Texto y fotos por Héctor Meza
Era un día tranquilo en las calles de la Ciudad de México, pero hasta la una y cuarto de la tarde cambiaría. En mi caso, todo comenzó desde el sótano del Liverpool de un centro comercial ubicado en Galerías Coapa, sentado en el área deportiva, viendo los tenis. De pronto el empleado que me atendía gritó “¡Está temblando! ¡Vámonos!
Al poco tiempo, apenas me levanté y di cuatro pasos, se comenzó a sentir un movimiento considerable. Las luces del edificio comenzaron a fundirse, la gente se mostró desconcertada, hasta que al fin se desató el fuerte movimiento que tiraría todo y dejaría sin luz el edificio.
El sótano de la tienda departamental parecía una tumba obscura, pero no silenciosa. Se escuchan gritos de gente que anuncia un incendio dentro del edificio. Una empleada, que es abrazada por uno de sus compañeros, suelta gritos desgarradores que confunden y transmiten inseguridad a los que nos encontramos en ese ambiente.
Volteo a mi lado y sólo se alcanza a ver una pequeña luz entre unas escaleras eléctricas. En la obscuridad veo gente abrazándose, entre ellos, a mi lado, una pareja desconcertada que se estrechó fuerte. En eso, otro empleado grito “¡Vayan a la columna!
La gente obedecía, pero había algunos que aún se encuentran en shock y no hacen más que gritar y perder el control. Los movimientos en el edificio son fuertes, por lo que cuesta dar paso alguno, sin embargo, el ver caer los objetos que lo rodean a uno y más observar cómo sale polvo del techo, hace que pierdas esperanzas de salir entero de ese edificio.
Al fin para el movimiento violento. La gente queda inerte, nadie reacciona. Todos quedan sorprendidos, pero en esa fracción de segundo alguien grita: “¡Salgan rápido de aquí!”, lo que genera que en instantes la gente comience a volver en sí y se movilicen lo más rápido posible.
La tienda se observa destruida. A mi paso por la salida se ven maniquíes tirados, ropa, polvo y pedazos de pared en el suelo, pero al fin, al subir esas escaleras eléctricas descompuestas que dan la poca iluminación que existe, a lo lejos de un corredor, se ve la salida.

Cada vez inunda más a uno la sensación de abandonar el lugar, como si no hubiera un mañana, pero la angustia hace que varios no midan bien y tropiecen con algunos obstáculos que se encuentran en el suelo, como artículos de distintas tiendas departamentales.
Llego a la salida y las puertas están dañas, con vidrios rotos a su alrededor, pero en breves instantes uno se deslumbra por la cantidad de luz que hay al salir. Al recuperar la vista del todo, uno se termina por impactar.
Se observa un edificio caído con polvo a su alrededor, además de gente con pánico y angustia, entre ellos empleados del Liverpool que se abrazan mutuamente, pero ese derrumbe me hace imaginar un contexto de los graves daños ocasionados por este fuerte movimiento telúrico.
La primera reacción ante esto fue alejarse del edificio que quedó cuarteado y de los transformadores que podrían explotar o provocar algún siniestro. Pero eso parecería la lista de las menores preocupaciones, pues la gente comenzó a tratar de localizar a sus conocidos y familiares.
Es ahí cuando desde los primeros minutos hasta las siguientes horas serían trágicas. Muchos quedaron sin señal en sus celulares para comunicarse. Al percatarse de esto, la mayoría corría a los transportes obligándolos a parar, enfrentándose a los semáforos inservibles y a la gente que conducía desesperada.
Desde ahí llega la primera muestra de sensibilidad y unión. El que un pesero hiciera una parada, sin cobrar peaje alguno. Sólo prometía dejar a la gente hasta donde pudiera. Al estar abordo del transporte, todos los que nos encontrábamos presentes sólo trataban de buscar señal en sus teléfonos para contactar con familiares y conocidos.
Ninguno lograba tener éxito. Cada minuto se hacía eterno y no sólo para uno, sino para todos. En sus rostros se notó el susto que suplía la cordura de la gente, aunque en poco tiempo otro problema abarcaría la conciencia. Sería el bienestar de familiares, conocidos e inclusive animales que les pudiera haber sucedido algo.
En el camino, la gente aun así dejaba los intentos por instantes, para observar y tomar fotos de varias estructuras que presentaron daños importantes. Al bajar y recorrer las calles, el ambiente que se ve es pesado. Las personas gritando, en shock nervioso y otras desmayadas.
Pero un hecho que se me quedó grabado por siempre, será ver el encuentro de un padre o madre con sus hijos, abrazándose y llorando porque están bien, pero en otros casos, como fue el Colegio Rébsamen, nos muestra un rostro que te quiebra el alma. Los familiares inconsolables y algunos desmayados por ver a sus hijos entre escombros.
En ese momento, el pueblo mexicano se uniría por una sola causa, el rescate y apoyo a los que quedaron desamparados por aquella catástrofe. Un sentimiento mutuo que no sólo involucraría a la gente que fue consciente y vivió el terremoto de 1985, sino también a los que no lo vivimos. La gente se unió y comenzaron las muestras de solidaridad que nos destacan cómo nación ante estos lamentables hechos.