En la denominada Cuarta Transformación, liderada por Andrés Manuel López Obrador, se han dado casos que en otros sexenios pasaban muchas veces pero a escalas menores, y donde la sociedad civil era excesivamente critica.
Hoy en día parece que las cosas han cambiado, no en fondo ni forma, sino solo por la presencia del actual presidente.
Recordando el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), alguna vez dijo que quería que cuando saliera a la calle lo reconocieran por el buen trabajo que había hecho en su periodo sexenal.
Sin embargo esto no paso, ya que su último año fue el que menos popularidad le trajo con eventos como el levantamiento del EZLN; el magnicidio de Luis Donaldo Colosio y de José Francisco Ruiz Massieu y el llamado “error de diciembre”.
Al inicio de su gobierno también hizo creer que se necesitaban quitar ceros a la moneda, en una de las devaluaciones inverosímiles en la historia de este país. Aunado a esto, en su sexenio vendió empresas paraestatales a privados por precios irrisibles.
Ya en el sexenio de Ernesto Zedillo, se dio una de las deudas más grandes en la historia del México contemporáneo. Y es que los bancos, siendo mal administrados tras la privatización que emprendió Salinas de Gortari, pidieron ayuda al gobierno para ser salvados.
Con ello se produjo una deuda privada que pasó a ser pública en un abrir y cerrar de ojos, conocida como el Fobaproa, y que hasta el día de hoy se sigue pagando sin que sepamos los nombres de las personas que están involucradas, pero con un impacto de tres o cuatro generaciones de mexicanos.
Vicente Fox, fuera de su forma de gobernar, se distinguió por ser un hombre que hablaba sin pensar lo que decía, actuaba como si todo fuera improvisado y, a veces evitando el protocolo.
Eso sí, para su campaña salió con un estandarte de la virgen de Guadalupe, botas y sombrero, como un ranchero de aquellos que en muchos países creen que somos. No olvidemos que fue uno de los que mayor beneficio dio a la empresa refresquera Coca-Cola, al otorgarle mantos acuíferos que hasta el día de hoy siguen disfrutando.
Felipe Calderón, para legitimar su presidencia, ya que venía de una polémica de haber ganado por muy pocos votos (y en México, que es un país donde no hay segunda ronda en las votaciones), decidió crear una guerra contra el narcotráfico.
Debemos recordar que antes de 2006 no se veían las matanzas que hoy en día podemos ver cualquier día y mucho menos había una crisis humanitaria como la que 13 años después vivimos.
Por otro lado, de un día a otro dejó sin trabajo a más de 42 mil personas con la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, y muchos no lo recuerdan, pero es el padre del outsourcing en México.
Enrique Peña Nieto, el presidente que dejó pasar todo lo que pudo de corrupción y no movió un dedo para detenerla –que incluso estuvo involucrado en un escándalo por su famosa Casa Blanca, que se dio a conocer en 2014, donde benefició a su constructora favorita–, también siguió el mismo modelo de seguridad que Felipe Calderón.
Lo anterior provocó el incremento la violencia del país y el número de desaparecidos, e incluso fue burla durante todo el sexenio por las múltiples equivocaciones que tenía cuando hablaba desde cualquier parte del mundo.
A pesar de todos estos hechos, en momentos o situaciones muy específicas de 30 años de historia del presidencialismo mexicano, llegó el turno de Andrés Manuel López Obrador.
El tabasqueño ganó una votación por un margen mayor al 50% de los votantes de nuestro país, algo nunca antes visto, donde la democracia parecía por fin erigirse como la gran triunfadora. No quedaba ninguna duda que él había ganado las elecciones de manera aplastante ante sus adversarios.
AMLO, tomando la actitud de Carlos Salinas, pero a la inversa, cree en su megalomanía que con el proteccionismo podrá hacer crecer a México un 4% anual, algo que a nivel mundial no sólo es un reto, sino una tarea titánica.
Sin embargo, los pronósticos de crecimiento parece que serán durante todo el sexenio de 1.6% anual.
Por otro lado, como Ernesto Zedillo rescató a algunos empresarios con el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAIM), el cual como parte de su estrategia de campaña lo calificó como un gasto y no una inversión, donde hubo corrupción, y que el actual Secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, declaró que no había corrupción en dicho aeropuerto, a lo que Andrés Manuel salió a desestimar la declaración sin presentar ninguna prueba de que sea verdad o mentira que ese aeropuerto puede o no haber sido construido con sobreprecios.
En un acto de perplejidad y contra toda lógica, ya que había criticado duramente a Felipe Calderón por tener al Ejército en las calles, Andrés Manuel, traicionando su palabra, a la gente y a su patria, impulsó la creación de la Guardia Nacional, no sólo con el número de elementos activos del Ejército, Marina y Policía Federal, sino pidiendo un incremento de activos de 80 mil nuevos elementos, algo que será puesto a prueba por 5 años y que no tiene ninguna estrategia y que se irá dando al paso del tiempo.
Una estrategia que también copió Andrés Manuel de Felipe Calderón fue el despido masivo de trabajadores del Estado, casi de cualquier dependencia, que suman miles de desempleados, aunado a su baja creación de empleos por la nula inversión en casi cualquier sector que podamos imaginar y nombrar.
Por último, y retomando las equivocaciones de su antecesor, Enrique Peña Nieto, al ser cuestionado por el periodista Jorge Ramos, dijo que las cifras que había dado su administración eran falsas y que el “promedio” diario era diferente al que Ramos tenía.
Sin embargo, y multiplicando las cifras que tenía Ramos y AMLO, eran las cifras que el periodista daba en su intervención. En pocas palabras, AMLO no supo multiplicar. Por otro lado, y haciendo un paréntesis específicamente en este tema del promedio, no es la tasa real de lo que se contabiliza.
Días después saldría a la luz pública que las cifras, tanto de Ramos como de López Obrador, eran equivocadas. La cifra real se acercaba a los 12 mil asesinados. Sin duda será el año más violento en México, aunque no le guste a López Obrador por su falta de autocrítica y de acción.
Por último, Andrés Manuel, a la Peña Nieto, ha dejado pasar la corrupción por sus ojos, con un discurso complaciente e inocente, incluso pensaría que de hipocresía, de inocencia: el famoso “borrón y cuenta nueva”, donde los bienes de la nación fueron saqueados y no devueltos.
Así es como López Obrador se hace cómplice de la corrupción, porque el no ver, escuchar o accionar lo vuelve cómplice por acción u omisión. Hay algo en lo que ninguno de sus antecesores se involucró, y fue en cada mañana dar una diatriba hacia los reporteros y personas que no piensen igual que él.
Felipe Calderón aguantó el “espurio” en su cara. Andrés Manuel, con su piel muy delgada, no soporta ser cuestionado por ningún reportero, e incluso lanza amenazas en contra de los reporteros diciendo: “Ya saben lo que les pasa”.
Ello, en uno de los países donde la libertad de prensa y de expresión se castiga con la muerte. Así, Andrés Manuel indirectamente incita a la gente a agredir a reporteros que lo cuestionen, aunque diga lo contrario.
No se recuerda a ningún presidente moderno agredir, descalificar o criticar verbalmente a la prensa y a adversarios políticos. Tenían prudencia, carácter y valor de guardar silencio a pesar de las acciones que realizaron y las duras críticas que recibieron durante sus periodos de gobierno, López Obrador no parece un Juárez ni un Madero, parece más un hombre que le gustaría que lo llamaran “Su Alteza Serenísima”.