El amor en los tiempos del covid

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz 

Cuando en las noticias dijeron que un virus había terminado con una ciudad de Asia, Alonso pensó: “Ahora sí ya valió madre”, pero no lo tomó tan mal porque esas noticias vienen de lejos y seguramente, en unos días, o semanas, eso terminaría y todo igual. Él trabajando en su oficina, saliendo con sus amigos los fines de semana y todo igual.

Efectivamente pasaron algunas semanas y ya se escuchaba y se veía en las noticias que el bicho ya estaba cada vez más cerca. Escuchaba historias de que ya estaba en algunos países de Latinoamérica, días después ya en algunos estados de su país, México.

Alonso se enteraba que la abuelita de un vecino de un compañero de su oficina estaba infectada y que los vecinos no pasaban por su calle y que además de eso querían exterminarlos para que nadie de su colonia se infectara. Alonso pensó: “Ahora sí ya valió madre”.

Todas las personas hablaban de que un chino loco había tenido relaciones sexuales con un murciélago. Él no sabía si la chingada nos iba a cargar porque un chino loco se había cogido a un murciélago, ¿para qué madres existen los condones?, pero todo estaba mal informado.

Después conoció a un animal. Nunca había escuchado hablar de esa especie, “pangolines”, que es un mamífero, y la mayoría de las especies viven en África. Alonso cada vez se hacía más bolas mientras ese virus se acercaba más al lugar donde vivía. 

En una ocasión, camino al trabajo, vio que unas personas con traje de astronautas sacaban de una casa a una persona en camilla. Él corrió a su lugar de trabajo a esparcir el chisme. Les dijo que “ahora sí ya valió madre”. Estaban sacando cadáveres llenos de ese virus de unas casa en la esquina de la oficina. 

Que él vio cómo se movían aún los cuerpos y que estaba casi seguro que uno había mordido en la mano a uno de esos astronautas y que seguramente estaría infectado y que ahora sí ya valió madre. Sus compañeros entraron en pánico y los altos mandos de su lugar de trabajo decidieron que se retiraran, que fueran a sus casas y que se cercioraran que sus seres queridos no se hubieran convertido en zombis.

Alonso se fue a su casa. En la puerta se quitó los zapatos y se desparramó en su sillón a documentarse, como lo haría cualquier persona preocupada por un apocalipsis zombi. Después de algunas horas de ver “Guerra Mundial Z”, “Zombieland” y “El amanecer de los muertos”, ya estaba preparado para todo.

En ningún momento se percató de que hubiera gente en la calle quejándose y buscando comer cerebros, pero en su trabajo le dijeron que por la emergencia tenían que trabajar todos desde casa. Pensó en inventar que no tenía computadora y que le sería imposible llevar a cabo su labor semidesnudo desde su casa, pero a todo dijo que sí, ya que estaba mejor no ir por la calle pegándoles en la cabeza a los muertos vivientes (él ya estaba entrenado, documentado y finalmente ahora sí ya todo había valido madre).

Semanas después de encierro, con una aplicación en su teléfono veía como ese virus iba causando millones de muertes en todo el mundo. No era de los que le echaba la culpa al gobierno. Salía temprano con tres cubrebocas, guantes y gorra al supermercado. Se había terminado sus revistas y algunos trapos viejos para limpiarse cada vez que iba al baño a hacer sus necesidades primordiales. Llegó a pensar que el virus se eliminaba mientras más fueras a cagar, ya que hubo desabasto de papel de baño.

Así pasaron varios meses y su familia ya se había infectado. Estuvieron aislados y les llevaba provisiones que dejaba en su puerta y luego se alejaba. Con su manita solo les decía adiós, “ahora sí ya valió madre”.

Con el ocio, el aburrimiento y el desabasto de cervezas se le ocurrió la grandiosa idea de crear un podcast, en el cual entrevistaría a sus conocidos y a toda la gente que se dejara entrevistar. Subió sus episodios a varias plataformas y ocurrió…

Tenía bastantes escuchas y él seguía y sigue hasta la fecha.

La pandemia se llevó a uno de sus tíos y a muchos conocidos. Alonso seguía grabando y recibía comentarios en sus redes sociales, positivas, algunas negativas; siempre hay “haters”, pero era algo que le valía 40 gramos de chistorra. Era feliz y, además, aprendía muchas cosas de las personas que entrevistaba y, un día, vio un mensaje privado en una de las redes sociales de su podcast.

“Hola, me gusta mucho lo que haces, con algunos de tus entrevistados me he sentido identificada, me gustaría si pudieras hacer más preguntas de fenómenos paranormales, felicidades por lo que haces, un beso”.

Cuando leyó ese mensaje sonrió y le contestó, obviamente.

“Al contrario, gracias por escucharme y recuerda que la próxima invitada, ¡puedas ser tú!”

Así pasaron los días y se seguían escribiendo. En cuanto despertaba le daba los buenos días y ella le contestaba. Compartían sus recetas secretas. Platicaban mientras iban a dormir.

“¿Nos podemos conocer?”

¡Ay cabrón!

Las cosas ya se habían medio normalizado, ya regresaba medio tiempo a su trabajo y no dejaba de pensar en ella.

Se quedaron de ver y llegó el día.

Alonso iba con su mejor vestimenta, para verse casual, estando en espera de la fémina. Ensayó algunos saludos. “Hola, ¿qué tal?”, y demás poses que ha visto en películas y series, ya que se apoyaba siempre en eso.

Alfonso estaba sentado en el lugar de la cita. Sudaba un poco. Estaba nervioso y más por el cubrebocas. Pinche cubrebocas. Pensaba “ahora sí ya valió madre”.

El calor hace que mi piel sude. Me va a ver todo brilloso. Tal vez broten unos barros de esos que tienen la punta blanca y qué asco. Entonces, decidió quitarse el pañal de papada y, en ese momento, llegó ella. Selena. La miró fijamente y vio esos ojos hermosos, esa mirada que sería su perdición; su nariz preciosa y, más abajo, un cubrebocas negro, también hermoso.

En ese entonces él, con su mirada viéndola a los ojos, y sus labios a punto de escupir un “hola”, ella le ganó la palabra y le dijo, con su sensual y angelical voz:

“¡Ponte el cubre bocas!”

Él pensó: “Ahora sí ya valió madre”

Y así fue como Alonso conoció a Selena. Obviamente después se quitaron el cubrebocas y aprendieron así cosas el uno del otro.

La pandemia se llevó a mucha gente, a un chingo de gente, seres amados, conocidos, famosos; aprendimos a vivir con costumbres diferentes. Casi no hay besos en el cachete cuando ves a alguien. Se ha perdido el contacto físico, pero Alonso finalmente se dio cuenta que The Walking dead, Brad Pitt, los chips que les cargaban en cada vacuna, las teorías de conspiración y la muerte de su tío, serían capaces de eliminar ese virus que le entró directo al corazón por casualidad, por culpa de un pinche chino enfermo que se comió o cogió a un murciélago y a un pangolín.

Cuando por fin se pudieron ver en un lugar apartado, sin ser regañado por no traer el cubrebocas, y se vieron directamente a los ojos, juntaron sus labios y se abrazaron… Todas sus vibras se juntaron y se mezclaron. Los cubrebocas estaban tirados en el piso, junto a un pantalón de mezclilla, unos zapatos, dos pares de calcetines y un bóxer rojo.

Alfonso se levantó a tomar agua. Regresó y la vio dormida. La admiró durante unos minutos pensando en toda la gente que había muerto y en la gente que perdió, amigos y familiares. Afortunadamente no todo es malo en estos casos de desgracia.

Se acostó junto a ella, la abrazo y pensó “Ahora sí ya valió madre. Me he contagiado, pero de algo hermoso”.

Dedicado a todos los que perdieron y ganaron gracias a un chino loco que se comió o cogió a un murciélago o a un pangolín.

*”Ahora sí ya valió madre” (Dícese en el caso de Alonso, que a veces todo está mal o a veces todo va a estar bien).

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