Buendía y la agenda oculta: el saber quitó la vida

Melchor Arellano

En su libro Buendía El Primer Asesinato de la Narco política en México (Grijalbo: 2012), el articulista de fondo Miguel Ángel Granados Chapa (periodista y abogado por la UNAM), nos introduce en el pernicioso entramado de las redes de poder e intereses que se funden en el sucedáneo político del país y cuya víctima fue esta vez un connotado periodista, como Manuel Buendía. Conocido por su posición como analista político en torno a los inter juegos autoritarios, en este trabajo Granados Chapa, reposiciona su postura como crítico del Estado y grupos de poder.

En su trabajo sobre Buendía, al autor de Plaza Pública destaca la conformación paulatina de las redes de control (presidencia de López Mateos, Díaz Ordaz, Luis Echeverría, López Portillo y Miguel de la Madrid) que se establecieron para darle seguimiento al trabajo de los formadores de opinión, a fin de que estos no tuvieran “desviaciones ideológicas” y se ciñeran al oficialismo informativo dictado por el Estado. Redes que se integraron al amparo de un Estado simulador e impune que generó todo un entramado de complicidades y dispersión informativa, para no llegar nunca a la verdad sobre la muerte del columnista.

Como señala Granados Chapa, se pueden señalar como probables responsables a la CIA, los petroleros (por aquello del destape de las relaciones o ligas entre la familia texana Bush con Jorge Díaz Serrano), el Opus Dei y muchos más, pero “…son tantos grupos y tantas posibilidades que no veo fácil que la policía pueda encontrar al culpable”. Vamos, ni siquiera existe la certeza de que haya sido un profesional el que cometió el condenable acto.

Perviven los enlaces entre políticos y narcotráfico, amparado en las sombra de la falsedad de los órganos de procuración de justicia, imbricados en la defensa de intereses oscuros y donde el periodista queda atrapado en el fuego cruzado de la mentira y la traición, sin saber jamás de donde viene cada una de ellas.

Granados Chapa, es eficaz en su trabajo de investigación, porque logra escudriñar y arrojar luz sobre el arropamiento de la multiplicidad de situaciones, que mediaron en la vida del Buendía, desde su incursión y consolidación en el periodismo, hasta su muerte. Y sobre todo, porque ata de modo sensible y articulado la serie de cabos sueltos que han rodeado la historia de la muerte del michoacano.

Materializa su objetivo de denunciar la impunidad investida de tesis de asesinos solitarios, la cual ha sido la nota dominante y la sospecha, el muro infranqueable. Como crítico del poder, el autor indaga eficazmente cómo en medio de este mundo macabro, siniestro, a la vez que estimulante y gratificante, es tan posible el ejercicio periodístico autónomo y crítico, como la muerte de quien lo practica.

Su narrativa es magistral al poner el dedo en la llaga sobre la vida de un hombre que dejó un legado imborrable en el periodismo crítico, investigativo y autónomo en México y el mundo: Manuel Buendía Tellezgirón. Un desafío periodístico el de Buendía, que trascendió fronteras y fue presa de intereses extraterritoriales como los estadounidenses mediante su órgano más funesto de represión: la CIA, creada en 1947, por el Presidente Harry S. Truman, a través del Acta de Seguridad Nacional (ASN). Para Buendía la muerte (que presintió previo a su ocurrencia) no estaba a discusión, sino que la misma tuviera un buen propósito: un mejor periodismo para una mejor sociedad. Morir en balde, no estaba en el itinerario profesional y de vida de Buendía. Morir por una buena causa, la causa del buen periodismo, profesional, investigativo y libre, fue la exégesis de su labor profesional.

Granados nos conduce a ese conglomerado siniestro del Estado para atrapar a los comunicadores: compra, amenaza, invitación lisonjera, lectura de la pluma, intervención telefónica, advertencias veladas y todas las formas posibles para detener la labor de quienes escriben para llegar al público y decirle la gravedad de los acontecimientos e importancia de estos para su vida cotidiana.

En su narrativa, nos introduce en el inter juego borrascoso de las interrelaciones entre los periodistas, sus diferencias, coincidencias o simplemente compañerismo, muchas veces simulado para ganar favores y otras, auténtico para ganarse la animadversión del Estado y grupos de interés y poder.

Contra las versiones oficiales

Los alcances y rutas de la investigación del autor,  modelan un trabajo de denuncia y contrapeso a las versiones oficiales que han medrado sobre la versión real de la privación de la vida del periodista michoacano. Granados Chapas nos ofrece una versión más fresca y acabada sobre el verdadero actor de la ejecución de Buendía: la política coaligada con el narco, ofreciendo para ello testimonios, implicaciones y correlación de actores.

El objetivo de impactar críticamente en la conciencia del lector, sobre los elementos y ligas orgánicas creadas por el poder y delincuencia, para quitar de en medio a un periodista de alto calibre, se cumple cabalmente. Esa es también y en mayor medida la agenda oculta que el autor pone en evidencia, como parte de la hipótesis central de libro. Sobre todo, porque está basado en una labor investigativa, de revisión y análisis de expediente, que tanta falta hace al periodismo de siempre.

Hoy esas tesis de la simulación, divagación y ocultamiento de la información, al igual que las relaciones de poder entre políticos, empresarios y narcotraficantes, siguen prevaleciendo en el sistema de procuración de justicia del Estado fallido mexicano.

Un Estado cada vez más virulento, simulador y encubridor, cuyos órganos de procuración, supervisión y control de justicia, resultan cada vez menos capaces para investigar y dar con los responsables de asesinatos de comunicadores, que hoy están siendo masacrados con toda impunidad y donde las investigaciones sobre sus ejecutores, se pierden en el anonimato disperso, redes de poder y simulación.

Ese me parece, el mensaje más importante que Granados Chapa envía a periodistas y ciudadanos comunes y corrientes, que pueden caer en las manos de la narco política y redes delincuenciales de un Estado fallido. Un Estado represivo y dictatorial, que no escatima en encubrir a los responsables, sin procurar un mínimo de justicia, sino en sembrar dudas, sospechas infundadas, mensajes difusos, para nunca dar con los responsables y en donde, la propia sociedad aparezca como culpable: siembra de pruebas, desvío de acciones y a veces, fabricando culpables que tengan la mala suerte de encontrarse en el lugar y tiempo menos indicados.

Desnuda y narra el trabajo de entretejimiento de redes de espionaje, complicidades, simulaciones de autoridades, grupos de interés, delincuencia y narcotráfico, para detectar cualquier filtración de informaciones que descubrieran o pusieran el descubierto ese funesto telar que Buendía buscaba deshilar. Un sistema de simulación, complicidades e impunidad de autoridades y redes de delincuenciales, donde los primeros en estar en peligro, eran los periodistas que conocían o investigaban sobre ello. Se convertían así en candidatos a buen resguardo vía la cooptación o el asesinato.

 

La hipótesis

La hipótesis principal de Granados Chapa, es que el asesinato de Manuel Buendía fue producto de la narco política en nuestro país. Para ello investiga, recolecta, integra y analiza el entretejimiento de las redes del poder político y operaciones del narco en México, creadas alrededor del sonado asesinato del autor de la columna Red Privada.

La forja de este formato macabro y cotidiano de redes de espionaje y SICARIATO de intimidación y represión contra ciudadanos y periodistas, se consolidó desde los inicios de Buendía hasta la época actual. Ha sido muy costoso para el país y especialmente para los periodistas o comunicadores en su conjunto (caso del homicidio de la Narvarte, donde es un fotógrafo el asesinado y no hay más que declaraciones vagas y sin pistas concretas, sobre la comisión del delito y castigo a los responsables).

Por supuesto, se han desplegado distintos procedimientos de acuerdo a los cambios tecnológicos (de la intervención telefónica y vigilantes directos, se pasó a las redes, celulares, seguimiento a distancia y demás) y formas policiacas de operar en cada época o momento histórico. Sobre todo, la forma encubierta de operar, presentando varios y dispersos frentes de acción, para desviar cualquier investigación sobre los órganos de procuración de justicia y seguridad nacional (PGR, SEGOB, SCJN), como ocurrió precisamente con Manual Buendía: el encargado de cuidarlo y protegerlo, terminó por ser su verdugo.

Resulta ingenuo pensar que la narco política que llevó Antonio Zorrilla a asesinar a

Buendía y nombrado titular de le DFS por José López Portillo y luego ratificado por Miguel de la Madrid Hurtado, haya actuado solo o sin el conocimiento de la SEGOB, PGR, Poder Judicial. El entramado estuvo tan bien orquestado, que llegar al fondo es y será más que imposible en el falaz sistema de impartición de justicia en México.

En el engranaje para privar de la vida e Buendía, no solo tenemos a los autores intelectuales y materiales, sino los intereses conexos asociados a la delincuencia, como el narcotráfico. Aquí el SICARIATO cobra especial relevancia, porque será el brazo ejecutor oculto y disperso, invisible y pulverizado de los asesinatos futuros y no nada más de periodistas, también de políticos como Francisco Ruiz Massieu y el candidato a la Presidencia Luis Donaldo Colosio.

 

Estrategia del autor

La estrategia del autor se basa en el desnudamiento de la agenda oculta de las operaciones del poder político y nexos delincuenciales para operar en contra de quienes descubren, critican y denuncian estos hechos. Dicha estrategia de exposición de contenido, la realiza a través de la investigación acuciosa de los acontecimientos que se fueron encadenando alrededor de Manuel Buendía, desde su incursión al periodismo, su rápido ascenso, creación de su propio espacio periodístico autónomo ejercido con congruencia y convicción, hasta culminar en su artero y cobarde asesinato.

De entrada nos recuerda que la obligación del periodista es poner toda la información posible a disposición de la sociedad, para que esta, bien informada, tenga la posibilidad de elegir lo que estime más adecuado para afirmar su aspiración de convivencia deliberativa y participativa tanto en lo particular como en su entorno comunitario. Así, comienza por describir el trabajo de Buendía desde sus comienzos como periodista.

El autor narra los hechos y circunstancias que motivaron al michoacano a abrazar esta profesión e involucrarse al grado de haber sido quizá el mayor referente de la historia periodística en el país relacionada con el narco tráfico, la funesta presencia de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en México y los entretelones de los grupos de poder de la derecha y la aristocracia política, nacida del poder presidencial y sus redes de poder.

Nos explica cómo el columnista, se abrió paso desafiando por un lado al poder y por otro, las tentaciones de la cooptación o compra de conciencia por parte del poder mismo. Asimismo, cómo una labor inicialmente de incidencia o capacidad de influir en los demás, se fue convirtiendo en una esfuerzo investigativo de peso, de incomodidad para el Estado, para los grupos de interés y de poder.

Asimismo, cómo operaban los colegas, los editores, los directores de medios impresos, las lisonjas y prebendas que los rodeaban cotidianamente, a las que sucumbieron muchos, se sumaron otros y se apartaron varios como el propio Buendía. Sin duda, Granados Chapa revela no solo el oscuro mundo de la tentación hacia el periodista, sino los avatares que afirman y hacen crecer a un periodista con ética, independencia y autonomía. Esto último, lo pagó Buendía fatalmente, pero enseño que la realidad vendida por el Estado, puede ser desnudada en todos sus componentes hasta llegar al fondo de la misma, con constancia, perseverancia y sobre todo convicción, virtudes que afloraron paulatinamente en el autor de la columna Red Privada.

En su narrativa de los andares de Buendía (desde 1953) por La Nación, La Prensa, Excélsior, Diario de México, Granados Chapa nos describe la labor del profesional del periodismo que investiga profundamente, porqué suceden las cosas en la sociedad. El deber de analizar y comunicar esa realidad social para comunicarla con ética periodística y libre juego de las ideas. Nos describe una pluma que nunca se detuvo, que solo dejó de correr libremente ante la muerte.

Da conocer nombres de periodistas (Salvador del Rio, Sara Moirón Jorge Villa, Carlos Denegri, Salvador del Río) desde quienes jugaron una sola línea y quienes, prefirieron (la mayoría) los favores y ascensos procurados por el Estado (como José Carreño Carlón, Mario Huacuja, Augusto Fócil Díaz). Pero no solo sucedió con periodistas, sino también con ex funcionarios y políticos actuales como el recientemente nombrado presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones.

Según señala el autor (página 242), en el sexenio 1970- 1976 siendo Manuel Bartlet, Secretario de Gobernación (SEGOB), Fernando Gutiérrez Barrios (a la postre, titular de SEGOB misma) era Subsecretario y tenía a su cargo las direcciones Federal de Seguridad (DFS), Investigaciones Políticas y Población y Prevención. Dichas áreas, por su naturaleza tenían una estructura cerrada hacia su interior, por las materias que conducía.

Casualmente, Fernando Gutiérrez Barrios, tenía tres secretarios auxiliares: Jorge Galindo, Manlio Fabio Beltrones y José Antonio Zorrilla. Es decir, tres áreas que guardaban los secretos de los sistemas de información personal, secreta y de interés del Estado donde se incluía la vigilancia a la labor periodística. Sería bueno preguntarle a Manlio Fabio Beltrones, si él nunca supo nada del trabajo de José Antonio Zorrilla en su relación con Buendía y con el trabajo de este último.

Y no podía faltar la descripción de las negociaciones tras bambalinas, que se daban en costos de impresión, continuidad en la circulación, donde la firma Productora e Importadora de Papel, SA (PIPSA) extinguida en el SALINATO, jugó el papel tentador de anzuelo para gestionar y detener informaciones que afectaran al Estado, pero le procuraran beneficios a ciertos periódicos (por no decir, mayoría) y sus editores. Del mismo modo, como se fue funesta, cínica e impunemente construyendo el tejido de las traiciones y falsas amistades apostadas cerca de los periodistas de cepa.

Este fue el caso del asesino confeso, que siendo o fingiendo ser “amigo” de Buendía, orquestó y concretó su asesinato, así como la falsa prestación de Seguridad del Estado, que a través del personal encargado de cuidar a Buendía, terminó siendo el informante perfecto para privar de la vida al notable periodista michoacano. Lo anterior, encarnado en José Antonio Zorrilla o “Pérez Zorrilla, como lo llamara Miguel de la Madrid (preso, finalmente por el asesinato de Buendía, pero que jamás se han revelado nombres de narcos ni funcionarios relacionados) como cabeza de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), quien simulara por años ser amigo de Buendía y ganarse su confianza, para después al verse descubierto en sus redes delincuenciales, cometer el artero crimen contra el columnista.

Nuestro narrador, también pone en evidencia cómo el éxito periodístico de entonces, estaba asociado a los ascensos de estos al poder, hecho que con todos sus bemoles, no ha cambiado de fondo en la actualidad, sino por el contrario se ha mantenido bajo diversas y variadas fórmulas.

Ello no significa que no haya periodistas responsables y de peso en el país, como el mismo Granados Chapa, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Denise Dresser, Genaro Villamil, Carmen Aristegui, Blanche Petrich, Jorge Carrasco y varios más, que se distinguen por el ejercicio de un periodismo responsable y al servicio de la sociedad. El mensaje es macabro y siniestro para el periodismo y la sociedad mexicana en su conjunto: cualquiera pude ser asesinado sin motivo alguno y sin cargo, pero nunca con castigo a los verdaderos culpables.

Sin duda, una lectura que deja muchas enseñanzas sobre el entramado político delincuencial del Estado que nos rige hoy, lo cual nos obliga a desempeñar nuestra labor con mayor fuerza, seriedad investigativa, dotación de pruebas y en especial, conociendo de cerca al enemigo principal…

 

 

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One Thought to “Buendía y la agenda oculta: el saber quitó la vida”

  1. Alejandro Merino Fuentes

    Ese 30 de mayo de 1984, cambió para siempre la historia del periodismo mexicano…

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