Fragilidad. La sangre de la cebolla, la sangre del hambre

Por Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

¡Ah! ¡Querido planeta!

Todo es claro ahora.

Nos conocemos,

sabemos de lo que somos capaces.

Camus

 

La fragilidad… la contemporaneidad ha creado una falsa idea de la seguridad, somos una colectividad extremadamente frágil, casi inconsistente… tocando lo incongruente, tras de más de tres décadas imbuidas en la dinámica neoliberal, los costes de ello han sido elevadísimos. El tejido social mexicano está roto, fragmentado. Cada comunidad, tribu jala para su propio núcleo, esta ensimisma, aísla. No vemos al de al lado, tememos su mirada, el roce con el otro no parece grotesco.

Grotesca es nuestra existencia, somos concientes de ella, pero preferimos olvidarla, enajenarnos en nuestros hogares, en nuestros centros comerciales. Walter Benjamin, en París capital del siglo XIX y Sobre algunos temas en Baudelaire, llamaba la atención sobre el fenómeno, como lo privado se vuelve público, pero además en un desdoble del fenómeno como el hogar burgués se vuelve el refugio ante lo público. Los centros comerciales tuvieron su gran antecedente en la Exposición Universal de París a inicios del siglo pasado. Los centros comerciales son la cúspide de cómo lo público se vuelve privado, hay una nueva dimensión de intimidad en los malls, una secreta complicidad en el refugio de la mercancía.

Los centros comerciales son el hogar por excelencia de la mercancía, son el templo del consumo, ahí cotidianamente le rendimos culto al capitalismo. Es cierto ya no creemos en Dios, sólo en lo concreto… en la abstracción misma de lo concreto, en la mercancía. Nuestra vida discurre en el trajín laboral, en andar casi horas para llegar al trabajo y luego regresar a casa. Nuestra vida en casa es el espacio donde nos guarecemos de lo público, la calle es una experiencia excéntrica. El espacio público es extremadamente peligroso, hemos abandonado la experiencia social de vernos tocados por el otro, ese enteramente extraño. El extrañamiento ante el mundo, el extrañamiento ante lo que nos hace humanos, lo que nos ha determinado como humanos.

El hogar se vuelve un inmueble que a la vez es un mueble, aquí equiparamos el menaje de nuestra morada a nuestra existencia, no es tanto lo que acontece en él, sino los muebles que mueblan nuestro inmueble. Ese menaje en ese banal horizonte burgués es producto de compras a pago… la ilusión de una posible existencia plena.

Nuestra experiencia humana es profundamente miserable, su gradación pende de los muebles del inmueble. Por eso cuando decenas de edificios cayeron, se desmoronaba ante nuestros ojos nuestra experiencia humana. Sí, México es solidario, vehementemente solidario, lo prefiere a ser rebelde.

Pero… ¿cuándo se alcanza el límite de la miseria humana?… ¿cuándo los centros comerciales desfallecen ante el rugido de la tierra? ¿cuándo la guarida de la peste neoliberal se desmorona?, ¿Cuándo los muebles del inmuebles se pierden entre los escombros?, ¿cuándo hemos optado por la solidaridad en lugar de la rebelión? ¿cuándo se alcanza el límite de la miseria humana?…

La humanidad ha experimentado momento de debilidad, de miseria… donde es imposible despertar del ensueño, donde es posible confundir la puesta del sol, con un posible amanecer… esperamos con vehemencia un despertar, salir del ensueño. Sin embargo, lo que acontece en un sueño puede ser diverso. La experiencia de la ensoñación es ante todo extrañamiento frente al mundo, punto de quiebre entre la consciencia y el inconsciente.

Hay diversos tipos de sueños, la ensoñación, los malos sueños o las pesadillas, se trata de al menos dos tipos de sueños. Lo onírico se vuelve un momento central en el pensamiento benjaminiano, desde la experimentación con hachís hasta ese momento de ensoñación donde surge la esperanza; es ahí en la ensoñación donde imaginamos un mañana distinto… una mesa con alimentos, la ensoñación alimenta la esperanza, le da un sentido utópico a nuestro devenir, pero a la vez permite aguantar la miserable existencia, la sangre del hambre, la sangre de la cebolla.

La utopía es el motor de los cambios, nos movemos por lo imposible porque las cebollas dejen de sangrar, porque la sangre del hambre deje de existir. Nos movemos por una mesa llena de alimentos porque nuestros hijos vayan a la escuela. Nos movemos. Pero, no nos movemos. La imposibilidad de la ensoñación.

El otro tipo de sueños, al extremo opuesto, están las pesadillas, los malos sueños, ahí donde el inconsciente nos traiciona, donde nuestros deseos más íntimos, inconfesables bullen como fuerza incontrolable. Nuestra hambre de muerte se devela como fantasía volviendo  la realidad fantástica… la fantasía que ha perdido su carácter onírico para convertirse en nuestra pesadilla.

Hay que jubilar a Morfeo, su obrar es innecesario ante la pesadilla de nuestra existencia. No merecemos el sueño, guarecernos… porque nacer o morir en la actualidad resulta absolutamente indiferente. Hay que jubilar a Morfeo porque no puede trabajar. Él, sí está escandalizado ante lo que somos… ¿cuándo se alcanza el límite de la miseria humana?…

Morfeo está horrorizado, ante lo posible, es imposible su labor, porque parece que lo inimaginable cobra cuerpo en las cabezas de sangre, en las cebollas del hambre. En un pueblo que se olvidó de llorar.

Somos seres socavados, rotos, ausentes, no hay manera de representarnos, no hay manera de representar nuestro estar en el mundo. Porque no estamos consigo, con nosotros, no estamos con los otros. Morfeo está horrorizado porque en México su labor ha sido superada. ¿Sin sueños cómo representar la noche?, si la noche es el día… y el amanecer no acontece… ¿cómo representar la noche?, si no podemos diferenciar entre la claridad y la oscuridad. ¿Cómo representar la noche, que es ese momento donde mi pasado trasciende, tal como se hace presente? ¿es posible superar el pasado? ¿es posible olvidar? Olvidar la sangre de la cebolla… olvidar la sangre del hambre.

Mi trascendencia ya no implica un contacto con lo sagrado. Dios ha muerto, Morfeo está horrorizado… nuestro dios malls se desmorona ante la furia de la tierra. ¿cuándo se alcanza el límite de la miseria humana?…cuando ya no es posible fugarme de mi inmunda existencia, cuando no hay manera de birlarme de la violencia que se exacerba. La violencia que asesina a más de 300 mil mexicanos, la violencia que desaparece a treinta mil. La violencia feminicida que enferma al mundo como peste. La violencia que hace que existe Slim, Bailleres, Larrea. La violencia que me miente porque no es violencia, ha dejado de serlo, me he acostumbrado a ella. La violencia ¿frente a eso que hará el pobre Morfeo?… encantarnos con la fantasía de un ensueño hollywoodense.

México se olvidó de llorar, se acostumbró a la violencia, a la corrupción de sus políticos… a la sangre de la cebolla, a la sangre del hambre. Extrañamiento frente al mundo, extrañamiento frente a lo mexicano, extrañamiento frente al humano. Extrañamiento… desconocimiento.

¿Habrá una mañana en que el humano-mexicano esté dispuesto a corresponder el destino de su especia? Ese destino que lo convirtió en un ser arriesgado, ese destino que lo hizo andar en dos piernas, ese destino que lo hizo andar con las manos libres… ese destino que le permitió alzar la cabeza y vislumbrar el horizonte.

Si el humano-mexicano pudo superar su condición de mamífero cuadrúpedo… fue sapiens, faber…Sí dejamos lo árboles, liberamos las manos, erguimos el cuerpo… y de acuerdo a Darwin mutamos, transformando nuestra condición salvaje, ¿porqué siglos después de erguido, con el cerebro desarrollado, somos una bola de salvajes hiperinformados, con ansiosos deseos de modernidad, aunque bien a bien no entendemos lo moderno? Estamos cosificados, alienados… somos alienígenas solidarios. Incapaces de rebelarnos.

¡Incapaces! Frente al olor de la sangre, a la sangre de la cebolla, a la sangre del hambre.

 

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