Ahora que tenemos a México en nuestras manos, no lo soltemos

Por Ingrid Gómez

Foto: Edgar López (Archivo)

El reloj marcaba las 13:14 horas del 19 de septiembre del 2017. Ese día, donde se volvió a repetir la historia que miles de mexicanos temían: un sismo devastador como el de 1985. La fecha coincidió. Hubo un simulacro que muchos no se tomaron en serio. Una sacudida que en unos instantes cambió la vida de miles de personas, al igual que la dirección de un país entero.

“Nunca había sentido un temblor tan fuerte y de esa magnitud. Estaba en mi trabajo. Ahí corrió rápidamente la noticia de que se habían colapsado varios edificios, específicamente en el Centro Histórico. La alarma sísmica sonó tarde, casi cuando nos aplastaban los edificios. Mucha gente no evacuó y quedó atrapada en sus centros de trabajo. No les dio tiempo de salir.”

Miguel Cárdenas Bermeo, cartógrafo de 37 años, narró cómo vivió esos momentos de angustia en nuestro nuevo 19 de septiembre, donde el sismo de 7.1 en la Ciudad de México unió gente y trajo un nuevo un comienzo para los mexicanos.

“Después del temblor la ciudad se volvió un caos total. Se cayó por completo la comunicación, no hubo luz y transporte público. Había gente llorando, desesperada por no poder comunicarse con sus familiares. A la mayoría de los trabajadores nos dejaron salir temprano. Eso ocasionó falta de transporte y muchos se tuvieron que ir caminando”.

Miguel narra que al llegar a su casa estaba con la certeza de que su familia estaba bien y eso lo tranquilizó. Fue entonces que por medio de las noticias se enteró que había muchos edificios colapsados, entre ellos un multifamiliar que está por el Metro Taxqueña, cerca de donde vive.

Ante la información, que ya configuraba una tragedia de proporciones incalculables, Miguel decidió organizarse con algunos amigos de la colonia para ir a ayudar a las zonas de desastre.

“Llegamos y el edificio de aproximadamente cinco pisos donde vivían 40 familias estaba totalmente derrumbado. Había muchas personas ayudando, entre picos, palas, víveres y comida se notaba mucha solidaridad y a mi parecer sobraba gente. Lo único malo era que no había una buena organización, y eso duró mucho tiempo así”.

Describe que fue hasta el 20 de septiembre cuando llegó la Marina a ese sitio para organizar cómo se debía llevar a cabo el trabajo de rescates, y comenta que los marinos acordonaron el área para que la gente ya no pudiera acceder, sólo a los que llevaran el equipo adecuado para poder ayudar.

Hace una pausa. Respira profundo, como si esas imágenes que pasaban por su mente las expulsara por las fosas nasales. Corta de tajo el breve silencio y expone que posteriormente se dio a la tarea de recorrer varios puntos donde hubo afectaciones, donde se veía mucha unión entre las personas, aunque recalca que seguía la mala organización. “Todo era un desmadre”.

“En esos días había mucha gente desesperada, exigiendo al gobierno que fuera a evaluar sus casas, pero los peritos de Protección Civil eran insuficientes, tardaban mucho en acudir porque no contaban con el personal suficiente. Por mi parte acudí a varios puntos, tomé coordenados los puntos GPS para poder ayudar a hacer un mapa de siniestros en algunos archivos que pasaré posteriormente a la facultad de Geografía de la UNAM para que los envíen a Protección Civil y así tener un levantamiento de las casas afectadas y por medio de ellos les llegue la ayuda.”

Al igual que Miguel hubo gente que vivió el evento de forma muy parecida, pues la unión se notaba en todos lados, y el apoyo hasta sobraba.

Qué decir de la sorpresa que se llevó México al ver a todos sus jóvenes ayudando hasta más no poder, como es el caso de Omar Rodríguez Moctezuma, estudiante de la UNAM en la Facultad de Ingeniería, quien al ver quebrantada su colonia no le quedó más que apoyar y apoyar hasta el final.

“Acababa de salir de clases. Iba caminando hacia la salida del plantel justo al pie de uno de los edificios más altos de CU. En un primer momento no me percaté del movimiento telúrico, hasta que escuché la alerta sísmica. La gente comenzó a bajar de los edificios corriendo, sin seguir indicaciones. En ese instante no importaba nada más que salir para estar a salvo”.

El joven universitario narra que buscó, junto con sus amigos, un lugar dónde estar seguros, y dice que desde ese punto sólo quedaba observar los edificios moviéndose de un lado a otro mientras pasaba el sismo.

Omar Rodríguez platica que se dio el caso de personas que olvidaron sus pertenencias en los salones, por lo que tuvieron que esperar a que las autoridades dieran un dictamen de acceso. Eso tardó algo de tiempo, por lo que decidió retirarme para dirigirme a su casa.

“Tomé el Metro de CU y todo parecía normal, sin embargo, en las redes sociales ya circulaban notas de  lugares afectados. Al salir del Metro tomé una combi y escuché que alguien dijo que se había caído una escuela en Villa Coapa, eso me causó incertidumbre y preocupación, pues yo vivo por ahí y a lado de mi casa también hay una escuela. Todavía no me comunicaba con mis familiares y no sabía que había pasado”.

Al llegar a la altura del Estadio Azteca, Omar observó que la circulación ya estaba completamente cerrada. Bajaron a todos los pasajeros del transporte y optó por caminar con un compañero sobre Acoxpa, para luego cortar camino sobre Calzada de las Brujas.

Fue cuando Omar y su amigo se dieron cuenta de la dimensión del terremoto: “Una gran cantidad de edificios estaban a punto de colapsar. Pasamos por la primaria de la que habían hablado. Todo era polvo, apenas media hora tenía de haberse derrumbado”.

Con un nudo en la garganta y prácticamente entre sollozos, el joven recuerda que había gente corriendo por todos lados, camionetas llegando con ayuda, madres de familia llorando alrededor de las instalaciones de la escuela, y mucha gente tratando de ayudar ya lista con picos y palas para quitar escombros.

Éste era el inicio de las grandes labores de rescate que se verían posteriormente.

“Pasé por la Prepa 5. Los estudiantes ya se estaban organizando en brigadas para ir a la primaria a ayudar. Caminé por Calzada de las Bombas y ahí fue donde vi a los primeros grupos de militares pasar hacia la primaria. Seguí mi camino y ya se miraban casas inhabitables, calles cerradas y la ciudad vuelta una locura”.

Los ojos de Omar tiemblan y se inyectan de lágrimas cuando narra que en ese momento ya se rumoraba que en Galerías Coapa había muchos daños, pero determinó no acercarse y sólo llegar casa.

“Las cosas parecían estar en orden. Vivo en un cuarto piso, ya no había nadie en el edificio. Pude comunicarme con mi familia, todos estaban bien. Me desplacé hasta llegar a Galerías Coapa. Fue impactante observar cómo un lugar tan representativo en esta zona estaba a punto de colapsar”.

Omar Rodríguez quiso involucrarse en las labores de ayuda, pero ya no había nada que hacer por la fuerte presencia militar en la zona, por lo que decidió regresar a casa de nuevo.

En los siguientes tres días se dedicó a ayudar en los centros de acopio, desde temprano hasta el anochecer, tratando de vencer el temor a otro evento de esta magnitud. La sensación de que seguía temblando estaba ahí. En cada instante sentía cómo se movían las cosas. Pero eso no lo detuvo a él y a los otros voluntarios.

“Hoy somos la generación de los ignorantes del 85, que más allá de levantar  escombros estamos levantando una nación entera.”

Entre tantas historias de universitarios que dieron todo por ayudar también se encuentra la  vivencia de Sabina Velasco Ortiz, estudiante de la UNAM y UAM, quien nunca mostró indiferencia y quedó completamente agradecida por aprender tanto de esta terrible tragedia.

“Estaba con mis amigos en el comedor de la UAM Iztapalapa, comíamos tranquilamente cuando sentimos un fuerte movimiento en el piso, era como una onda. Fue un instante en el que pensé: está temblando, levántate. Salimos del comedor, no podíamos caminar, íbamos tambaleándonos hasta llegar al estacionamiento. La alarma sísmica no funcionó como en el simulacro, sonó segundos después, cuando ya se sentía el temblor.”

Sabina se quedó impactada al observar cómo se movían los edificios y  arboles, al mismo tiempo que trataba de mantener el equilibrio por el fuerte movimiento que según ella se percibía como ondas. Se sentía perpleja ya que nunca había vivido una experiencia de esa magnitud.

“Todos se trataban de comunicar inmediatamente con sus familiares, yo ese día olvidé mi celular, pero estaba tranquila. Estuve preguntando cuál había sido la magnitud y epicentro pero nadie me supo decir, no se tenían noticias todavía. Me retiré de la escuela, iba caminando para el Metro cuando escuché rumores de que se habían caído edificios en Reforma, en ese instante me quedé en shock y dije: no puede ser, seguro es un chisme.  ”

La estudiante narra que al llegar a la estación del Metro lo encontró cerrado debido a una falla, decidió esperar. Estando ahí se percató de algunas personas que reproducían videos de edificios que se caían de manera increíble. Sabina reaccionó y quedó aún más sorprendida  porque no pensó lo fuerte que había sido. Fue entonces que decidió comunicarse urgentemente con sus familiares, quienes respondieron que estaban bien.

“El Metro abrió sus puertas, adentro se veía gente desesperada por llegar a sus destinos. Me destrozó ver a una señora que rompía en llanto porque su hijo estaba discapacitado  y se encontraba en una escuela del centro. La marcha de los trenes eran muy lenta, más de lo normal. La tensión reinaba en los vagones a morir, fue un completo caos. Llegué a mi casa cuatro horas después.”

La universitaria se bajó de la estación Indios Verdes donde había un caos indescriptible, el lugar estaba abarrotado de gente. Tuvo que salir y caminar en un puente hasta llegar al paradero que la dejaría en su destino.

“Al llegar a mi casa traté de descansar un poco y me puse a ver las noticias. Me quedé en blanco, seguía sin creer lo que estaba pasando afuera. En mi mente sólo repetía: ¿Es en serio que está ocurriendo esto?  ¿Está pasando lo de 1985? Es un mal chiste que en el mismo día de hace 32 años. Al poco rato preparé mis cosas y decidí salir con la intención de ayudar.”

Sabina se dirigió a la colonia Roma, lugar donde acudía muy seguido desde su infancia porque ahí trabajaba su madre. Eran las seis de la tarde cuando llegó a tan esperado sitio y de inmediato observó cómo la oscuridad dominaba las calles, había gente caminando con linternas,  el ambiente era triste y desolado.

“Al caminar por las calles ya se veía gente organizada, chavos en bicicleta repartiendo botellas de agua, la unión se reflejaba en cada uno de ellos. No pensé que la gente se fuera a mover tan rápido. Ese día ya no pude ayudar además estaba muy cansada, entonces regresé a mi casa”.

En los días posteriores la joven trató de informase bien, y aunque muchos medios de comunicación recomendaban no salir de casa porque había mucha ayuda ella sintió una gran necesidad y ansiedad por querer hacerlo sin importar las circunstancias.

“Acudí a un centro de acopio en  la casa del libro de la UNAM, ahí ayudé a cargar víveres y agua, clasifiqué alimentos e hice despensas, tachaba  el código de barras y marcaba  los productos.  Lo que no me gustó es que por ser mujer no me dejaban cargar cajas, eso me molestó porque ahí todos éramos voluntarios, y a las mujeres nos subestimaban. En ese tiempo que salí de casa pude enterarme en carne propia lo que realmente acontecía en la Ciudad.  Trabajé con desconocidos que realmente no eran tan ajenos a mí porque compartíamos ese sentimiento de solidaridad”.

Otra experiencia que vivió Sabina fue en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, específicamente en el Colegio de Geografía, donde estudia. Ahí solicitaban el apoyo especialmente de geógrafos, de su grupo sólo cuatro estudiantes se interesaron en ayudar. Fue algo de tiempo de espera para poder participar en esas brigadas que se encargaban de revisar daños en ciertas zonas.

“Esperamos para poder integrarnos pero lo conseguimos. Fue un trabajo interdisciplinario  muy bonito, estuve en la zona de Coapa y en la Roma. La gente que reportaba daños tenían una gran inseguridad de que pasara algo en sus casas y realmente era algo mínimo. Nosotros les explicábamos que no era grave y podían vivir ahí, ellos nos recibían con gusto porque sabían que éramos de la UNAM.”

La brigada estaba conformada por cuatro arquitectos, un ingeniero y un geógrafo. Tomaban coordenadas geográficas y fotografías, se apoyaban unos con otros.

La universitaria estuvo también en un albergue de la delegación Miguel Hidalgo, narra que eran 29 personas a las que les servía de comer.

“Yo los veía a la hora de la comida cómo se reunían, eran una verdadera familia porque sentían ese apoyo. Era muy conmovedor que tantos extraños estuviéramos juntos en un comedor. Estuve en varios lugares con la intención de tener diferentes visiones, a pesar de que los primeros días no podía ni dormir después de hacer mi trabajo lo pude hacer. Es una experiencia gratificante que nunca voy a olvidar.”

Otro de los testimonios que vale la pena contar es el de Paola Sotomayor Ibarra, una activista, socióloga y politóloga que emprendió una importante misión, salvar la vida de muchos animales.

“El día del sismo yo estaba en Tepoztlán, se sintió bastante fuerte porque uno de los epicentros fue en Morelos. Sentí que las escaleras se iban a abrir, se cayeron muebles en mi cocina, cuadros y también se rompieron diferentes objetos de cerámica y vidrio. Yo estaba caminando por el jardín y de inmediato corrí a sacar a mi perro, porque él estaba adentro de la casa en ese momento. Mis vecinos estaban en shock y no bajaban, fui a pedirles que lo hicieran porque no sabíamos si podía haber otra réplica.”

Poli, (como le gusta que le llamen) se percató de las grietas que había en los balcones y que una de las chimeneas de su casa se había roto. La preocupación que la atormentaba era que hubiese otra réplica. No supo exactamente cuánto daño se había presentado hasta que vio en las noticias lo que estaba aconteciendo en la Ciudad de México, fue entonces cuando decidió trasladarse allá a primera hora del día siguiente.

“A las 7 am salí rumbo a la Ciudad de México, me coordiné con mis amistades para organizar una brigada de apoyo animal. Al llegar comencé a brigadear por toda la ciudad, nos dirigimos a las zonas afectadas, coordinamos centros de acopio y también por teléfono lugares en riesgo donde hubiera animales que necesitaran rescate”.

Para Poli fueron días que iban como montaña rusa, había ratos que el ánimo estaba muy bajo al ver todo lo que estaba pasando, los edificios colapsados con gente adentro, animales en la calle que perdieron a sus dueños y lo difícil que era trasladarse porque habían vías cerradas que impedían llevar ayuda. También hubo momentos muy emocionantes y gratos al ver a tanta gente que ni siquiera se conocía unirse para ayudar. Fue muy pesado y lo sigue siendo pero todo es con el objetivo de apoyar.

“Todas las noches nos quedábamos en lugares distintos, porque cambiábamos de lugares y centros de acopio. Tratábamos de buscar las mejores alternativas para despertar temprano e irnos a trabajar en el brigadeo. En mi caso fue más la parte de coordinación, estaba corroborando datos para saber con exactitud que era cierto y que no. Atendimos lo que ocurrió en Fórum Buenavista con las mascotas, también nos dimos a la tarea de que llegaran las botas para los perros rescatistas y estuvimos recibiendo alimento para perros.

La activista se volvió un enlace, mucha gente la contactó para preguntarle sobre datos, fue una locura para ella recibir 20 llamadas por hora y  contestar 90 mensajes diarios en cada red social. Estuvo trabajando durante cuatro días hasta que decidió volver a casa porque había dejado varios pendientes. Al regresar a Tepoztlán tuvo la iniciativa de abrir junto con sus amigos un nuevo proyecto llamado “Brigada animal México” que se encarga de coordinar durante el interior de la república.

“Ahora lo que hacemos es continuar viajando a lugares más afectados del sismo, hemos estado en Puebla y Morelos para llevar acopio y diferentes campañas de atención médica veterinaria a los animales que requieran un apoyo después de lo que pasó con el sismo.”

La tragedia que se vivió ese martes desgarrador todavía no se termina. Existen miles de historias que se siguen contando. La ayuda no debe parar, los mexicanos nos necesitamos cada vez más. Ahora que tenemos en nuestras manos una nación entera no la soltemos, todavía falta mucho que hacer.

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