Inmortalidad

 

La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad;

por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

 John Donne

 

Por Irving O´Dogherty

 

La luz de la luna atravesaba débilmente la cortina, la ventana ligeramente abierta dejaba entrar un aire húmedo. Ernest escuchaba un tic tac al fondo de la habitación mientras fumaba un habano, reclinado cómodamente en una silla mecedora. Aún recordaba su finca en Cuba, vino a su mente Fidel, como reflejo inmediato de un arquetípico esquema de la historia. Sintió pánico al saber perdidos sus escritos y libros diversos. ¿Qué destino para tan valiosas propiedades?

¿Será real que todo tiempo pasado fue mejor? Si pensamos en que la memoria es un constructo donde se presentan las características más peculiares de una época, la respuesta por añadidura viene sola, por el contario pensar en Hittler, Franco, la guerra, la devastación. ¿Habrá quién realmente sienta nostalgia por aquello?

Quizás…

La mente de Ernest fluía en una oscilación de ideas consumadas. Pensó en su padre, en la ínfima gratitud de ser humano y saber que nada es para siempre, ni siquiera el sufrimiento. Imaginó el súbito momento en que aquel hombre devastado por la miseria tomaba la mortal decisión de satisfacer su nihilismo. Pues qué es un suicidio sino una falta de sentido ante la brutalidad de la repetición del ser. Es un parámetro y una exacta medida o bien no sería un fenómeno social. Al tiempo un acto de valentía y una sincronía de pensamiento en un suceso meramente voluntario e individual, porque ese es precisamente el dualismo del todo o la unidad ¡piénsese cómo quiera! Da igual.

El tic tac continuaba, un cuervo paró cerca de la ventana, dio un picotazo endeble. Un arquetipo más; el anuncio crucial y la bienaventuranza de saber que te has convertido en más de lo mismo.

La lluvia comenzó a caer, gota a gota con esa fuerza tan singular y su mezcla única de elementos y reacciones. Una gota cae arrastrada por el viento, golpea una porción finita de césped y este eleva un rocío impregnado del aroma a tierra, qué exquisito es aquello, toda la afinidad del universo en un instante eternamente efímero….

Ernest se levantó y dio un trago al ron que previo había servido. Tenía las manos entumidas y la respiración se dificultaba, el sopor era tal que decidió terminar de un sorbo el resto de la bebida. Dio una gran última bocanada al habano…Exhaló.

Pensó nuevamente en su padre, en sí mismo; todas sus vivencias se dieron cita en aquella melancólica noche. Demasiado dolor, días enteros en cama, un Nobel a su parecer lastimosamente ganado. Tantos agravios a lo largo del camino. Los días de guerra y muerte, de cuerpos desmembrados, olor a sangre y dolor en los rostros múltiples de la historia, una repetición causal y constante. ¿Que era todo aquello? No era más que una excelente sintonía con la época. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Ernest tenía en carne viva cada estigma de lo verdadero humano.

Salió de la habitación, detestó por un momento la clínica moderna, dentro de toda esa absurda rebelión de la ciencia, cuando deja de serlo y se convierte en un simple susurro; más parecido a una doctrina religiosa, similar a la cobardía del ser y de aquello que llama poder. Un fenómeno más, ya no social, sino solamente uno de la estupidez humana. Ernest sintió odio por sí mismo, su cabeza estaba perdida. Su cerebro fundido como el de un animal al que han sujetado por años a la correa, atado a la voluntad del amo que le azota. Malditos electrochoques; son el placer del psicopompo que se hace llamar psiquiatra.

Ernest tomó aire y un leve suspiro de resignación salió de él. Se quitó las botas y caminó por toda la casa. El piso de madera rechinaba a cada paso. Subió a la alcoba donde se encontraba Mary. Dormía como un ángel, para ser precisos su cuarto ángel. Qué egoísta es en ocasiones la vida de un escritor, o quizás no es egoísmo, sino hedonismo. Parte una vez más de aquel gran legado del Maestro Jung, no se puede dejar de reconocer la existencia de estos rasgos incesantes hasta en lo más fugaz de la existencia. Incluso Freud fue un puñado de ello y ¡bah! Qué decir del tan teorizado y aburrido psicoanálisis; otro mal que enferma a las sociedades contemporáneas.

Ernest pensó en esto tal vez, pues suelen ser conjeturas ineludibles para quién reflexiona la vida de vez en cuando. Afortunadamente pasaban ya 21 años de la muerte de Freud por lo que no podía ser una preocupación; ya estaba consumado, con todo lo que ello conlleva.

Miró hacia la ventana, nuevamente un cuervo, quizás el mismo que otrora apareciese en la lírica de Poe:

Y el resultado debe ser fantástico, no hay más ciencia de lo inexacto, ¡no puede haberla!

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia…

 

Ernest se encontraba en el sótano, tomó la escopeta, subió la escalera hasta llegar a la puerta principal de su casa, era el 2 de julo de 1961 y ahí dejó grabado en lo inconsciente colectivo su último vistazo a lo irreal. Abrió la puerta, la luz de la luna se tornó intensa cómo un halo plateado el vuelo del cuervo atravesó de lleno la escena en contrapunto con el sonido de la escopeta y el baño de sangre al suelo….

Y este ínfimo detalle del tiempo es como la gota de lluvia, el paso a la inmortalidad.

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