El país en el que vivo. El oscurantismo ultraconservador está de vuelta

“Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo.”
Goethe

Por Manuel Muñoz
Foto: Edgar López (Archivo)
Vivo en uno de los países más violentos del mundo. Un país donde hay más de 32,000 desaparecidos. Una tasa anual aproximada de 21 homicidios por cada 100,000 habitantes, lo que se traduce en que año con año un promedio de 25 mil familias sufren el duelo de perder un familiar por hechos de violencia.

Por si esto fuera poco, obtuvimos también el quinto lugar mundial en crecimiento de feminicidios. Ser mujer es una condición de riesgo latente para morir y sufrir violencia.
Vivo en un país donde el 48% de los estudiantes no alcanzan el nivel 2 en ciencias según la prueba PISA; tan solo el 0.3% tienen nivel de excelencia en comprensión de lectura; el 57% no alcanza el nivel mínimo de competencia en matemáticas y el 11% de la variación en ciencias es atribuible a diferencias socioeconómicas. 21 millones de personas viven con rezago educativo y hay una tasa inaceptable de analfabetismo.

2.5 millones de niños entre 5 y 15 años realizan una actividad económica, que no es otra cosa que trabajo infantil bajo condiciones de explotación (sin incluir la sexual).
Vivo en un país con un crecimiento mediocre y una inflación con tendencia al alza. Un país con poco más de 53 millones de connacionales en pobreza y 7.6% de la población nacional en pobreza extrema, que no es más que el eufemismo para decir que no tienen garantizado el alimento diario necesario para subsistir.

Vivo en un país donde la corrupción nos coloca en la vergonzosa última posición de la OCDE, la peor del G20 y en el lugar 135 de 180 países evaluados en materia de transparencia.
En este país, 68 millones de personas no tienen acceso a la seguridad social y 20 millones no tienen acceso alguno a los servicios de salud del Estado. Tenemos el peor lugar en la OCDE en cuanto a los parámetros de salud se refiere y tenemos el doble del promedio de diabéticos y obesos infantiles.
Tenemos la tasa de mortandad post infartos más alta de la OCDE. Destinamos un porcentaje muy menor del producto interno bruto a salud y están mal asignados y mal distribuidos. Tenemos una carencia abismal de camas y médicos per cápita así como altísimas tasas de muerte materno infantil. En este país la enfermedad diarreica aguda sigue matando niños menores de 5 años.
En ese país donde vivo, la sociedad civil agrupada en el Frente Nacional por la Familia organizó el 24 de septiembre del 2016 la marcha nacional (según ellos) más grande en la historia de los últimos 10 años.

Marcharon más de un millón de personas. Pero no, no fue para exigir justicia, seguridad, salud, honestidad ni igualdad. Fue para exigir y presionar al poder legislativo que rechazara la reforma al artículo cuarto constitucional que permitía el matrimonio igualitario.
A pesar de ser éste un derecho humano consagrado en los tratados internacionales en la materia y que por principio de convencionalidad la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictó postura a favor… lo lograron.
El día de la elección de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, aprovechando que la atención pública se encontraba volcada en dicho evento, se desechó la propuesta de ley ante la cámara de diputados.

Aquí se marcha, se protesta y se legisla contra el derecho de las minorías.
En este mismo país en el que vivo, el pasado 22 de marzo la cámara alta aprobó la reforma por adición al artículo 10 bis de la ley general de salud para quedar de la siguiente manera:
“Artículo 10-Bis. El personal médico y de enfermería que forme parte del Sistema Nacional de Salud, podrá ejercer la objeción de conciencia y excusarse de participar en la prestación de servicios que establece la ley.

Cuando se ponga en riesgo la vida del paciente o se trate de una urgencia médica, no podrá invocarse la objeción de conciencia, en caso contrario se incurrirá en el causal de responsabilidad profesional.
El ejercicio de la objeción de conciencia no derivará en ningún tipo de discriminación laboral.”
Tanto el doctor en ética por la Universidad de Manchester e investigador del Centre of Medical Law and Ethics, del King’s College of London: Cesar Palacios González, como diversos catedráticos del Programa Universitario de Bioética, El Programa Universitario de Estudios de Género, el Instituto de Investigaciones Jurídicas, el Instituto de Investigaciones Filosóficas y un centenar de agrupaciones de la sociedad civil han puesto el dedo en el renglón sobre la incompetencia legislativa, la ambigüedad de términos, los vacíos jurídicos y los supuestos que se pueden derivar de los mismos.
Podría gastar líneas enteras en esbozar los muchos ejemplos que demuestran lo errado de esta propuesta, pero mejor lo invitó a usted amable lector a echar a volar su imaginación.
Tan solo les digo que en Europa y Estados Unidos la defensa jurídica de los médicos que han recomendado no vacunar a los niños, ha invocado en todos los casos la objeción de conciencia con base en sus valores éticos y morales para dicho efecto.

El problema radica en que principios morales y valores personales existen muchos y muy diversos; desde personas claramente xenófobas que se podrían excusarse de atender a un guatemalteco por infección gastrointestinal pasando por supremacistas raciales que se podrían negar a atender el parto de una indígena en su consultorio o médicos que se exculpen de atender a un paciente portador de VIH por creer fervientemente que este ha sido un castigo divino por sodomía y que merece purgar el calvario de su dolor.
Mentiría al decir que es motivo de sorpresa para mi el grato recibimiento de dicha propuesta en el gremio médico. En evidente ignaro actuar han aplaudido lo que ellos consideran una iniciativa que vela por sus derechos profesionales. Permítanme aquí esbozar una carcajada.

Les comento que en el país en el que vivo, año con año sabemos de la lamentable muerte de médicos pasantes del servicio social. De la violación y recurrente acoso sexual de mujeres médicos. De los suicidios de muchos galenos ante acoso laboral.
En este país, la consulta general en jornada laboral de un médico familiar se paga a 27 pesos en instituciones públicas y a 40 en farmacias. La beca de un médico interno de pregrado es una burla que no corresponde ni siquiera al salario mínimo.
Las condiciones infrahumanas de trabajo a las que se ven sometidos los médicos residentes están legalmente fundadas en la Ley Federal del Trabajo y la Norma Oficial Mexicana 001 SSA3-2012: literal es esclavitud legal en pleno siglo XXI. Ya no hablemos de la falta de insumos para el libre y adecuado desarrollo de la profesión, apoyo institucional ante la resolución de conflictos legales, dignidad en áreas de descanso y laborales.
Del ínfimo número de profesionales que logran concluir una especialidad médica y ejercen la práctica privada, se ven concurrentemente acotados por tabuladores restrictivos por parte de las empresas aseguradoras. Así como hospitales, colegios y consejos que les expolian y cobran, literalmente, membresía de ingreso.

Pero nada de eso era más prioritario que atender la demanda legítima del gremio por la libertad de conciencia y pensamiento (sic).
“Libertad de pensamiento” debatible ya que dicha objeción no deviene de los procesos filosóficos cognitivos de construcción intelectual, en apego irrestricto a la evidencia científica mostrada con datos cuantificables y observables. Sino de preceptos dogmáticos y metafísicos interpuestos por una ideología que para el caso de los católicos practicantes es una obligación de derecho canónico.
Se puede constatar en Donum Vitae y Evangelium Vitae la clara referencia a las prioridades contenidas en el último de los concilios ecuménicos (Vaticano II). Esta regulación está evidentemente acompañada siempre de la infalibilidad del magisterio, lo cual hace inexcusable a un católico practicante el ejercer la “objeción de conciencia” y oponerse activamente a las regulaciones civiles que vayan en contra del dogma. ¿Qué tan libre eres de ejercer tu criterio cuando alguien te lo ha construido como norma moral?
Pero eso, será tema de otra entrega.
Sobre la ley tres anotaciones finales: ¿en verdad fue por los derechos de los médicos?

?El espíritu de la misma busca de manera directa generar en el sector público inaccesibilidad a los servicios sanitarios legalmente constituidos sobre la interrupción del embarazo, la voluntad anticipada y el cese de los esfuerzos terapéuticos. Algunos médicos en su ingenuidad dicen que se verán obligados a referir a un médico no objetor porque eso pasa en otros países, lo cual nunca se plantea en la reforma en ninguno de sus párrafos publicados. Así como la nula existencia en muchas comunidades lejanas del país de médicos no objetores que cumplimenten el derecho del paciente.

?Sobre esto último les comento que la ley no parara ahí. Si ponemos mucha atención a la carta emitida el año pasado por el Dr. John Lee, presidente de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas y dirigida a la Asociación Médica Mundial se pide que en aquellos países donde se objeta la conciencia no se obligue a referir pacientes a un médico no objetor, ya se encontrarían ante una decisión “imposible” según sus propias palabras.

?La batalla se dará en la SCJN, es por eso que los grupos conservadores harán hasta lo imposible por tratar de influir en ella y de posicionar magistrados que compartan sus dogmas morales. Cuando lo logren verán lo que es vivir en un Estado sin respeto a las libertades individuales.

Así que queridos amigos objetores: Se remonta a mi memoria el ilustre astrónomo Galileo Galilei que en el año 1633 fue llevado a las cortes de la Santa Inquisición para comparecer al proceso por promulgación de dichos y actos heréticos y que corroboraban las teorías heliocéntricas de Copérnico.
Se declaró culpable en plena convicción de sus principios éticos, ponderando el valor científico y racional. Fue condenado a reclusión domiciliaria hasta el año 1642 en que murió. Sus libros permanecieron por siglos en el INDEX de libros prohibidos por el Santo Oficio. En 1992 oficialmente el Vaticano se disculpó por ello. Tal vez, en algunos siglos, la iglesia se tenga que disculpar por ustedes. Porque lejos están de la herencia ilustre de Galileo Galilei.
El país en el que vivo se llama México, y como muy pocas veces, me siento profundamente avergonzado de ello.
Es cuanto. Cœteris paribus.
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