A un año, el mensaje de Francisco está en basurero de la historia

Por Rivelino Rueda

Foto: Edgar López

Hace un año, Jorge Mario Bergoglio les espetó en la cara su talante de corruptos, su pasividad y complacencia ante el desafío que representa el narcotráfico, y lamentó su burbuja de privilegios que impide la inclusión social de diversos sectores.

Luego bajó hasta ellos hasta ponerse cara a cara y, en lugar de asimilar el mensaje, la actitud fue la misma de siempre: una cínica sonrisa y la mejor pose para la foto.

Era de suponer que el Papa Francisco no se iba a quedar callado en el país de los 150 mil muertos en la última década, en la nación de los 30 mil desaparecidos, de los feminicidios, del trato inhumano a los migrantes, de la exclusión a los pueblos originarios.

Pero los poderosos están tan embelesados en el poder, en la impunidad y en los privilegios, que lo único que importaba en ese momento era precisamente ser uno de los privilegiados que se encontraba en ese lugar, en ese círculo compacto, escuchando no a uno de los hombres más influyentes del planeta, sino al que puede ayudar a generar más votos, más tuits, más likes en sus redes sociales, en su mundillo de privilegios…

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Y de nuevo el chocante protocolo de un presidente que –como dijo el periódico británico The Economist tras el escándalo de la “casa blanca” y de la desaparición de 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa– “no entiende que no entiende”, que piensa que todo marcha sobre ruedas.

De nuevo presentar a una clase política que acaba de ser vapuleada por el mensaje papal, pero además presumirla y jactarse de sus privilegios. Enrique Peña Nieto presenta a un secretario de Educación (Aurelio Nuño Mayer) que celebra la exclusión de “una minoría” que se opone a la reforma educativa, y que incluso por su disidencia va a la cárcel, como si de delincuentes se tratara.

Presume a un secretario de la Defensa Nacional (Salvador Cienfuegos) que desprecia los derechos humanos, que levanta la voz, amenaza y arenga cada vez que se pide la rendición de cuentas de los soldados a su mando en casos como los de Tlatlaya, Iguala o Cherán.

Y luego las hijas del matrimonio Peña-Rivera. Las muchachitas campeonas de la exclusión a la que se refirió minutos antes el jefe del Estado Vaticano, las que responden con un “pinches nacos envidiosos” a cualquier crítica en contra del presidente y la primera dama.

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Luego se interpone al paso de la comitiva el presidente de la Cámara de Diputados, Jesús Zambrano Grijalva, el mismo que “no supo nada” de la designación de José Luis Abarca como candidato del PRD a la presidencia municipal de Iguala, Guerrero, en 2012 (quien supuestamente ordenó el ataque en contra de los normalistas de Ayotzinapa el 26 de septiembre de 2014), cuando fungía como presidente nacional de ese partido.

Y pasos adelante Peña Nieto presenta al argentino a uno de los personajes que precisamente está envuelto en ese mundo de fantasía, que vive de la imagen y de las mieles de la farándula, que mantiene una sistemática exclusión hacia las comunidades indígenas de ese estado.

Manuel Velasco Coello y su esposa, la actriz Anahí, se inclinan penosamente a besar el anillo papal, no en un acto de fe, sino en una burda estrategia para publicitar la imagen de ambos.

Claudia Pavlovich, gobernadora de Sonora, brinca sillas y se cuela entre dos gobernadores para alcanzar el anillo de Bergoglio.

Sus labios besan el Anillo del Pescador, esos mismos labios que besaron a Gildardo Francisco Urquides Serrano y a Sandra Lucía Téllez Nieves, copropietarios de la Guardería ABC de Hermosillo Sonora y distinguidos militantes del PRI en ese estado, cubriéndolos de un manto de protección y dejando en la impunidad la muerte de 49 niños en el incendio del 5 de junio de 2009.

El que no se inmuta es Manlio Fabio Beltrones, presidente del PRI. Se percibe que es de los pocos que entendió el mensaje del jefe de la iglesia católica, pero también es el que sabe perfectamente –como ferviente admirador de Plutarco Elías Calles, el artífice de la Guerra Cristera—que la religión y sus representantes son un instrumento de control político, que de la mano de ellos y por medio de complicidades se puede seguir gobernando.

El sonorense solo sonríe y clava las manos hasta lo más profundo de los bolsillos de su impecable abrigo negro.

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