De mexicas a chilangos: Ocho siglos de arte

Texto y fotos por Priscila Alvarado Solana

I

Faena de vacíos

El patio central del antiguo Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya, es preludio de escenarios heterogéneos que entreabren grietas temporales con la sutileza del arte, repartidas en  un recorrido de ocho siglos con testimonios estéticos, que brotan como origen del andar citadino.

Momentos que el escritor y poeta polaco, Stanisław Przybyszewski definiría como un instante “que representa lo que hay de eterno en el mundo».

El claustro reside contorneado con exquisitos carruajes – vehículos que simbolizaron poder y moda desde el siglo XVI hasta el XVIII-, una fuente de piedra tallada con la silueta de Atargatis – diosa de la luna en la mitología griega- vuelta sirena y citarista; y patrones de cristalería actual, enmarcados en puertas y aberturas ventanales de hace dos siglos.

 “¿Va a la exposición de Ocho Siglos? ¿Tiene credencial? ¿No trae cambio? ¿Sabe su número de matrícula?… Subiendo, a mano derecha, inicia el recorrido…”, profiere ansiosa una mujer de anteojos excesivos, que le cubren casi por entero los pómulos.

Con el semblante duro y un tono falto de gentileza, extiende la pluma asegurada con un listón delgado a las espirales de una libreta tamaño oficio, e indica a los visitantes el método de registro y los costos de acceso: “30 pesos general y 15 con credencial…Híjole, ¿no trae cambio?”.

El tiempo es frío, húmedo y sombrío. Para llegar a la exhibición se asciende por piedras escalonadas de cuatro tramos, asfixiantes, dobladas, portentosas. Primer piso, espiral de muestras, artes y vacíos; candelabros antiguos adornan los descansos, equilibrados con sillas tipo Chaise à la reine -surgidas en Francia  del siglo XVIII-, al fondo, una mujer que descansa despreocupada con el cuerpo echado en un asiento color mostaza, los brazos le balancean hipnóticos en los costados, mientras sus ojos fisgonean en el horizonte.

A la derecha un mensaje de Miguel Ángel Mancera, letras blancas que resaltan descaradas ante un fondo rojo: ventajas del arte; el arte para México; reapertura del arte y el Museo de la Ciudad de México; el arte por el arte. A su izquierda una puerta automática de vidrio se abre ocasional y mantiene la inexplicable gelidez de la sala que da lugar al recorrido.

La quietud permanente de los pasillos se astilla con silbidos fragorosos, que serpentean en boquetes salpicados de una puerta añeja. La sala desértica retumba con la sinuosa música que estalla al otro lado de la Avenida José María Pino Suárez.

El ritmo de sintetizadores, guitarra, bajo y voz, se complementa con la ejecución dispareja de seis hombres que estimulan al público rebosante: ¡¿Están listos?! ¿No te da miedo?.. Hay que bailarle chido a este wey, pa’que vea que sí sabemos; el gentío aplaude y grita fogoso ante coreografías llanas e incipientes.

Empero, en el salón la goma del calzado hace crujir el piso amaderado; una vigilante del museo pulsa perspicaz la pantalla de su teléfono, mientras succiona secreciones de su nariz. Hace frío, el aire artificial cala los huesos y entume las articulaciones; la máquina del clima gruñe quejosa y agonizante.

Un hombre entra y recorre con premura la exposición, ipso facto el lugar retoma la oquedad inicial. Casi en seguida una mujer menuda, de piel atezada y gestos suaves, orienta a su hija entre pasillos, figuras, descripciones y representaciones provenientes de historias y dolores pasados.

“Mira mamá, ellos son Adan y Eva”, susurra la chiquilla de aparentemente una década; diminuta, tostada, vivaracha, centellante; su cabello de hebras eclipsadas se prensa con un lazo grueso negruzco, la coleta cabalga de un lado a otro ante la escena de El Pecado Capital del siglo XV.

Minutos antes la niña objetaba con recelo a Chac Mool: “Si crearon todo esto ¿por qué no pudieron hacer un edificio?”. La mamá, inclinada para responden, murmura: “Hicieron cosas diferentes, otro tipo de construcciones, como templos. Mira ese”, señala con el índice una edificación a escala del Templo Mayor,  basamento dedicado a Huitzilopochtli – en náhuatl “colibrí zurdo” o “colibrí del sur”-, dios de la guerra; el santuario principal de La Gran Tenochtitlan, fue construido en el sitio de peregrinaje Aztlán, que actualmente se sitúa en terrenos aledaños al Zócalo de la Ciudad.

En aparadores poco alumbrados, los cuadros, libros, cartografías y figuras danzan en el imaginario chilango. El olor a madera, cartón, polvo, coladera y sudor, se trenza con los testimonios que revelan la ruptura cultural de Tenochtitlan, Tlatelolco, Iztapalapa y todas las urbes lacustres que padecieron el despliegue guerrero de los castellanos.

El reflejo carmesí del presente y sus ápices, es plasmado en el virreinato por creadores de cultura y arte monárquico, que nos exhiben mestizo y amalgamados en raíces prehispánico-coloniales, producto de la desigualdad social del renacimiento español y los esclavizantes aportes africanos.

El furor monumental de artistas mexicanos se enuncia a través de óleo, madera, marfil y tela, con escenas inspiradas en la manufactura, ancárgeles, vírgenes, catedrales, conventos, virreyes, música, campanarios y diversidad de talleres, obrajes y caminos que describen un paisaje superrealista.

Pasillos laberínticos sumergen al visitante con empatía y estruendo en las voces gráficas que declaran, aclaran y reclaman la violenta mezcla mesoamericana que hundió a nuestra civilización.

II

Paseo escarlata

Un paisaje singular se estampa en muros antiquísimos de arquitectura barroca del siglo XVII y el innovador sistema de una puerta automática de vidrio, que al abrirse descubre un paseo castaño de muros endebles con letras impresas, pisos crujientes de madera, bombillas cálidas de luz tenue y cajas cristalinas que resguardan el sinuoso camino de ocho siglos de arte en México.

En el andar del museo brota un sentimiento de intimidad que abraza paradojas de tiempo, lucha, territorio y dolencia, creador de estampas en el imaginario chilango. Cultura y habitantes híbridos de la ciudad que el artista André Bretón, en los años treinta, definiría como “la más surrealista del mundo”.

Los pobladores citadinos se descubren ausentes en las salas, que paradójicas presenta lienzos representativos de ante pasados y multiplicidad de costumbres.

Y es que a diferencia del ambiente tumultuoso, vibrante, ajetreado y de acostumbrado coexistir representado en las pinturas del siglo XVIII, la ausencia ponderante en los aposentos de la muestra Ocho Siglos de Arte en México, adolece vejación ante el adormilado interés de transeúntes y ciudadanos.

Hechizo que impulsa a uno, tres o quince visitantes que emprenden una odisea en la búsqueda de historias y respuestas: ¿De dónde vienen los chilangos?, ¿por qué la ciudad está atestada de templos, iglesias, edificios barrocos y piezas arqueológicas?, ¿quiénes son nuestros antecesores?

La actual Ciudad de México se levantó con sangre de habitantes mexicas, mestizos, extranjero y multiplicidad de culturas, hegemonías y épocas,  plasmadas en obras variadas de artistas como Juan Correa (1676-1716), Cristóbal de Villalpando (1649-1714) o autores incógnitos para historiadores y espectadores.

Una de las salas, antes vacía, se ocupa con 15 visitantes que caminan graduales, con los brazos tumbados en la espalda baja y los dedos entretejidos; en el tour de épocas, los viajeros observan cuadros descomunales de la colonia, leen fichas que interpretan las obras y algunos, comentan lo inferido.

Arte y espectadores forma un calidoscopio atemporal de la Ciudad de México; estampado caprichoso de la compleja urbe que destacó como arquetipo económico y civilizatorio entre las grandes ciudades de la Monarquía Católica, y que ahora se acentúa en el lugar 16 de las economías mundiales, después de Indonesia.

“Ese es una especie de mercadito, así se veían antes”, un padre de familia exclama enérgico y señala una plaza “R” del siglo XVIII, tras examinar acelerado la pintura de un autor desconocido; orquestada en un biombo, la obra plasma la conquista en una cara y un mapa de la Ciudad de México en la otra.

III

Encierro cronológico

“Ya vamos a cerrar la sala…Es que ya son las seis. Es hora de cerrar”- decreta una policía apoyada con una voz corroborante e imperativa que sale del Wokitokie: “Ya se les avisó que a las seis se cierra el museo”.

La muestra se consuma con el esplendor de los últimos dos siglos. Ejemplo de magnificencia en obras que remembran al indio Juan Diego y su encuentro con la virgen; misma que se ostenta variada en lienzos dorados, lechosos o moca.

Retratos que encausan nacionalismos y cincelan costumbres en ladrillos internos que elevan y edifican a la Capital.

Dos hombres pardos, bajos, de vientres curvos y ansiosos, cierran paulatino el portón colosal de madera, apresurando la salida de tres espectadores inmersos en el quehacer de fotografías y paráfrasis. Salen, se alejan sosegados. Las puertas chocan y estremecen la mudez cóncava.

El Museo de la Ciudad de México se ahoga solidario con las luces y un silencio hueco, sofocante, benevolente e imperativo que alude a la reflexión: ¿Por qué, México?, ¿Por qué México?

 

Related posts