Por Armando Alemán Salazar
Cuando eres joven, el estar enamorado es una de las cosas más bonitas del mundo. Es un sentimiento que invade tu cuerpo, apaga tu cerebro y lo único que deseas es poder encontrar ese momento mágico con tu pareja. Pero lo último que esperas es que ese momento tan romántico te pueda llegar a costar una noche en los separos de la Policía de la CDMX.
La colonia Narvarte es una de las colonias más seguras de la Ciudad de México. Es una de la zonas donde las únicas molestias son los coches que pasan comprando fierro viejo a las 10 de la mañana y la campana del camión de la basura que, sin falta, pasaba todos los días a las 6:30 de la madrugada.
La Narvarte es el sueño de toda persona adulta mayor que sólo desea un lugar tranquilo donde vivir en la Ciudad de México.
En uno de los edificios de esta colonia, que al parecer es uno de los mas viejos, por su estructura descuidada y color grisáceo, habitan un grupo de personas adultas-mayores, a excepción de un joven de 21 años que vive en uno de los departamentos del rústico edificio.
Eduardo es un joven más o menos de 1.70 de estatura, cabello negro, chino, nada mal parecido. Él estaba viviendo la vida de muchos jóvenes foráneos que vienen a la Ciudad de México a estudiar la carrera universitaria.
Habita en un departamento que antes era de su familia, con compañeros de cuarto que viven con él. Salen temprano para ir a la escuela, van al súper para abastecer su alacena de atún, pasta, sopas Maruchan y, de vez en cuando, unas cervezas Indio. El sueño de todo joven de clase social media: independizarse.
Todos los días se escuchaba cómo sonaba música desde su departamento. Parecía como si siempre estuviera de fiesta. Sus vecinos ya estaban hartos de no poder vivir en la tranquilidad a la cual ya estaban bien acostumbrados y, sin razón alguna, cada cuatro meses Eduardo cambiaba de compañero de cuarto.
Parecía como si ese joven de 21 años no se lograra llevar bien con ellos, hasta que un día, nuevamente, se encontraba otro joven en la puerta de entrada del edificio, esperando a que alguien le abriera. Venía con tres maletas de color rojo. Era alto, bien parecido, cabello lacio y ojos de color claro. Se veía bien. Todos los inquilinos pensaron que por fin Eduardo había logrado conseguir un compañero de cuarto tranquilo, que las fiestas y los reventones que se llevaban dentro de ese departamento iban a terminar. Pero vaya que estaban en un gran error.
Llegó la noche de viernes. Empezó el fin de semana. Todos los chavos salieron de la escuela, ansiosos por salir de fiesta. No fue la exepción en el caso de Eduardo. Como era de esperarse, la música en el 203 estaba a todo volumen. Se escuchaban voces de chavos cantando a todo pulmón canciones de Alejandro Fernández y Luis Miguel, como era de esperarse.
Eran las 9:00 de la noche cuando la fiesta empezó. Amigos y amigas de Eduardo entraban y salían del edificio a cada rato. Todos suponían que era para salir al Oxxo que se encontraba a unas cuadras del departamento para ir a comprar alcohol, cigarro y algo de botana… Lo esencial para una buena peda.
3:30 de la mañana. Se desato el caos. Siete policías capitalinos entraron de golpe al edificio. Subían las escaleras a toda velocidad. Tocaban puerta por puerta y gritaban: “¡Policía! ¡Nos llamaron por el reporte de unos ladrones en el edificio! ¡Necesitamos entrar a revisar!”
En ese momento sientes cómo tu corazón empieza a latir más rápido de lo normal. No sabes qué hacer. La preocupación invade tu cuerpo y, sin pensarlo, más los dejé pasar. Empezaron a revistar cada uno de los cuartos del departamento. Estaban haciendo un desastre total, pero no importaba. En lo único que pensaba era que por favor no se encontraran los delincuentes dentro de mi apartamento, que solo haya sido una falsa alarma.
Una vez que terminaron de revisar el departamento, los siete oficiales salieron rápidamente a tocar y revisar la siguiente vivienda y, conforme revisaban cada cuarto y salían a revisar el siguiente, igualmente iban saliendo los vecinos en bata o pijama a ver en qué lugar se encontraban los ladrones para así poder regresar cada quien a su cama con tranquilidad.
Transcurridos ya diez minutos, los oficiales nos juntaron a todos los vecinos y nos reportaron que dichos ladrones ya no estaban, que no habían encontrado nada inusual en el edificio. En ese momento, todos regresamos a nuestros respectivos departamentos dispuestos a reconciliar el sueño y encargarnos del problema después.
Al día siguiente, sin falta alguna, nos reunimos todos los inquilinos dispuestos a tocar la puerta del 203 y poder hablar con Eduardo sobre lo ocurrido anoche. Al principio nos preocupamos porque nadie abría la puerta, pero después de insistir dos veces más, salió el muchacho, con cara somnolienta, y muy amablemente nos dijo: “Buenos días. ¿Qué paso?”
Al principio pensamos que Eduardo sólo quería evadir el tema. Entonces le comentamos lo ocurrido y él, con cara de enojo, nos dijo que ya sabia qué había pasado, pero que no estaba involucrado en nada de lo ocurrido. Sin embargo, él ya había platicado con su roomie y sabía qué había ocurrido y que con gusto nos daría una explicación.
–Lo que sucede es que anoche, efectivamente, había fiesta en el departamento, pero no era mi fiesta. Todos los chavos que vieron entrar y salir del departamento eran amigos de mi compañero Fernando.
“Entonces cuando yo llegué de trabajar, a la 1:00 de la mañana, ellos me invitaron a tomarme unas cervezas con ellos y yo les dije que estaba muy cansado y quería descansar, pero aun así les pregunté qué iban a hacer y me respondieron que sólo iban a pre copear aquí y después se irían al antro para no molestarme y dejarme descansar. Entonces les agradecí la invitación y me metí a mi cuarto y me dormí…”
En ese momento, la vecina que fue la que llamó a la policía interrumpió a Eduardo y, alterada, le dijo: “Yo estoy segura que quienes se subieron a la azotea anoche fueron tus amiguitos y estoy harta de no poder descansar tranquila, y todo porque no eres capaz de respetar a los demás”.
–Entiendo muy bien lo que usted me comenta, y de antemano le ofrezco una disculpa, de verdad no es mi intención, además de que siempre procuro respetarlos y no tener problemas, pero les juro que esta vez yo no tengo nada que ver– respondió Eduardo.
Una vez ofrecida la disculpa a aquella señora que se veía muy histérica y con grandes ojeras por no haber podido dormir tranquila toda la noche, Eduardo mandó a llamar a su compañero y, enfrente de todos, nos explicó que todo fue un mal entendido, que su compañero y sus amigos no se habían ido de antro como él pensaba, sino que se quedaron en el departamento y dos de sus amigos, que eran gay, se habían subido a la azotea para poder acostarse y contemplar las estrellas y pasar un momento romántico.
Sin embargo, cuando ellos vieron llegar a las patrullas y a los policías federales entrar al edificio, se asustaron y bajaron corriendo al departamento.
Cuando todos vimos a su compañero y después de haber escuchado la explicación, volteamos a ver a la vecina histérica con cara de desagrado y le comentamos que era una exageración, que no era posible que un muchacho como aquel la asustara tanto.
Posteriormente, Eduardo volvió a ofrecernos una disculpa y se comprometió a que este tipo de accidentes no volverían a ocurrir. Nos despedimos de él, tranquilos, pensando que ya nunca más volveríamos a tener algún tipo de problema con él, pero nuevamente nos volvimos a equivocar.