Por Astrid Perellón
Hay niños que temen a los monstruos y otros que los invocan. No es porque estos últimos sean <<niños dark>> ni mucho menos. Simplemente tienen muy claro su propio poder para usar aquello que es emocionante/aterrador a su favor. Son niños que, intuitivamente, saben que los monstruos/los miedos nacen en la imaginación y desde ahí los usan para explorar y conocerse.
Cuando tu hijo teme a un monstruo y le dices que nada más es su imaginación, se siente impotente, porque es algo que sí siente, que lo pone lívido, tembloroso. ¿Si no es real, por qué me causa un malestar físico?, quisiera decirte el niño.
Considera entonces una reacción contraria de tu parte. ¿Qué pasaría si le das valor real? Si reconocieras que, en la imaginación, se originan quimeras, obras arquitectónicas, historias, el amor, autoestima y los proyectos. ¡Vaya que todo eso se siente, nos emociona y a veces nos hace temblar!
Te presento una estrategia que dominan los niños que no temen a los monstruos, lo que los hace confiados, poderosos y resilientes: Vence lo imaginario con imaginación.
Pregunta a tu niño cómo ese monstruo y tú, aunque te creas incapaz de ser creativo o temas que tu oxidada mente no dé la talla, piensa en el monstruo como un símbolo (las letras lo son, los números lo son). ¿Qué simboliza para tu niño, que representa? ¿Es enorme, represivo y sonoro; es pequeño, escurridizo y lo quiere raptar? Son distintas consideraciones que te permitirán elegir con qué elemento imaginario dar poder a tu hijo para que, recupere el control sobre sí mismo. Lo oscuro tal vez sólo requiera un spray invisible de pintura fluorescente para que tu hijo pueda ahuyentar a la criatura.
Si lo piensas cabalmente, todo primero existió en una mente antes de tomar forma acordada como física. Si desacreditas la veracidad de lo que imagina tu hijo, también lo distraes de su poder creativo para realizar lo que se propone, pues todo parte del mismo origen mental. Mejor ayúdalo a usar el torrente intangible que transita en sus neuronas para explorar el alcance de su propio poder. Como aquella fábula del aquí y del ahora en el que no había nada ni nadie hasta que una imaginación concibió que se haga la luz. Y la luz fue hecha.