Lucas

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

-Tienes olor a mar-

Pao

 

No sé ni cómo empezar, bueno, esta es una historia hermosa y triste a la vez. Para empezar, me leen normal, pero ahora imagínense que me escucharan como un español, un gachupín. Ahora es diferente, ¿qué no?

 

– Joder. Nací en Madrid… el año, el mes y el día no importan, pero a mí siempre me gustó lo que veía en la televisión sobre la Ciudad de México, o Mejico, como yo lo pronuncio.

 

No me importaban las noticias amarillistas y las 30, 40 o 43 cosas que pasaban ahí. Decidí mudarme con una chica, sí, como todo perruno lanudo y negro que soy. Me encantan las chicas, y qué mejor con una chica que conocí en la playa. Andaba buscando un poco de agua, algo de comida, porque todavía la gente nos ignora y a veces hasta nos patean. Entonces la vi.

 

El cabello largo, castaño claro, un poco rizado, sus ojos grandes y ese hoyuelo que se le forma en la mejilla izquierda. Su lenguaje claro y preciso, como una chica de 20 años, pero tenía cinco años. “Pao”, sí, ella es Paulina Lucía, la niña más hermosa que he visto. Muchas veces dicen que el amor a primera vista no existe, pero yo lo comprobé y sí existe. Entonces me acerqué y le dije con mi voz de español que tengo:

 

–Hola niña, ¿cómo te llamas? Qué bonito cabello tienes. Tu mami sí que te lo cuida, jajaja, como en el comercial.

 

Se me quedó mirando con esos ojos hermosos y reflexionando un poco. Levantó las cejas.

 

Y bueno, realmente no importa el cómo nos conocimos, pero después ella era como mi hermana. Me llevó a su casa, platicábamos por las noches largas horas, haciéndole pensar a sus papás que ya estábamos dormidos y, cuando se iban, seguíamos platicando sobre las caricaturas. Si iba al baño, o a la cocina, yo estaba con ella.

 

A veces me acuerdo que yo usaba “tutús” para ensayar con ella sus pasos del baile. Lo que más le gustaba a ella era ir a la playa. Después de ir a la playa, en donde estuviéramos por un largo tiempo, me decía: “Hueles a mar”, y me abrazaba fuerte y me olía como si me aspirara. Eso me encantaba, ese olor a arena, sol, risas, ternura, porque no importa que estés en la playa que estés, ese olor es igual mientras seas feliz con la persona o las personas con las que estas compartiendo ese momento.

 

El tiempo pasó y seguimos creciendo juntos. A veces ella lloraba conmigo porque sus papás se peleaban o cosas así, de esas cosas que sólo los adultos pueden entender. Nos abrazábamos muy fuerte y todo pasaba, mientras ella acariciaba mi pelaje largo y lanudo.

 

Después de tantos ensayos que teníamos de danza, esa vez que fue su debut en la escuela y bailó, yo estuve ahí, todo el tiempo admirándola. Desde lejos le gritaba, “Paaaaao”, y ella bailaba hermoso. Cuando terminó le grite:

 

–¡Bravo niña Pao! ¡Gracias!…  No sé, pero siempre doy las gracias. De donde vengo la gente es muy educada y siempre da los buenos días, las buenas noches, dice: “Hasta luego”. “Que te vaya bien”. “Por favor”, y esas cosas que los niños buenos hacen y dicen.

 

–¡Bravo niña Pao, gracias, gracias!

 

Yo soy Lucas, un perro negro. Tengo zapatos de muchos colores. Me gusta el reggae. Cuando anduve en la playa caminando mucho se me hicieron unos rulos en el pelo que parecían de Bob Marley. Entonces tuve que cambiar un poco mi aseo personal y demás conductas. Ya era hermano de una señorita a la que le encanta Frozen. Sí, esa película en donde todos cantan y bailan. Me daba mucha pena pero terminé por agarrarle el gusto y hasta cantábamos juntos:

 

-Libre soy, libre sooooy…

 

Pero como les dije, queridos lectores míos, esta es una historia triste y hermosa. Fuimos a la playa como siempre, que me encanta. Me olfateó todo, de rabo a nariz, y cada vez que me hacía eso, cerraba sus ojitos y aguantaba la respiración como para que nunca se le fuera ese aroma de su memoria. Nadamos, reímos, y me enterró en la arena. Como que yo no podía respirar por la arena, pero ella reía frenéticamente y con sólo mirar cómo reía me regresaba el oxígeno a mi cuerpo.

 

Como todas las historias tristes, veníamos de regreso a casa, en el auto por la carretera y por cosas de la vida. Yo venía dormido, acostado en sus brazos. Ella me acariciaba la oreja y empezaba a quedarse dormida. Estábamos muy cansados de tanto reír. El sol y el mar siempre cansan. Sentí un movimiento muy fuerte y dimos muchas vueltas que me desprendí de ella. Salí volando por la ventana del auto. Mi cabello todo largo y negro volaba por el aire y yo me alejaba cada vez más de ella, mi Pao.

 

Me di cuenta que estaba tirado en la carretera, solo. Ya no estaba en sus brazos. Me sacudí todo el cuerpo y, con mi olfato de perro que tengo, ahora más agudo que nunca, la encontré y fui corriendo hacia ella. La vi a lo lejos. Corrí lo más rápido que pude.

 

Mis orejas largas y mi pelo se movían lentamente. Quería llegar rápido, pero por más que quería iba como lento. Las venas de mis patitas se sobresaltaban, hasta que llegué a ella y la abracé. Le dije que todo estaría bien.

 

-Dicen que cuando alguien muere, los perritos que tuvo en su vida los ayuda a cruzar el río.

 

Mirando a la distancia, pequeño todo es 
y los miedos que me ataban, muy lejos los dejé.
Voy a probar que puedo hacer, sin limitar mi proceder
Ni mal, ni bien, ni obedecer jamás

Libre soy, libre soy 
no puedo ocultarlo más
Libre soy, libre soy
libertad sin vuelta atrás. 

Vi a Pao. Tenía esos zapatos de oro que a ella le encantaban. También me di cuenta de que ella tenía unas alas grandes, blancas, con unas plumas como de pájaro. No sé por qué pasa eso a veces. Dicen que son ángeles y la vi, con su vestido grande, hermoso, ese que tanto le gusta y me acerqué a ella. Tenía los ojos grandes, como ese día que bailó y toda la gente le aplaudió.

 

Eran esos ojos llenos de emoción, de alegría, de que todo lo había hecho bien, aunque pensándolo bien a esa edad, todo lo que haces está bien, es para ti mismo, para tus papás, para lo que marque la sociedad y esas cosas que piensa un adulto.

 

¿Ya ves? Ya estoy pensando como adulto. Yo sólo soy un perro imaginario. Pero estábamos en otro lugar, era como un lago, yo quiero pensar que era el mar, ese mar, esa playa que tanto le gustaba ir a correr mientras su cabello largo volaba con el aire, ese aire que sólo se da en el mar y que te impregna de ese olor a mar.

 

Y cuando la vi, ella estaba sonriendo como siempre. Me dijo que si la ayudaba a cruzar. Los perros también lloramos, y mucho. Lo que pasa es que los humanos no se dan cuenta, pero también somos bien sentimentales. Entonces, sin que ella se diera cuenta, con mi patita, la derecha, me limpié las lágrimas de mis ojos y le tomé su manita y nos fuimos lentamente juntos caminando al otro lado del río.

 

Saqué mi lengua larga a manera de satisfacción y la miré a esos ojos grandotes, llenos de vida… Me acarició esa parte detrás de las orejas que era como estar en otro mundo. Yo cerraba mis ojos como de cansancio, pero ella me dijo:

 

–¡Hey Lucas! ¡Qué rico! ¡Hueles a mar!

 

Y nos fuimos juntos tomados de las manos, o de mi patita, mejor dicho.

 

Para Paulina Lucia con mucho amor de Carlos Chimal.

 

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