Por Rivelino Rueda
«Creo que ya está temblando», le dije a Israel, el plomero, cuando se dejaron sentir las primeras notas, inhumanas, de la alerta sísmica en postes y teléfonos. Ismael se quedó lívido.
Fuimos los primeros del edificio en bajar en ese sismo cuasi imperceptible del domingo 7 de febrero, con epicentro en Salina Cruz, Oaxaca.
Israel aventó sus herramientas donde pudo. Yo no encontraba las llaves de la puerta principal. Salimos con la sensación que taladra la mente en esos segundos: «¿Y ahora de qué tamaño es este?»
Juan Villoro dice en su libro ‘8.8: El miedo en el espejo’, que «los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el Distrito Federal».
Nada más falso que mis primeras palabras de que ya estaba temblando. Era el miedo. El sismógrafo que los chilangos llevamos en el alma desde 1985.
Pero lo de Israel fue otra cosa. Nadie tiene idea de lo que representan esos episodios para personas que vivieron en las «zonas cero» en los sismos de 1985 y 2017. Israel es uno de ellos. Vive en la Colonia Obrera. Sólo eso.
Por eso su voz quebrada, su sudor incesante, su semblante de impotencia. Minutos después me contó. Perdió familiares en ambos terremotos. Los que nos marcaron. Los que habitan en cada terminal nerviosa de nuestro cuerpo.
Israel apuró la chamba cuando contestó la llamada de su pequeña hija. «¿Estás bien, mi amor? ¿Te asustaste mucho? Sí, mi amor, ya voy para allá».
Y así vamos. A tientas, en este ombligo lunar, en este cinturón de fuego caprichoso…