Artaud…Crúor… lo humano, lo Otro, lo perverso

Por Armando Martínez Leal

@armandoleal71

…y advierto que lo que les he dicho

nada tiene de interesante

¿Qué se puede hacer para ser verdaderamente sincero?

Artaud

Antonin Artaud murió un cuatro de marzo de 1948, tenía 52 años, desde los cuatro años estuvo enfermo, su primer diagnóstico fue por sífilis, que heredó consanguíneamente; gran parte de su vida la pasó confinado en hospitales mentales, siempre acompañado de una máquina de escribir, de papel y tinta… desde donde daba cuenta de la importancia de existir.

En este sentido la escritura cobra un carácter perverso, es desde esta trinchera desde donde se libera el alma y una voluntad enferma se devela en cada línea, cada palabra contiene el padecimiento que implica vivir, verter tinta en una hoja en blanco, se transfigura en la mente, manos… en el cuerpo de Artaud, por el metafórico y cruel acto de verter sangre. Sólo la sangre hace justicia al penar de la existencia, sólo la sangre alcanza a nombrar aquello que las palabras por sí solas, no nombran, porque ese dolor está cifrado, puede en ocasiones sublimarse, llevarse al extremo de la estética. Puede volverse preciosista, entonces no alcanza a develar el secreto… sólo la sangre puede, en ella está contenida el calvario, en ella anidan los virus. La sangre nunca engaña, por ello Artaud verte sangre en su Obra; o mejor dicho, es a través de la sangre como se expresa.

La primera aparición pública del poeta, fue una tarde de febrero de 1947, la guerra apenas había concluido. La guerra que había tocado a todos. La guerra que apocalípticamente no era los últimos días de la humanidad, sino la constante de un proyecto civilizatorio. ¡La guerra! Artaud venía de una estancia en el siquiátrica. Artaud estaba enfermo, para el poeta, la medicina era sinónimo de enfermedad. Si no hubiera médicos nunca habría enfermos. El poeta vocifera… aúlla, es la medicina la que crea a los locos, es la medicina la que te enferma, es la medicina la que te hace anormal. Otro.

Aquella tarde de 1947, el poeta aulló: Babasífilissangreelectroshock ¡Shock! La sangre está en tus textos. Electroshock tu cuerpo recibe dosis, para enmendar la locura. Sangre, enferma, sangre sifilítica… sangre, tus textos llenos de sangre… tus textos enfermos. Baba, que cae de tus comisuras, la baba del enfermo. Del enfermo que acaba de recibir dosis de electricidad en su cerebro. Antonin Artaud estás enfermo. Loco… sifilítico.

Desde el espacio de la locura y la enfermedad, el autor de Viaje al país de los Tarahumaras, donde narra su búsqueda del Otro a través del peyote, nos lleva a los límites, estamos en el filo de la navaja, observamos el abismo. Sí, allí donde lo indecible no encuentra la forma de ser callado, como la muerte misma. También la muerte debe vivir; ya nada hay como un asilo de locos para incubar con ternura la muerte. Sí incubar ternura en la muerte, porque el mundo ha dejado de serlo. Porque la humanidad ha renunciado a serlo. Ternura, enferma palabra, que le saquen sangre… una química sanguínea, el diagnóstico, está enferma… por eso nadie se le acerca.

Artaud está hermanado con una larga tradición que tiene como punto de quiebre a Friedrich Nietzsche y como parte de esos eslabones, que constituyen nuestro maldita acervo trasgresor, está Arthur Rimbaud, está Jean Genet, está Francis Bacon, está la maricona de la filosofía Michel Foucault… están los monstruos, los enfermos, los locos, los marginados, están los homosexuales, está el trapero, está el judío, está la entelequia árabe… está la melancolía… y está Walter Benjamin.

Nuestro maldita acervo trasgresor es producto de una fractura con una manera de ver (se), comprender (se). ¿cómo nos ven? ¿cómo nos vemos?… ¿cómo nos entendemos? ¿cómo nos enjuiciamos? Artaud es el grito enfermo. Artaud es el grito de un enfermo, que exige acabar con el juicio a nuestros actos, una vindicación contra la fuerza dominante, una vindicación que rebela y devela, una vindicación que es violenta, perversa, cruel… con sangre. Crúor… que viertes en tus textos.

Esa vindicación, es a la vez una hendidura que crea una mirada donde el espacio de lo inaprehensible se palpa, hace guiños, manda señales… tus manos están llenas de sangre, tu mirada ve sangre… Crúor… del enfermo Artaud.

Esa tradición parte de una advertencia, ¡la civilización está en decadencia! advertencia-consigna. ¡la civilización está en decadencia!, por tanto la ciencia, teoría, religión, moral, filosofía, ontología, metafísica. ¡la civilización está en decadencia! Por tanto el amor, la ternura, la empatía. El quebranto implica una reelaboración de la existencia y de la obra, para dar pie a nuevos senderos donde los guiños del mundo no se escapen. El quebranto implica que los locos y la sangre se viertan sobre nuestra existencia.

En Locura y civilización, Foucault nos devela la relación que la humanidad ha establecido con la locura, en principio fue un espacio chamánico. El loco estaba tocado por dios, el loco estaba tocado por lo sagrado. Las sociedades convivían con sus locos, los escuchaban… ansiaban tocarlos. Tocar la locura. Tocar a dios. Tocar lo sagrado. Tocarte… tocarte-loco. Sin embargo, hay una inflexión en la historia humana, una inflexión en la historia de las colectividades. Una inflexión en la historia de la locura, cuando los chamanes son expulsados de las comunidades, a cargarlos a todos en una barca, a cargarlos a todos en la nave de los locos… a cargarlos a todos en espacios cerrados, a cargar a los locos con los enfermos de peste. Expulsar a los locos y volverlos enfermos. A cargarlos a todos para salvarnos.

La alegoría de la barca de los locos, no es más que la humanidad mandando a flotar sus sueños, la esperanza de la humanidad flota en la nave de los locos que está cargada de símbolos que buscan la razón, locos que buscan la cordura. La razón que aniquila. La razón que vuelve a millones de humanos sacrificables, la razón que aniquila, millones de seres humanos viviendo en extrema pobreza, la razón que agobia, atrofia… no se amar, no querer… sólo sé comprar. De la ternura ya no hablamos. Hablemos de sangre, porque sólo la sangre nos salva. ¡Sí señor de guates de látex azules… vampiro!.

No hay tiempo para el amor, no hay tiempo para la ternura… a esas se las han cargado en una nave del espacio. Cieberespacio. Foucault nos dice que la locura devela toda su gloria en el espanto que causa, la locura ha sido satanizada; sin embargo, es un poderoso fantasma que nos amenaza constantemente ¿estamos cuerdos? La fuerza primitiva de la locura está contenida en los sueños, sueños que revelan angustiosamente nuestros deseos, ese secreto mundo que conjuga una imaginaria alteridad. Esa alteridad que es bestial y que no alcanza parangón alguno… porque le huimos, preferimos Harry Potter y su piedra filosofal del consumo. Porque la locura es un acontecimiento apocalíptico de ser y nada que es delirio de destrucción pura.

Nuestro maldito acervo trasgresor va en búsqueda de los restos de aquella fuerza constitutiva del Ser: Dionisio, esa pulsión creativa llena de poder que Nietzsche planteará clarividentemente, esa pulsión demente, orgiástica… esa pulsión que nos lleva a la muerte instantáneamente. Esa pulsión que es orgasmo, esa pulsión que es vida y muerte. Esa demente pulsión. Pero la búsqueda no es en absoluto fácil, la cultura dominante insistentemente (nos) castra, exorciza e ilegaliza a Dionisio. Los locos están encerrados, los enfermos hospitalizados, los ancianos asilados. La comunidad está a salvo, los jóvenes consumen, los mayores consumen como jóvenes… los niños consumen como jóvenes ¿todos somos jóvenes?

Pero pese a todo el esfuerzo de la industria cultural por querer aniquilar a Dionisio y volverlo una muñeca de plástico o un whisky embasado en una lata, nuestra pulsión constitutiva sigue allí. Dionisio es poder y creación indomable. Rebelión. Dionisio nos confronta de distintas maneras con él, hay que darle cuentas, hay que reconocernos, ¿nuestra verdad? ¿nuestro erotismo? ¿nuestra vida cotidiana? ¿nuestros actos normales o anormales? Dionisio está en el estímulo de la droga y el alcohol, pero también en la confrontación dolorosa de lo que somos, de nuestras miserias e incapacidades, los caminos dionisiacos nos confrontan con la locura, con nuestros sueños… la alteridad con la nada de nuestra existencia, que es el espacio del ya aquí de la muerte.

La búsqueda del Otro es un acto heroico, pero la apuesta puede ser la nada, una nada que rompe los límites, donde lo prohibido y negado tendrá que salir a dar su batalla. Para Artaud, la guerra va a reemplazar al padre-madre. Y se alzará otra vez el viejo guerrero de la crueldad insurgente, la indecible crueldad de vivir y de no tener a nadie que te pueda justificar.

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