Carlos Salinas a la pantalla grande

Por Rivelino Rueda

12 de noviembre de 2015.- Los 25 minutos de comerciales frente a la pantalla de cine son asimilados con infinita paciencia. Si uno quiere pasar un momento familiar o de distracción personal en estos momentos aciagos para México, nomás no se puede.

Hasta ahí, hasta la pantalla grande nos persiguen los fantasmas de un modelo económico que ha generado una gran industria de pobres. Lo peor de todo es que ahora se lo restriegan a uno en la cara.

Grupo Carso, Grupo México y Grupo Bal, beneficiarios de las privatizaciones a modo en el sexenio Carlos Salinas de Gortari, es decir, de Carlos Slim, Germán Larrea y Alberto Baillères, respectivamente, acaparan esa casi media hora.

Los interminables minutos de propaganda son aprovechados para hablar de las “supuestas bondades” que esas empresas han generado a todos los mexicanos, y casi hasta para decir que sin esas industrias el país estaría en condiciones similares a las de naciones de la región de África Subsahariana… Aunque en algunas zonas de México la situación es similar, pero esa es otra historia.

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En su discurso de aceptación de la Medalla Belisario Domínguez el pasado 12 de noviembre y ante los presidentes de los tres Poderes de la Unión, el empresario Alberto Baillères consideró que ese galardón también se le otorgó “a aquellos mexicanos que consideran que la retribución por su actividad empresarial debe ser acorde al provecho que recibe la sociedad y no el fruto de privilegios, prebendas o abusos”.

El segundo hombre más rico de México y dueño del Grupo Peñoles quizá se refería al proceso de privatización emprendido en el sexenio de Carlos Salinas, principalmente en el rubro de “desincorporación” de alrededor de 6.6 millones de hectáreas de reservas mineras nacionales, en donde se puso a disposición de empresarios mineros nacionales el 98 por ciento de las reservas federales de zonas mineras.

Baillères González, también dueño del Palacio de Hierro y del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), se observaba profundamente emocionado con la Belisario Domínguez sobre su pecho, tal vez con un alivio profundo porque el Estado mexicano lo acababa de eximir del envenenamiento de 11 mil niños en Torreón, Coahuila, por emisiones de la metalúrgica Peñoles, en 1997, y ahora pasaría a formar parte de los próceres de la nación.

Y ahí estábamos a la espera de la película El Principito, observando en medio de un ruido infernal la promoción de la nueva tienda departamental de El Palacio de Hierro en la zona de Polanco. Un edificio monumental enclavado en esa exclusiva zona de la Ciudad de México.

Y la pantalla proyectaba imágenes de modelos de las grandes pasarelas mundiales. La pura modernidad y el primer mundo que ofreció el salinismo, pues.

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Pero dos son los comerciales que llaman la atención, ambos de Grupo México de Germán Larrea. En el primero se observan tomas espectaculares, particularmente desde un helicóptero, de una mina en Sonora que construye ese corporativo y que –publicita— “genera miles de empleos y contribuye a la protección del medio ambiente”.

El segundo es un poco más cínico. Se refiere al “tren de la salud” que recorre distintas comunidades para “apoyar a los que más lo necesitan”. La rúbrica es de la Fundación Grupo México.

¿Qué acaso no la función primordial de un empresario es crear empleos? ¿Qué acaso no Germán Larrea fue uno de los principales beneficiarios del salinismo? ¿Qué no es Grupo México la empresa que tiene mayores denuncias de violaciones laborales en el país? ¿Qué acaso no fue Grupo México el responsable directo de la tragedia en la Mina Pasta de Conchos, en donde perdieron la vida 65 trabajadores el 19 de febrero de 2006?

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, fallecido en 2007, apuntó en su libro El Sha o la desmesura del poder que “el poder es quien provoca las revoluciones (…) el estilo de vida y la manera de gobernar de los poderosos acaban convirtiéndose en una provocación. Esto sucede cuando en la élite se consolida la sensación de impunidad. Un escándalo tras otro, una injusticia tras otra quedan impunes. El pueblo permanece en silencio; se muestra paciente y cauteloso”.

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Y esa es la sensación que queda cuando pasan esos 25 largos minutos frente a una pantalla de cine.

Muy lejos quedó el “payasito nalgón” del crucero con la máscara de Carlos Salinas. Atrás quedaron las leyendas del “Dublín Demon”, de “El Chupacabras” y de “El orejotas”. Ya hasta su hermano, Raúl “El incómodo”, se pasea en autos de lujo y posa para revistas de sociedad, luego de estar preso por casi 20 años tras los graves escándalos de corrupción en los que se vio envuelto.

Y ahí estamos esperando la función de cine, escuchando la propaganda de las empresas de esos hombres poderosos, reivindicados tras el regreso del PRI a la Presidencia de la República.

Hombres que representan en brazo económico y financiero de los gobiernos en turno desde 1994, siempre de la mano de Carlos Salinas de Gortari. Hombres que hicieron su fortuna a partir del compadrazgo y del privilegio, y que a partir de este sexenio han sido reivindicados y hasta convertidos en “próceres”. Es, en suma, la reivindicación del salinismo y de sus beneficiaros.

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