Corrupción, el sino más deplorable de los terremotos del 85 y 17

Por Cynthia Alejandra Cienfuegos Rosales

Foto: Edgar López (Archivo)

Septiembre es un mes que se caracteriza por festividades patrias. Los colores verde blanco y rojo se ven por todas partes. Es el mes en que todos demuestran su patriotismo.

Sin embargo, este mes también ha sido caracterizado por dos de los sismos más fuertes que ha sufrido nuestro país. Ambos ocurrieron el mismo día, en diferente año: 1985 y 2017.

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Jueves 19 de septiembre de 1985. 07:19 de la mañana. Un sismo de 8.1 en la escala de Richter sacudió la Ciudad de México. En este terremoto murieron aproximadamente 3 mil 192 personas (cifra oficial), pero algunas organizaciones civiles hablan hasta de 10 mil muertos.

Varias escuelas, casas, edificios, oficinas colapsaron, entre ellos el Hotel Regis, Secretaría de Marina, Edificio de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, Televisa Chapultepec, Hospital Juárez, Cine Morelia, Hospital General, Centro Médico, entre muchos otros.

Se decía que la Ciudad de México había desaparecido…

En el sismo del 85, salir a la calle era ver ríos de sangre correr, una decadencia del gobierno… había varios países que querían ayudar, pero el presidente de ese entonces, Miguel de la Madrid, no aceptaba la ayuda internacional.

Mi hermano me contó que cuando venía en el camión vio cómo se iba cayendo el edificio de las costureras, en San Antonio Abad. Dice que el señor del camión cerró las puertas para que no salieran. La gente se empezó a enojar, pero vieron cómo se les empezaban a caer encima los edificios a la gente que estaba corriendo en las banquetas.

Uno de mis sobrinos vivía en Tlatelolco y dice que los edificios se cayeron y que su cama se salió por la ventana y que él quedó a media avenida, agarrado de los tubos de su cama.

“Me acuerdo que hasta los hospitales se cayeron. Hubo un caso de un bebé que encontraron junto a su madre, la madre murió, pero el bebé logró sobrevivir bajo los escombros tres días”.

Para todos fue una situación muy dolorosa… muy fuerte.

Silvia Vázquez Cardona platica que después del sismo de 1985 “muchísimas personas se quedaron sin hogar, muchos niños quedaron sin escuela y huérfanos”.

Narra que la población comenzó a ofrecer sus casas como refugio para todos los afectados, y dice que su mamá y ella ofrecieron las instalaciones de lo que hoy es una escuela, para dar refugio a muchas personas.

“Estuvieron aquí desde septiembre hasta diciembre. Aquí les comenzaron a dar clases a los niños y de ahí surgió la idea de poner la escuela”, rememora Celia, directora y dueña de la escuela Jardín de Niños Mundo Mágico,

Santiago Pascual Negrete, exmiembro del ejército, menciona que después del temblor lo encuartelaron: “Dieron la orden de que nadie saliera. Después nos dijeron que teníamos que ir a las zonas de  desastre… que lo único que necesitábamos eran picos y palas”.

“Nos llevaron en camiones a las zonas de desastre. A mí me tocó estar en el Hotel Regis. Estuvimos sacando cuerpos, pero había muchos que ya solo sacábamos un brazo, una pierna, una cabeza”.

Recuerda que en las primeras horas después del terremoto les tocó estar a los policías, hasta que llegó un grupo de voluntarios y rescatistas. Señala que las personas que pasaban por los lugares de desastre decían que los policías estaban saqueando todas las cosas que había ahí.

“Nos tocó pasarles revista a los policías. Traían pulseras. Hasta una pistola cuarenta y cuatro traía un policía. Los metieron a un cuarto y ahí les pasamos revista. Les quitamos todo esas cosas. No supimos qué les hicieron, porque se los llevaron y no supe que fin tuvieron”.

Santiago se sumerge en sus recuerdos. Es notorio que al revivir esos momentos lo sacuden por dentro. Comenta que su grupo determinó quedarse en ese sitio para dar seguridad y “sacar los pedazos de muerto que había. Ya no sacamos sobrevivientes”.

“Nos relevaban cada 24 horas. Cuando llegábamos al regimiento ya nada más poníamos una manta o una cobija y a dormir. Los vigilantes sólo nos hablaban para comer y a las seis de la tarde otra vez nos volvíamos a ir. Estuvo muy crítico. Como se rompieron las tuberías todo se hizo lodo y nos llegaba hasta aquí (señala su espinilla). Estuvo muy feo, toda la gente llorando buscando a su familia. La gente en la noche nos llevaba de comer, nos llevaba atole, pero ni te da hambre, porque te llega el olor de carne quemada, el olor a muerto era muy fuerte”.

Clava la mirada al piso y parece aguantar el llanto. Relata que cada pedazo de persona que sacaban la envolvían inmediatamente con una sábana y los de la Cruz Roja se los llevaban.

“Uno es humano y la verdad se siente muy feo. Imagina sacar pedazos de cuerpo. Me acuerdo que la máquina esa que le dicen ‘mano de chango’ agarró escombros y ahí venía un cuerpo. Era mujer, pero sólo se veía el tronco. Ahora no, pero en ese entonces hubo muchas fosas comunes de gente que no pudieron reconocer y otros tantos que sólo eran pedazos”.

El que pasó estuvo duro, pero no se compara con el de 85; en este también hubo mucho muerto, pero no como en ese entonces

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Sirenas de ambulancias han reinado en el silencio que dejó el devastador sismo del 19 de septiembre de 2017. 360 es la cifra de muertos que hasta este momento ha dejado el movimiento telúrico.

7.1 grados en la escala de Richter sacudieron la Ciudad de México, Morelos, Estado de México, Puebla, Guerrero y Oaxaca, dejando varios colapsos personas bajo los escombros.

Dos semanas atrás, justo el 7 de septiembre, un sismo de 8.4 grados en escala de Richter ya había dejado marcas irreparables en Oaxaca y Chipas…

Dos sismos en el mismo mes han causado un enorme terror en la población. Aterrados, esperan el momento en el que vuelvan a sonar las alarmas sísmicas, confundiendo cada ruido con esta, imaginando que el piso se mueve. La cuidad está en pánico.

El sismo dejó consecuencias trágicas, pero logró unir a un país entero. Lo que más llamó la atención fue la participación de los jóvenes en grupos de brigadistas y voluntarios. Le generación “millennial” ha sorprendido a la ciudadanía de manera positiva.

Alejandra Rosales, supervisora en el área de comida rápida en el Centro Comercial Plaza Satélite cuenta que cuando se realizó el simulacro, a las 11 de la mañana, nadie bajó.

“Seguimos con nuestras actividades… Dos horas después comenzó a temblar. En ese momento estaba recibiendo a un proveedor y le dije: ‘Miguel, está temblando’, y todos evacuamos el local por el área del estacionamiento. Como la plaza está en remodelación vi cómo empezaron a caer pedazos de piedras de la construcción y entré en pánico. Lo primero en lo que pensé fue en mis hijos, y que si estando en Satélite se había sentido de esa forma, no me podía imaginar cómo se había sentido donde ellos estaban”.

Alejandra dice que lo peor para fue que no tenía forma de comunicarse con sus hijos. No había señal de teléfono. Al regresar al local –añade—“nos dimos cuenta de que  el aceite se había salido de las freidoras. Para regresar a mi casa hice más tiempo del habitual. La cuidad era un caos”.

La señora Ángela, vecina de Villa Coapa, de aproximadamente 60 años, recuerda que iba bajando las escaleras de su casa cuando su esposo le gritó que se regresara, que por favor no se fuera.

Solloza cuando narra que en ese momento empezó a sentir cómo el piso se movía. “No hice otra cosa más que abrazar a mi esposo mientras veía cómo se movía mi edificio. Terminando el temblor, regresamos a casa y entonces fue cuando escuchamos los megáfonos”.

“Se acaba de caer el Colegio Rébsamen. Traigan picos y palas. Necesitamos voluntarios”.

Expone que el Colegio queda a tan sólo una cuadra de su edificio, y relata que de inmediato le dijo a mi esposo que fueran a ayudar, pues “yo sabía que ahí estudiaban los nietos de varias de mis amigas”.

“Nos fue imposible ayudar, ya que ninguno de los dos traíamos botas, pero nos quedamos ahí. La escena era desgarradora, las mamás llorando y con las manos llenas de sangre quitaban piedras, buscando a sus hijos; fue realmente horrible”.

Recuerda que un señor de los de limpieza gritó: “¡De este lado hay niños, ayúdenme!”, y que un joven se acercó corriendo.

Doña Ángela dice que en ese momento podría jurar que le vio alas al muchacho, quien quitó unas piedras y logró hacer un espacio pequeñito, pequeñito.

“Por ahí sacó a varios niños. El joven les pedía a los niños que se hicieran flaquitos y se acercaran para poderlos sacar. También había una maestra y le pidieron que se acercara para poderla sacar, pero ella dijo no iba a poder salir por ese huequito y la maestra murió, muchísimas maestras murieron”.

Rodrigo Cienfuegos, contratista en construcción, narra que después del terremoto determinó trasladarse a Xochimilco con un grupo de personas, específicamente a la comunidad de San Gregorio, para brindar su ayuda.

“Llegamos con la intensión de ayudar a la gente, a sacar escombros, pero gracias a nuestra profesión (ingenieros, arquitectos, albañiles) nos pidieron que fuéramos a revisar las construcciones que habían sufrido daños y nos damos cuenta cómo las personas fueron construyendo sus casas, como sus recursos se lo fueron permitiendo, pero de una manera equivocada”.

Relata que los vecinos de esta comunidad “no tuvieron la asesoría correcta, ni hubo alguien que dijera sabes que, así no. Para ellos fue preferible que si llegaba la delegación o Protección Civil, o los sindicatos, pues darles un dinero a las personas en lugar de que estas autoridades les dijeran la manera correcta como tuvieron que haber construido”.

“Si bien es cierto que no tenían los recursos para contratar un  ingeniero, o un arquitecto, el gobierno tenía la obligación de decirles de que la manera en que estaban construyendo no era la correcta”.

Comenta que vieron muchas casas con columnas suficientemente gruesas, con paredes bien fabricadas, bien instaladas, pero con una nula planeación y con un carente estudio de suelo.

“Había casas que habían construido con zapatas, con dados en un suelo que simplemente no es firme. Entonces este suelo con el temblor y esos pesos, pues simplemente fue cediendo. Como el peso esta canalizado en una parte en particular y lo que tienes abajo no es firme, pues se hundió. Entonces la construcción era muy fuerte, pero su cimentación no, y eso no es culpa más que de las autoridades”.

El contratista subraya que las personas que construyen deberían de estar asesoradas por el gobierno, para que les digan el tipo de suelo donde viven, así como señalarles que si en algún momento quieren construir tienen que seguir ciertas reglas.

“Pero lo que hacen es dejarlos, dejar que los supervisores caigan en la corrupción. Entonces, cuando ocurren este tipo de eventos, todo el patrimonio de estas personas se ve afectado porque nadie les dijo que en terreno fangos, tendrían que haber hecho una loza de cementación y simplemente no lo hicieron”.

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