Por Guillermo Efraín Vázquez Castro
Foto: Eréndida Negrete
15 de enero de 2017.- “Los doctores dicen que estuve muerto por tres minutos. No pudieron reanimarme y no se explicaban cómo es que regresé solo”. Es algo que hemos escuchado en pláticas y que difícilmente podemos asimilar. Son relatos que pueden confundirse con historias fantásticas debido a la inverosimilitud que los rodea. Son experiencias que ha vivido el amigo de un amigo. Personajes que carecen de nombre y rostro. Una identidad difusa. Se transforman solamente en un mito.
Para Felipe Plascencia, de 49 años, dejó de ser una anécdota más de las que cuentan las personas. Clínicamente, él estuvo muerto durante 180 segundos. Ese tiempo que parece ser tan sólo un instante, en un quirófano, es una eternidad, y cada momento que pasa es vital para quien está luchando por su vida en la mesa de una sala de operaciones.
Felipe ha dedicado 20 años de su vida al deporte, específicamente en la disciplina delfisicocontructivismo. Ciertamente él no tenía planeado hacer de esta actividad su estilo de vida. Una casualidad y un amigo lo acercaron por primera vez a un gimnasio. A partir de ese momento, el ejercicio se convirtió en todo para él.
Su voz grave y enronquecida encaja perfectamente con un rostro de semblante serio. Barba bien recortada que deja entrever algunos tonos plateados. Su cabello quebrado y peinado hacia atrás en tonos aún de grises oscuros, refleja a un hombre de casi 50 años. Sin embargo, una camiseta sin mangas y de tirantes cubre la figura de un sujeto que denota juventud. Músculos definidos nacen desde su cuello, pasan por sus hombros y se encuentran armoniosamente con los brazos, el pecho y el abdomen. Del lado izquierdo figuras tribales en tinta permanente se conectan con la imagen de un cráneo en su mano y, en la otra, un tigre recién hecho.
El impacto visual al tener a Felipe de frente es, quizás, el mismo que lo hizo merecedor de triunfos a nivel estatal, nacional y un segundo lugar en el quincuagésimo clásico Mr. México en septiembre de 2002. Esa segunda posición le valió prestigio y respeto en el círculo (nacional) de los dedicados al perfeccionamiento de la figura humana a través de la disciplina deportiva.
–Si te dedicas a esto, agarras mucho prestigio y la gente cree en ti. Para los que nos dedicamos al fisicoculturismo, el evento más grande a nivel nacional es el Mr. México. El sueño de la mayoría es llegar a competir ahí. Hay que invertir mucho tiempo y sobre todo dinero, porque es muy costoso. Aun así, nada te garantiza que ganes.
En ese entonces –al igual que ahora– el lugar de residencia de Felipe ha sido el Estado de México. Una de las entidades que se ha mantenido con uno de los índices delictivos más altos en el país. Tan sólo de 2003 a 2010 –según datos de la Asociación Nacional Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS)– la cantidad de vehículos robados creció en 50 por ciento. Al mismo tiempo, el robo violento de automóviles en el mismo periodo pasó de una estacionalidad de entre 20 mil y 22 mil vehículos a 37 mil a nivel nacional, en dónde el Estado de México y el entonces Distrito Federal –ahora Ciudad de México– representaron el 45 por ciento del total de robos con violencia en territorio nacional.
El sábado 19 de junio de 2004, a tan sólo unos días de que se llevara a cabo la marcha que se autodenominó “Rescatemos México” –en dónde más de un millón de ciudadanos expresaron su repudio ante el desmedido incremento de la violencia criminal en el país– Felipe se convirtió en parte de las alarmantes estadísticas.
–En 2004, el sábado (siete días) antes de la mega marcha por la paz andaba en la calle y estaba lloviznando. Ya eran pasadas las diez y media de la noche, entonces ya iba a guardar el coche, pero como estaba la lluvia, se me hizo fácil ir a la tienda en el carro. Ya cuando salí y me iba a subir (al automóvil), me amagó un tipo con un arma y me pidió las llaves. Al momento de dárselas, trató de echar a andar el coche y como él no dejaba de apuntarme con la pistola –sin darse cuenta– accionó el sensor de la alarma. Yo creo que se puso nervioso y traté de calmarlo. Le dije que yo se la quitaba y que se lo llevara. Se bajó del carro y me apuntó a la cabeza. Por instinto traté de quitarme y me disparó.
La bala impactó en el pecho de Felipe. La fuerza del golpe lo hizo girar media vuelta y quedó de espaldas a su agresor. El arma de fuego se accionó dos veces más –un proyectil en cada lado de la espalda. Las fuerzas de sus piernas desaparecieron. Cayó de rodillas en el pavimento mojado y de inmediato comenzó el dolor. Uno de sus pulmones empezó a colapsarse, lo que le provocó una gran dificultad para respirar.
–Me estaba desangrando. A pesar de eso, nunca perdí el conocimiento.
Felipe estaba a sólo dos calles de su domicilio y rápidamente sus familiares fueron avisados. Casi a la misma distancia se encontraba un centro de atención de la Cruz Roja Mexicana, a la cual solicitaron auxilio. Pasaron poco más de 15 minutos y la ambulancia nunca llegó.
Uno de los hermanos de Felipe lo trasladó en otro automóvil al hospital más cercano, en donde se le brindó atención de inmediato. Cuando Felipe ingresó a urgencias había perdido aproximadamente más de dos litros de sangre (en promedio un adulto tiene entre 5 y 6 litros). Sorprendentemente aún no había sufrido ningún colapso. Al entrar al quirófano, los médicos sustrajeron la primera bala. Eso, más la pérdida de sangre, provocaron que Felipe perdiera la conciencia.
–Yo no quería cerrar los ojos. Sabía que si lo hacía ya no me iba a levantar. Tú sabes que te estás muriendo y sientes una impotencia enorme. Sabía que no podía hacer nada y sólo pensaba en mis tres hijos. El más pequeño, en ese entonces, sólo tenía tres meses.
Un paro cardiaco provocó que Felipe cerrara los ojos. Los médicos lograron reanimarlo. Instantes después, vino un segundo paro. En este último, la reanimación no tuvo éxito.
–Después de cerrar los ojos, yo recuerdo cómo en una especie de sueño entré a mi casa y me encontré con un ataúd y me vi a mí mismo ahí. Comencé a preguntarme qué estaba pasando. Voltee y vi a gente a mi alrededor. A un costado de la caja estaba mi mamá llorando desesperadamente. Me asusté y salí a la calle. Vi las coronas recargadas en la casa. Intenté regresar y me volví a perder en un sueño. Cuando desperté –dentro del mismo “sueño”– mi abuela paterna me llevaba de la mano. Vi una luz blanca al fondo de una especie de cueva. Caminé con la mamá de mi papá –que ya había fallecido tiempo atrás– por la cueva y nos acercábamos cada vez más a la luz. A escasos pasos de llegar al final, escuché a mi abuelo ya fallecido decir: “¡No, no, no! ¡Ya suéltalo!”, y le dio un manotazo a mi abuela. Me quedé ahí parado y ellos desaparecieron. Después de eso, me volví a quedar dormido.
El “sueño” de Felipe se desarrolló dentro de los tres minutos que permaneció clínicamente muerto. Paradójicamente, cuando él perdió la conciencia después de ver a sus abuelos ya fallecidos, se registraron nuevamente sus signos vitales en el quirófano.
La experiencia que Felipe Plascencia Landin tuvo a los 37 años de edad, puede ser explicada como un tipo de “conciencia” después de la muerte. Según un estudio que realizó la Universidad de Southampton en Inglaterra y que apareció publicado en la revista médica Resucitation –en donde se analizaron durante más de cuatro años a más de dos mil personas que sufrieron ataques cardiacos en 15 hospitales del Reino Unido, Estados Unidos y Austria–, casi el 40 por ciento de los sobrevivientes afirmaron haber visto una luz brillante, un resplandor dorado, e incluso experimentaron una insólita sensación de paz, además de verse a sí mismos tendidos. Todo esto, durante el tiempo que permanecieron clínicamente muertos. Al parecer, luego de que el cerebro se apaga completamente, aún queda conciencia.
Felipe pasó más de 20 días en terapia intensiva. Los médicos no le daban esperanzas de vida y mucho menos de recuperación. En el caso extraordinario de que sobreviviera, tendría secuelas para el resto de su vida.
A pesar del abrumador diagnóstico, un mes después de salir de cuidados intensivos, Felipe obtuvo su alta médica. Las recomendaciones dictaban un mínimo de cuatro años para que él pudiera volver a tener actividad física. Ocho meses después de salir del hospital, el señor Plascencia ya estaba de nuevo en el gimnasio.
–La recuperación tenía sorprendidos a los doctores, incluso a mí. Me preguntaban ¿de qué estaba hecho?, afirmaban que una persona normal no sobrevive a eso. Yo creo que sobreviví porque, en primera, creo que aún tengo muchas cosas qué hacer aquí y, en segunda, porque siempre me he dedicado al deporte.
Después de su encuentro con “el más allá”, Felipe dejó atrás los concursos. Él sabe que dos ataques cardiacos previos no le permitirían resistir las extensas jornadas de preparación física y mental que requiere una competencia. Es dueño de su propio gimnasio y recorre más de diez kilómetros diarios en bicicleta, de su casa al trabajo ida y vuelta. Ahora sólo ocupa el automóvil cuando sale con sus hijos.