América-Cruz Azul: el amor duele, y ese día más que nunca

Por Aldo Gómez

Domingo 26 de mayo del 2013. Son las 11:00 de la mañana en la Ciudad de México. Salgo rumbo a un partido de futbol con mis amigos. Jugamos la semifinal de un torneo amateur. Hoy es un día distinto: Cruz Azul y América se disputan la Liga Mexicana de Futbol.

Los cementeros están más cerca del ansiado título después de ganar 1-0 en el partido de ida en el Estadio Azul. Veo a mis compañeros de equipo en un punto al sur de la ciudad. Durante el trayecto visualizo a gente de color amarillo y de color azul.

El clásico joven del balompié mexicano estaba en marcha y se siente en el ambiente. Llegamos al lugar del compromiso. Un amigo se acerca con su bandera de Cruz Azul. Envuelto en ella dice que hoy se gana la novena estrella, la novena estrella que se le ha negado al conjunto de la máquina desde el invierno de 1997.

Disputamos el partido y en las pausas del mismo se alcanza a escuchar murmullos de quién ganará el partido, la gran final. La rivalidad se desvanece en el terreno de juego y se empieza a convertir en un análisis de 14 jugadores.

“Cruz Azul trae mejor equipo que América, sin duda hoy sale campeón”– menciona un jugador rival y acto seguido, a lo lejos, se escucha una voz aguda, de una persona que tiene por lo menos 50 años. “Cruz Azul es un equipo pecho frío. Basta un gol del América para que se caguen”.

Termina el partido, se dan la mano y uno que otro un abrazo por el esfuerzo del partido. Cada quien toma rumbo a su destino mientras que mis amigos y yo nos dirigimos a un Oxxo en contra esquina para tomar una cervezas.

Dos son aficionados de la América. Su silencio denota un nerviosismo y una clara duda de que su equipo hiciera la hazaña de remontar el marcador adverso. Yo, aficionado celeste, hablo demasiado pero es por lo mismo, nervios y ansias de que terminaran los 90 minutos que nos separan del título.

Terminamos de hablar del partido y de otras cosas banales. Cada quien se va a casa. Aquel 26 de mayo parece tener 48 horas y no 24. La hora del partido no llegaba y la ansiedad aumentaba. Ya habían pasado 5 finales donde Cruz Azul no logró ser campeón. Ese día era perfecto por el escenario que se presenta. Es contra el América en el estadio más legendario del mundo: el Estadio Azteca.

Llego a casa y observo a mi padre con una tranquilidad que parecía tener el corazón congelado. Tal vez los años le dieron la experiencia suficiente para poder controlar sus emociones o para él era un partido más. Se  levanta del sofá y me da un beso en la mejilla. Me pregunta cómo me fue en el partido con mis amigos y le contesto que todo ha salido bien. Me abraza de nuevo y me pregunta si estoy listo. Sin duda habla del partido.

Recuerdo la primera vez que pise el Estadio Azul. Mi padre me llevó a un partido entre Cruz Azul y Atlas. Aproximadamente tenía 6 años. Aquel partido, La Máquina lo perdió. No recuerdo cuál fue el marcador, pero sin duda, desde aquel momento, supe que por este equipo se va a sufrir. Mi enojo era tal que saliendo del estadio compré el uniforme del equipo de Guadalajara. Poco tiempo después reconsideré y volví a los colores que no se escogen sino que  te enamoras simplemente.

Salí de mi casa vestido con la playera de Cruz Azul. A lado de mi padre, caminamos hacia el coche para después dirigirnos al coloso de Santa Úrsula. Las calles están desiertas, parece que la gente no quiere perderse de una final entre dos grandes del futbol mexicano. En el auto mi padre me cuenta anécdotas de su juventud y de las pocas veces que vio campeón a Cruz Azul.

Aquel hombre de lentes y bigote, de cuerpo robusto y carácter fuerte, fue invadido por un sentimiento de nostalgia que lo volvió un ser humano sencillo. Abrió sus sentimientos algo que volvió ese día más místico.

Llegamos al estadio donde Pelé se consagró campeón y Maradona se volvió Dios. Son las cinco de la tarde y los alrededores se empiezan a poblar de ambas aficiones. Banderas de color amarillo y azul y otras blancas con rojo. Vendedores y revendedores ocupan la explanada principal que da hacia la avenida Calzada de Tlalpan.

Regreso la mirada hacia mi padre y parece ser más observador que yo. Menciona hacia dónde nos debemos dirigir y por cuál puerta entrar. El olor a garnachas invade mi olfato. Invito a mi padre a comer unos tacos campechanos. Después de comer nos metemos al estadio.

Nos encontramos en medio del estadio, en la parte general, donde encontramos boletos disponibles. En la cabecera sur empieza a llegar gente de la porra de Cruz Azul con la ilusión de salir campeones. A mi lado se sienta un niño de aproximadamente 7 años. Una playera de los celestes y la cara pintada de colores azul y blanco. A su costado su madre y su padre. Los tres apoyando al equipo que nació en Hidalgo.

Se acerca la hora del partido y los jugadores salen a calentar. Teófilo, Pavone, el “Chaco” y los héroes que escriben una historia más del futbol estaban en el campo de batalla. Hacen desplantes, movimientos para calentar. En cada rostro se nota la concentración. Hablan poco entre ellos. Las tribunas están llenas y se empieza a escuchar porras de aliento para cada equipo.

Comienza el partido. El corazón se acelera como la primera vez al besar a alguien. Los nervios son incontrolables y desde el minuto uno mi piernas empiezan a moverse con una ansiedad enorme.

Cruz Azul mantiene el balón durante los primeros minutos. Pablo Barrera se escapa por el centro de la cancha, se lleva dos jugadores del América pero el tercero lo derriba. El árbitro, Paul Delgadillo, pita la falta y corre metiendo su mano al bolsillo de atrás donde se guarda la tarjeta roja. Expulsa a Jesús Molina. Estalla el estadio, unos arremeten contra el silbante, otros lo festejan como si hubiera sido gol.

Al minuto quince del partido, Israel Castro manda un pase filtrado a la banda derecha que recibe el colombiano Teófilo Gutiérrez. Conduce el balón hasta entrar al área del guardameta azulcrema. El sudamericano dispara con pierna derecha cruzando al portero y así anotar el primer gol del encuentro.

No puedo evitar gritar y al mismo tiempo llorar de alegría. Abrazo a mi padre y de regreso al niño de siete años que por primera vez verá campeón a su equipo.

Los de La Noria tienen ventaja de dos goles sobre los de Coapa. El partido se vuelve un ir y venir. América modifica su parado para poder empatar el marcador global. Hay opciones de gol por parte de la América pero son rechazadas por José de Jesús Corona, portero celeste. Así se terminan los primeros 45 minutos.

Comienza la parte complementaria. Los amarillos toman control total del partido. Una estrategia que aprovecha Cruz Azul para jugar al contragolpe. América es incesante y ataca por todos lados hasta que en una contra por la banda de la izquierda, Cruz Azul desaprovecha lo que pudo haber sido el tres a cero. Pablo Barrera cruza el balón pero es atajado por Moisés Muñoz. Los embates siguen.

La jugada más importante llega al minuto 70. De nuevo Cruz Azul juega una contra. Christian Giménez toma el balón y lo cruza estando en el área. El esférico choca con el poste y rebota en el pie de Teo Gutiérrez haciendo más dramática la jugada porque por segunda ocasión se estrella en el palo. La jugada trae de regreso a los fantasmas del pasado. Gol fallado, gol en contra.

El partido llega a la recta final. Un tiro de esquina comienza a hacer soñar a la afición del América. Entrando a la los cinco minutos de partido, Aquivaldo Mosquera remata de cabeza y pica el balón hacia la portería de Cruz Azul. De este modo el marcador se coloca 2-1.

Los azulcremas comenzaron el ataque incesante para poder empatar el marcador. Los nervios estaban de punta. El niño que estaba a lado de mi cambió su humor en un instante. Toda la afición de Cruz Azul cambia su semblante ante el riesgo de perder la liga.

El árbitro agrega tres minutos que parecen ser tres horas. Los embates siguen y el América consigue otro tiro de esquina. Osvaldo Martínez manda el centro y remata el mismo portero de las Águilas. Como un ave, vuela para rematar con la cabeza. En el trayecto del balón se encuentra con una pierna de defensa celeste y cambia su trayectoria hacia la portería. Es gol.

Un júbilo en la tribuna. Explotó el Estadio Azteca. La afición del América llora de alegría. Aquel 26 de mayo el cielo fue el límite. La lluvia se volvió el escenario perfecto para hacer más dramático el partido. Lleno de nostalgia. Los héroes no usan capa, usan guantes y un uniforme gris que lleva el nombre de Moisés Muñoz.

El resto es historia. En los penales, los azulcremas se coronaron campeones. Volteo a ver al niño y lo abrazo desconsolado. Lloramos al final, lloramos que Cruz Azul pierda una final.

El amor duele y esta ocasión duele más que nunca. Me regreso a mi padre y nos abrazamos. Es por eso que amo el futbol, por permitirme sentir cosas que otras no me lo provocan. Porque aunque pierda mi corazón está ahí, en el Cruz Azul.

El cielo fue el límite.

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