Por: Armando Martínez Leal
Para: César Honorato Casillas… mi Muso.
Una jaula fue en busca de un ave
K.
Porque tus ojos que han penetrado
a través de los míos hasta el fondo de mi corazón,
encienden en mis entrañas un vivísimo fuego.
Ten, entonces, misericordia del que perece por tu causa.
Marsilio Ficino
La apoptosis es la muerte programada de los teléfonos móviles, fenómeno que comporta a las diversas mercancías que se consumen en la actualidad, desde electrodomésticos hasta la ropa, zapatos, relojes, utensilios de cocina, herramientas… todo en el capitalismo actual es brutalmente efímero. La factura o ticket de tu compra es el equivalente al acta de defunción del objeto que has adquirido. En el presente, la durabilidad de los objetos caduca anticipadamente.
¿Habrá una apoptosis social? Es decir, las relaciones humanas en cualquier nivel caducan llegado el tiempo. Alguien me decía que si consigues mantener un cortejo por más de tres meses, lograste superar cierta apoptosis de las relaciones y llegaste a su “triunfo”, después claro vendrá el otro nivel, cuando han decidido lo que son: amigos, novios, pareja o simple y complejamente amantes. Este segundo nivel de las relaciones está determinado por la imaginación, la costumbre y el hastío; pero también pende sobre ella la misma condición de caducar.
Es cierto, las relaciones humanas no eran eternas; o bien, si lo fueron estaban determinadas por reglas sociales. El divorcio era inconcebible en gran parte de nuestra historia patriarcal, no fue hasta el Código Francés de 1804, que surge una legislación al respecto y se asume como un derecho exclusivo del varón sobre su propiedad, la mujer.
En la actualidad, parece ser que las relaciones de pareja son perecederas, tienen una fecha de caducidad social; bien sea, por los nuevos derechos legales (como el divorcio Express); o bien, porque la cultura consumista ha llegado al extremo de normar nuestras conductas sociales. Así como desechamos artefactos, descartamos humanos. En ese sentido, cabe reflexionar sobre el amor, como esa unidad fundamental en las relaciones humanas. El amor es un elemento ontológico del ser.
El amor es ante todo un acto de posibilidad, de recreación, de transformación de la existencia, que va de lo individual a lo colectivo.
El amor es una forma de significar nuestra existencia. El amor es una condición ontológica porque sólo la posee el humano, la naturaleza no ama, ella bulle, no tiene consciencia de sí, ese es un valor enteramente humano, que antropocéntricamente se intenta imponer a la naturaleza y que es manifestación del vaciamiento al que se ha llegado. La expresión del perro ante el humano, se interpreta como un acto amoroso, hasta llegar al evento de volver a las mascotas seres semihumanos, desapropiándolos de su fisiología para convertirlos en hijos.
El amor es la manera en que el ser significa y representa su existencia, en ese sentido el amor tiene una carácter político, en la medida en que es la posibilidad de experimentar al otro de cara a su alteridad, pero no sólo es una experimentación del otro sino de uno mismo, ya que en el amor uno confronta su alteridad como posibilidad, ese espacio incierto del ser, donde lo simbólico, las fuerzas ancestrales que están en nuestro inconsciente colectivo se manifiestan. En cada advenimiento están contenidos los eventos humanos que van desde nuestra primitividad hasta la contemporaneidad. El humano no es un ser vacío de sentido.
El sentido se lo da esa pretérita forma de habitar, de estar. En la contemporaneidad el habitar se ha convertido en una fórmula social, engranaje dictado por los grandes poderes comerciales que prefieren a un individuo consumidor-eliminador, a alguien que esté dispuesto a confrontar su presente desde todas las trincheras. Hoy las revoluciones no pueden ser solamente colectivas, eventos que vengan desde arriba y modifiquen la conditio humana. Hay que ser más radicales, se trata de revertir los efectos del individualismo que ha positivizado la existencia, rescatando nuestros elementos negativos, que han sido desechados por la dinámica hedonista en la que nos encontramos.
El amor es a todas luces un evento, un «acontecimiento» que nos puede permitir reelaborar nuestra existencia. Un «acontecimiento», —señala el filósofo francés Alan Badiou—, al que hay que serle fiel desde todas las perspectivas, se trata pues de un encuentro violento entre dos seres, que recomponen de arriba abajo su existencia, su manera ordinaria de Habitar el presente, donde el pasado debe ser determinante, pero también se trata del espacio de la posibilidad que confronta nuestra situación. El «acontecimiento» es un momento de «verdad» que introduce una nueva forma de ser, completamente distinta a lo dado, a la costumbre de habitar. Hace que suceda algo de lo que la situación no puede dar cuenta. Interrumpe lo igual a favor de lo otro. La esencia del acontecimiento es la negatividad de la ruptura, que da comienzo a algo del todo distinto. (Byung-Chul Han)
En ese sentido, el amor es un acontecimiento donde está presente la muerte. Se trata de la conclusión absoluta de una manera de habitar, para comenzar una nueva otredad. La muerte implica una renuncia a los modos de habitar, es decir, a las costumbres, hábitos, creencias, gustos, placeres, displaceres. Es una renuncia absoluta, radical, donde uno debe estar dispuesto a olvidarse de su mismisidad, para habitar otra mismisidad.
Sin embargo, la cultura amorosa actual se funda en una supuesta conservación de la existencia individual, en una salvaguarda del YO como la absoluta premisa del SER, pero es así, como se vacía de sentido al ser, ya que nadie está dispuesto a renunciar a su individualidad por un amor que durará poco, ya vendrán otros, otras… y en ese sentido vuelve su existencia positiva en un acto de esclavitud amorosa, esclavitud social, un ser sin ningún sentido de la libertad.
Uno muere en el otro, a esta muerte le sigue la vida y luego un nuevo comienzo, amar es morir, morir es vivir… ese es el verdadero sentido del amor. Se trata de un eterno retorno de la existencia, el eterno retorno de lo simbólico como valor supremo de nuestro actuar en el universo. Morir es reconciliarse con la existencia, con la naturaleza y con la physis. El individuo actual no está dispuesto a confrontar el amor como experiencia thanática; es decir, vivir en el otro perdiéndose a sí mismo, lo cual pasa por matar un poco de tu ser, para volver a renacer en la confrontación del otro. Morir implica cerrar, estar dispuesto a abrir nuevas etapas: Crecer.
El negarse a crecer es una característica de nuestra cultura actual, somos eternos niños, jóvenes eternos, adultos jóvenes… la vejez es un estadío que nadie quiere llegar, porque ser viejo implica necesariamente ser desechado y excluido.
En la modernidad, se ha construido una idea de las relaciones humanas. Max Weber hablaba ya de ésto, al plantear el predominio de un tipo de razón, la instrumental, se trata de la distinción entre Comunidad y Sociedad. Las relaciones humanas se han instrumentalizado, son intercambios de valores de uso (Marx), en la actual fase del capitalismo financiero este fenómeno ha llegado al extremo donde la tradición, lo sagrado, la intimidad y las relaciones personales sólo son viles intercambios.
Experimentamos un nuevo tipo de sujeto extremadamente individualizado, que no le interesa confrontarse, reconstruirse, deformarse, en esa tesitura desde la “pedagogía” de Hollywood hasta las redes sociales han generado nuevos fenómenos sociales, los cuales positivan al extremo la existencia, en los hechos es una proceso de edulcoración de la vida, donde lo negativo es eliminado, desde el plano de las actitudes, hasta los olores, deformaciones, formaciones “naturales” del ser. El individuo ha sido llevado al extremo de ser eternamente un happy end. Un final feliz sin principio, sin historia, sin memoria.
En la esfera particular este proceso de galvanización de los elementos negativos de la existencia, el amor se ha convertido en una fórmula de disfrute, donde todo debe ser placentero, se trata pues del extremo de la cultura hedonista. El amor se ha convertido en una sensación que necesariamente debe generar sentimientos agradables. No hay bajo esta visión nada disfuncional en el amor, todos aquellos elementos anormales en las relaciones humanas son patologizados al extremo de volver a las personas que provocan sentimientos encontrados, “negativos”, como individuos tóxicos, que como al loco, al enfermo es necesario aislar y eliminar del ámbito social.
Ese individuo virulento, dañino, representa la parte fundamental de la dimensión humana, por tanto del amor, el cual necesariamente es una herida que un ser provoca en el otro, que genera excitación, emoción que lesiona y tiene consecuencias. El amor pues es una fuerza negativa, donde no hay necesariamente un happy end, sino una experiencia de recreación del ser en todas sus dimensiones, donde la sinrazón invade, hiere, es un acto de perderse en el otro y reencontrase en ese evento, un acto inexcusable para la recreación simbólica del ser.
Sin duda cuando te amo, al amarte me reencuentro en ti que piensas en mí, y me recupero en ti que conservas lo que había perdido por mi propia negligencia. (Byung-Chul Han)
El amor no es dominar al otro sino perderse en el otro. De acuerdo a lo elaborado por Michel Foucault, las relaciones humanas son relaciones de poder, el poder es un ejercicio de dominación, primero se ejerce sobre el cuerpo individual, el Yo, después se ejecuta sobre el otro, la posibilidad de reelaborar este discurso de dominación imperante en la cultura actual, no sólo en el pensamiento foucaultiano, es en el perderse en el otro como elemento liberador y confrontador de nuestra existencia, amar es reencontrarse, es aceptar el extravío, conciencia que surge en el estar en el otro, en ser a partir del otro, ejerces tu poder a través del otro, un poder pulsional que te hace morir, desconocerte, crecer, reconocerte, ser otro.
El amor y el sexo tienen elementos negativos, disfuncionales… transgresivos, ambos tienen que verse como luchas constantes, entre la muerte y la vida, amar y morir son eventos de muerte, los elementos thanáticos que te liberan, que confrontan tu ser y que deconstruyen tu existencia. Son ejercicios liberadores, y constantes. Amar es una lucha incesante, que el individuo actual se niega sistemáticamente a dar. Combatir la muerte cotidianamente es la querella simbólica que te permite dejar de ser un esclavo del mercado, de aquello que se ha establecido como normal y patológico.
La muerte programada del amor, puede ser un elemento cultural que refleje nuestra contemporaneidad, nuestra miseria, nuestra incapacidad de confrontarnos, pero también de experimentar el presente. Dicha muerte programada del amor, lleva a los individuos a “comprometerse”, supuestamente, consigo mismos. Sin embargo, es a todas luces una falsa “ética”, ya que el ser, por naturaleza es social. Lo humano converge en la convivencia con el otro, en el amor hacia el otro, en el amor hacia uno, pero ese amor sólo será posible en la posibilidad del acontecer irruptivo de la recreación.
Me escondería detrás de tu sombra
tu sombra, que honras, garra y asombra
y aunque tengo miedo a sufrir
me encantaría que me hagas sentir
como vivir, como morir, que me ahogues y sobrevivir.
que me beses, que me destroces
que tu lengua el cuerpo me roce.
y es que todo nos sale mal
nuestro amor no parece normal
lame mis ojos y mis mejillas
clávame todas tus astillas
me siento tan perdido
cuando me insultas al oído,
tu sudor aniquilador me hace delirar por ti hoy.
Como profesional del desamor me ha encantado el artículo. El amor convertido en ciclo, poéticamente expuesto, por el individualismo postmoderno. Fantástica reseña, cordial saludo