Donald Trump sólo quiere publicidad (Segunda parte)

Por Jorge Eduardo Jiménez

 

Donald Trump lo logró. El viernes, el mundo entero, muchísimas personas, de muchos países, como nunca antes, estuvieron pendientes de la toma de posesión desde Washington del presidente de EE.UU, y de lo que éste dijo.

 

Logró concitar tanta atención porque eso es lo que sabe hacer Trump, lo ha hecho por años, ser un comunicador, un propagandista de los medios electrónicos.

 

En adelante veremos si sigue de lengua suelta, y veremos si sabe conducir a una nación.

 

«Fascista Americano», motejó la revista mexicana

Letras Libres a Donald Trump,

en su número de octubre.

 

Foto: Letras libres

 

 

A partir del viernes 20 de enero, todo lo que este personaje diga o haga, lo estará haciendo o diciendo Estados Unidos. Es decir si después del viernes vuelve a decir por ejemplo que AngelaMerker, la canciller alemana, se equivocó al aceptar a miles de emigrantes sirios y que la Unión Europea está a punto de desmoronarse, ya no será atribuida la declaración a «Donald Trump», sino a EE.UU. Al igual, todo lo que diga sobre México, será dicho por los Estados Unidos.

 

Trump ha logrado tener para sí la atención mundial porque ha sabido inyectar suspenso. Porque nadie sabe lo que va a hacer como presidente, y ello ha provocado que surjan múltiples teorías, escenarios, pronósticos y proyecciones sobre lo que será Trump al frente de uno de los más importantes puestos burocráticos.

 

Pero toda esta incertidumbre no es fortuita, es exactamente lo que Trump ha querido provocar, y en este post intentaremos demostrarlo.

 

En anterior colaboración hemos sostenido que Trump es una figura sobrevalorada, que la imagen que se tiene de él está sumamente inflada, y que las proyecciones que se hacen sobre él hacia el futuro, suelen estar fuera de toda proporción.

 

Y para ello, trataremos de dar perspectiva a algunas de las expectativas más recurrentes sobre Trump.

 

TRUMP, FASCISTA

 

Desde presidentes, hasta intelectuales liberales han dicho que con Trump llega a EE.UU. y al mundo el peligro del fascismo. ¿Pero de qué se está hablando exactamente cuando se habla de «fascismo»?

 

Cuando se toca el tema, se intenta equiparar a Trump con los grandes e infames constructores del fascismo histórico, a saber Mussolini y Hitler.

 

Ni por historia personal ni por circunstancia, Trump está siquiera cerca de figuras de esa proporción. Estamos de acuerdo que Hitler y Mussolini son villanos de la historia, mientras que Trump no es precisamente una figura querida y admirada, sin embargo, nada indica que éste tenga un parecido siquiera aproximado a la historia personal y profesional de aquellos.  Esto ya lo esbozamos anteriormente

 

En lo que respecta al fascismo en sí mismo. ¿Cuál es o fue una de las características principales del fascismo histórico? Una de ellas –que compartió con el estalinismo y otros– es su CORPORATIVISMO. Los fascistas querían manejar a su nación, a su sociedad –no sólo al gobierno– como si fuera una gran empresa. Una nación manejada como una corporación debía ser controlada en TODOS sus aspectos, de ahí que se dice que el fascismo intentó ser un totalitarismo.

 

El intento de Hitler o Mussolini por «corporativizar» a sus naciones tuvo como un pilar fundamental la creación de grupos políticos juveniles, que sirvieran como semillero del gobierno totalitario, y que crearan una base muy sólida para sostener y desde la cual extender el poder, en cuya cima se encontraba el líder supremo.

 

Nada de esto existe ahora mismo en torno a Trump. A este magnate neoyorquino parecen valerle un pepino las estructuras partidistas, empezando por el Partido Republicano. Tampoco existe un intento por inspirar o movilizar masivamente a los jóvenes estadounidenses. Esa juventud que salió emocionadísima a las calles tras la victoria de Obama en 2008, simplemente no se ve por ningún lado en torno a Trump.

 

Así que si Trump está postulando algún tipo de fascismo, se debe tratar de un fascismo de un tipo muy güevón, como decimos en México, muy holgazán. Y no hay ninguna indicación de que los trumpistas deseen embarcarse en un esfuerzo de «corporatización» de la sociedad estadounidense –aunque puede que intenten manejar al gobierno como si fuera una empresa privada, eso sí, pero eso es algo distinto del fascismo–.

 

TRUMP, IMPERATOR

 

Importantes defensores del liberalismo económico y político han sido fuertes críticos de Donald Trump. Entre ellos podemos citar a la revista inglesa TheEconomist, y al ganador del premio Nobel de Economía, Paul Krugman –quien escribe en The New York Times.

 

Una idea recurrente en estos liberales es que Trump encarna el peligro de la destrucción de la República estadounidense. Esta idea equipararía a Trump con personajes del tamaño de Julio César u Octavio Augusto, figuras que estuvieron en el centro del fin de la república romana y el nacimiento del Imperio.

 

Nosotros pensamos que estos planteamientos no son sino métodos para meter miedo en un sector de la población –lectores de esos ínclitos liberales– y, de nuevo, se trata de escenarios fuera de toda proporción. Equiparar a Trump con Julio César, es para desternillarse de risa.

 

Ilustración de la revista TheEconomist,

en su número de fin de año,

dedicado a los pronósticos para 2017.

En una sección de la portada,

se representa a Trump en una imitación de una carta de tarot,

caricaturizado como el emperador del mundo.

Foto: TheEconomist

 

Foto: The Economist

 

El fin de la República romana llegó cuando las conquistas militares fueron de una magnitud tan grande, que el control de Roma degeneró en luchas intestinas. La pugna política se tornó bélica, a tal grado que cuando un cónsul –equivalente a los presidentes de hoy– llegaba al poder, éste reunía a su alrededor el apoyo de un sector de la milicia. Toda figura poderosa en Roma tenía a su disposición su propio ejército privado.

 

Esto, con el tiempo llevó a la aniquilación de las instituciones republicanas y a que la supervivencia de Roma tuviera que lograrse con la concentración de todo el poder en una sola persona, y así entraron a escena los emperadores.

 

Puede ser que en un futuro,  las luchas por el poder en Estados Unidos degeneren hacia un escenario parecido, pero eso no ocurre hoy día, a pesar de que sí hay pugnas políticas entre las élites.

 

Trump no tiene ni el perfil, ni los tamaños para ser el meollo de un cambio histórico de tal magnitud. Lo cual no quita que la República estadounidense pudiera estar en declive.

 

Eso sí, Trump debe estar feliz de que importantes intelectuales lo crean, o lo publiciten como capaz de crear cataclismos globales históricos. Porque hay algo que Trump desea con toda la fuerza de su ser y por encima de todas las cosas: PUBLICIDAD.

 

DE «CONSPIRANOICOS» CATASTROFISTAS

 

Donald Trump es el centro de diversas «teorías de la conspiración», algunas muy disparatadas, otras ingeniosamente argumentadas, que aparecen por todo internet, en diversidad de sitios, desde direcciones de medios corporativos, hasta medios «alternativos».

 

Según la teoría que se escoja, Trump está de lado de los desposeídos para luchar contra las malvadas élites liberales que mantienen al mundo empobrecido. En otra teoría, Trump es un títere de las élites de Estados Unidos, del mundo liberal y del sionismo para establecer un «nuevo orden mundial».

 

Más allá, otra teoría establece que Trump es un pelele de Moscú y de Vladimir Putin, quien tiene quién sabe qué designios perversos para el destino humano.

 

Estas teorías de la conspiración sirven sin duda al propósito de hacer rodear a Trump de un halo de más misterio todavía del que le insuflan los medios corporativos.

 

No hay duda que detrás de los presidentes estadounidenses, hay grupos de interés muy poderosos que influyen sobre los mandatarios y que son los que de hecho, a final de cuentas gobiernan. Pero otra cosa es creer que el mundo es una película de la «Guerra de las Galaxias», en el que el lado luminoso se enfrenta al bando oscuro.

 

Más que una trama de buenos contra malos, la política es un juego de estrategia por obtener el poder, en que los contendientes se ven forzados a ir ajustando su lucha según el equilibrio de fuerzas, y las circunstancias. Entre estos acontecimientos intervienen desde la ideología hasta el puro azar, y en medio, la naturaleza humana con sus grandezas y miserias.

 

Pero entonces ¿Por qué en el caso de Trump hay más incertidumbre y más espacio para la especulación que con cualquier otro gobernante que recordemos en los últimos tiempos?

 

La respuesta podría estar en una idea que parece sacada de una película de Hollywood, pero que es más bien una idea extraída de la historia, una historia verdadera. A continuación exponemos esta idea.

 

LA «TEORÍA DEL HOMBRE LOCO»

 

Más que teoría, se trata de una táctica o estrategia, originalmente enunciada por el presidente de EE.UU. Richard Nixon (quien gobernó de 1969 a 1974).

 

Consiste en que el presidente estadounidense se cree a sí mismo y con ayuda de su aparato político la fama de que es una persona desequilibrada, que es capaz de todo si se le saca de sus casillas. Cuando decimos «capaz de todo», incluye apretar botones nucleares.

 

El propósito de esto, es desorientar a los enemigos o adversarios de EE.UU., causar intimidación y últimadamente, conseguir la mayor ventaja posible en cualquier negociación o escaramuza política.

 

Está documentado que eso exactamente pretendió hacer Nixon en el contexto de sus negociaciones con Vietnam del Norte a inicios de los 70,

 

Trump podría estar llevando tal idea a su máxima expresión.

 

Sin duda escucharemos y veremos cosas inauditas a partir del próximo viernes.

 

Pero ayudará mucho a la comprensión de todo esto, que el lector no se deje tantear por un Trump que en realidad no es más que un bufón, y un loco…, es más ni siquiera un loco de verdad, sino un pretendido loco.

 

FIN

 

(Primera parte) El extraño caso de Donald Trump

Related posts