La invención de todas las cosas

Por Noé Vázquez

Todo comienza como un estallido, un vértigo masivo que explota y se hace palabra que engendra el mundo, porque, en un principio fue el verbo y, dicen, que después la vida humana. Como quiera que sea, la palabra conlleva la organización de las sociedades en donde uno relata, cuenta historias, narra. 

Cada persona es una historia construida bajo capas y capas de remembranza, de concepciones y preconcepciones que tenemos sobre el yo: la mascarada actoral que nos permite la noción de la individualidad como un relato. Algo que Octavio Paz llamaría «carta de creencia», que es la forma como los demás nos perciben o creen en nosotros. 

Esa credencial simbólica con la que nos presentamos a los demás para decir: «Esto soy» y que los griegos y latinos reelaboraron como persona para otorgarle una capa de dignidad, de glamur y bruma fantasmal que nos envuelve y hacer nuestra presentación ante el respetable (es decir, ante el mundo), más dramática: mostrarse, construirnos o hacernos visibles desde el presente en que somos notados, asimilados y reconocidos por el Otro.

Todo a partir del relato que nos contamos, del cuento que, una vez nos dijeron para que lo creyéramos y que nos acompañará toda la vida. Lo llamaremos mito, pensaremos que es parte de algo más grande llamado cultura. 

La persona es la vestimenta del ser en su cúmulo de historias que estamos obligados a creer, desde su apariencia y su relato. 

Jorge Volpi en su libro La invención de todas las cosas: una historia de la ficción (2024) busca hacer un relato de los relatos que nos contamos al final de la jornada, cuando las ideas recurrentes de poder y supervivencia se retiran a buen recaudo y el fuego crepita, las risas nos acompañan y, por un momento, olvidamos las penas que nos agobian. 

Las grandes obras de la literatura, los grandes paradigmas de las ciencias naturales, los aparatos teóricos con los que pretendemos entender el mundo tuvieron un origen humilde: vinieron de una voz entre el fuego y la noche; un pequeño paréntesis que se abrió paso desde la ensoñación que cree en los simulacros y los espectáculos, y también, en los fantasmas y las fieras que acechan en la oscuridad. 

Origen que viene de lejos: en el fingimiento y la pretensión sobre lo que creemos, lo que inventamos, lo poco que podemos confirmar, lo mucho que imaginamos. 

Pensamos nuestras historias desde las gratas ensoñaciones del amor y la felicidad o las visiones pesadillescas que nos perturban. Entonces, pergeñamos mundos en la cabeza. La suma de los mundos que formarán la imagen de la realidad con sus mitos fundacionales, su corpus literario que, a través de los siglos, engrosa ese imponente árbol que llamamos humanidad.

La invención de todas las cosas se centra en la idea que todo acto humano comienza con narrar, algo que para el autor es «engarzar imágenes en el anzuelo del tiempo». Se puede concebir la civilización como un relato en una carrera de relevos que nos transmitimos de generación en generación. 

Nos rodean ficciones, constructos sociales que contienen nuestros impulsos vitales más salvajes, crean la estructura de poder que mantiene la cohesión social a partir de leyes y normas escritas y no escritas que se traducen en identidades comunitarias. «Nos dejamos seducir, guiar, controlar y someter por ficciones. Anhelamos y soñamos con ficciones», dice el autor. 

De ahí que empiece señalando que esta historia universal de la humanidad es también el relato de nuestro proceso de ensoñación, invención, de creación y ejecución de producciones simbólicas. 

La creación humana, antes de serlo, es ese simulacro que ponemos a funcionar dentro de nuestra cabeza: hay un verbo latino que lo resume, fingere, que es tallar o modelar, porque un pensamiento, un esquema, un sueño, un proyecto es una maqueta de una realidad concebida, de la res cogitans que duda e imagina a la res extensa que ocupa su espacio y su tiempo en el mundo. 

En los interludios de este largo trayecto, Volpi recrea ficciones kafkianas como si se tratara de un descanso de caminantes: una serie de reelaboraciones teatrales de La metamorfosis con personajes reales y ficticios en las que no puede faltar Kafka como personaje, o Felice Bauer; se incluye, desde luego, el bicho o el gigantesco insecto.

Recorrer el camino de la ficción o la de invención también es encontrarse con la senda de las grandes revoluciones en las ciencias naturales. Este texto está fraguado desde una intención totalizante que describe y descubre entrecruzamientos e intertextualidades, busca señales de contagios artísticos; demuestra cadenas de influencias filosóficas, intelectuales; las múltiples polinizaciones en un tráfago y traslado de señas intelectuales. 

Quiero pensar que el gigantesco ensayo de Volpi es un vértigo de imágenes, una acumulación de voces tumultuarias en donde desfilan conceptos, obras literarias, citas, lugares, nombres propios. 

No hay tema que resulte ajeno en este libro. Su tratado enciclopédico abarca la astronomía, la lingüística, las obras literarias más emblemáticas, la antropología, la teoría crítica, las distintas artes, las matemáticas, la física cuántica, la cosmología. 

En este sentido, su obra se asemeja a otros tratados no menos ambiciosos como Sapiens (2011) u Homo Deus (2015) de Yuval Noah Harari, o el largo ensayo de Irene Vallejo, El infinito en un junco (2019). 

El autor no oculta su interés en los temas científicos, como ya lo demostró en En busca de Klingstor (1999): la rocambolesca crónica del programa nuclear de los nazis dirigido por Werner Heisenberg. 

Puedo recordar que el autor fue un lector de Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle (1979) de Douglas Hofstadter, vigoroso tratado que condensa ideas plásticas, musicales y matemáticas en una comprensión genial que establece relaciones entre la ciencia y el arte. 

También advierto que el autor tiene preferencia por esas catedrales etéreas que se edifican con la palabra y es cierto que ha leído y le tiene afecto a Terra Nostra (1975) de Carlos Fuentes, una obra que es un homenaje carnavalesco a la cultura hispánica y que se podría definir como pretenciosa, de una opulencia y un barroquismo intimidante. 

Menciono estos libros para ilustrar los intereses e intenciones del autor, por eso encuentro natural, entonces, que se hubiera decantado con una obra ambiciosa como esta: el relato de la humanidad a partir de las ficciones que engendra a través de los siglos.

Pienso que este ensayo no solo es el libro que queremos leer, sino también, el libro que quisiéramos escribir como lectores si tuviéramos la posibilidad de hacerlo, tal como un Pierre Menard reescribiendo palabra por palabra El Quijote. Como todo relato, el tratado mantiene un hechizo constante que se centra en el divertimento y la elegancia de la lengua y tampoco pierde oportunidad de intercalar anécdotas personales, interludios ficcionales, referencias a otros libros. 

Podemos concebir este gigantesco ensayo como la intención de un polímata de encontrar un hilo conductor del relato humano a partir de sus invenciones. La obra concentra la comprensión segmentada de los distintos saberes científicos, filosóficos y artísticos no como entidades separadas en sus provincias o parcelas de saber especializado, sino entrelazadas como un universo ficcional en donde el autor establece conexiones o tiende vías de comunicación intentando, tal vez, una comprensión enciclopédica y holística en donde todo está relacionado con todo. 

Dice el autor que «si algo nos vuelve humanos, desvergonzadamente humanos, es nuestro singular talento para la ficción». 

Así, ficcionados en este libro, nos vemos en este espejo narrativo como un fresco pictórico que nos incluye como lectores, asumiendo que también, somos ficciones.                             

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