualdad social. Las otras estaban silenciadas… la violencia contra las mujeres comprende gran parte de la historia reciente de la República, lo que no habíamos visto era su verdad.

El embate por la anulación de la verdad pasa necesariamente por el debate, por reconocer el derecho a discutir. Por aprender a discutir. No le tengamos miedo al debate, al disenso, al enojo y a la furia. Reconozcamos que somos una sociedad dividida, un colectivo desigual, donde un pequeño grupo posee la riqueza del resto, donde el mexicano no es blanco, donde la belleza no es blanquitud, donde la violencia contra la mujer no es normal. Reconozcamos que los académicos e intelectuales no son seres neutrales, sino tienen ideología y la gran mayoría de las veces intereses.

Aceptemos que no porque haya estudiado un doctorado y trabaje en alguna universidad mi voz es más valiosa que la otra y nadie tiene derecho a disentir. Admitamos que somos diversos que ese discurso totalizante debe ser desechado. Hay muchas voces y cada una es verdadera y profundamente valiosa.

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