Por Varinia Loya Ramírez.
18 de marzo de 2018.- Durante el 2010 quedé desempleada y me propuse aprovechar el momento para saldar una vieja deuda conmigo misma, titularme como socióloga. Había una combinación de soledad, de silencio y de tristeza por aquella época de mi vida.
Con el apoyo de mi pareja, me dispuse a escribir y a transitar una vez más por una vida sin horarios. Unos amigos me invitaron a andar en bicicleta con un grupo que salía de la Ángela de la Independencia los miércoles a las nueve.
Hacía mucho más de seis años que no andaba en bici, mi última experiencia había sido en otro país, en una ciudad pacífica, respetuosa y en términos de escala, mucho más chica. Tenía años con ganas de andar en el D.F pero vivía en los márgenes de la ciudad, la distancia y los peligros me parecían insalvables. Mi nueva ubicación geográfica me permitió aceptar fácilmente la invitación y me aventuré aquella noche sin pensarlo demasiado.
Llegando nos enteramos de que el punto de llegada era Xochimilco, yo estaba más emocionada que cualquier otra cosa en el mundo, se me hizo lejos, pero no tanto como para no intentarlo, además era mi viejo barrio de juventud. Equipada con mi bici pony y mis queridos amigos, comenzamos a rodar.
Yo, como buena animal gregaria y nocturna estaba feliz, por primera vez en mi vida podría rodar mi ciudad y de noche. Profanamos varias veces puentes vehiculares, hicimos varios altos, sobre todo debido a ponchaduras y finalmente logramos llegar al centro de Xochimilco.
Si mi memoria no me falla, no sólo era la primera vez para mí, el grupo había intentado antes lograr la hazaña sin buenos resultados -hasta ese día- había un ambiente festivo y de fuerza. Regresé a mi casa en bicicleta, hecha una piltrafa humana, como a las tres de la mañana pero con la adrenalina, la emoción, el gusto y el corazón chisporroteante de felicidad.
Yo, como buena animal gregaria y nocturna estaba feliz, por primera vez en mi vida podría rodar mi ciudad y de noche. Profanamos varias veces puentes vehiculares, hicimos varios altos, sobre todo debido a ponchaduras y finalmente logramos llegar al centro de Xochimilco».
A partir de ese día y durante alrededor de dos años, me volví asidua al paseo de los miércoles, que se empezó a llenar de caras conocidas, cuando mis amigos no podían ir, buscaba a alguien más, o intentaba convencer a nuevos adeptos, se fue volviendo mi espacio de júbilo, de encuentro, un momento para el enriquecimiento colectivo y una fuente de convivencia en medio de una de tantas transformaciones de mi vida, una época habitada por la sensación de muchas pérdidas. Ahí se fueron acomodando los miércoles de Bicitekas.
La ciudad que todo lo devora, que todo lo encapsula, que nos sumerge en su vaivén de ajetreos, del extraño que amenaza, de su inmensidad arrolladora también comenzó a vivir una transformación, por obra y gracia de mi bicicleta la ciudad monstruo, empezó a hacerse familiar, incluso un poco cálida pero sobre todo se achicó.

La bicicleta me dio la suficiente claridad y experiencia como para saber que puedo rodar la ciudad entera y eso me posicionó en una relación diferente con el espacio y conmigo misma, la bicicleta me devolvió el estatuto de persona porque me despojó del miedo.
La bicicleta me dio la suficiente claridad y experiencia como para saber que puedo rodar la ciudad entera y eso me posicionó en una relación diferente con el espacio y conmigo misma, la bicicleta me devolvió el estatuto de persona porque me despojó del miedo.
Recuerdo como si lo estuviera viviendo, el día que regresando de alguna rodada ligera, andábamos sobre División del Norte y alguien llevaba una grabadora, a todo volumen se escuchaba –Born to be wild– y yo, en ese momento me sentí la encarnación del gozo en su máximo esplendor, con el pelo largo, suelto y revoloteando escapándose del casco. Ese momento se volvió mi referente actual de ser feliz, porque para mí la felicidad viene en grupo y acompañada de libertad.
Me tocó el incidente con Ángel Verdugo, ese miércoles llegué tarde, tenía ganas de ir a manifestarme en contra, estaba enojada, ese llamado irresponsable y público en contra de mi comunidad no me gustó. Alguien de entre lo que supongo era la organización del grupo, habló para decir que esa sería una noche como cualquier otra y que ya se estaban tomando medidas en contra de ese señor.
No me pareció mal, creo que somos una sociedad a la que le gusta mucho el pleito y estoy a favor de las expresiones que tienden a quitarle peso y a orientar las molestias por otros cauces. Me parecieron responsables. Sin embargo, un amigo ya en la rodada me dijo que quien había hablado era un activista que no sabía hablar. No estuve de acuerdo y le expliqué porqué.
Soy parte de una generación que se ha movilizado políticamente y ha sido reprimida. He participado activamente en al menos un movimiento social, y tengo la sensación de que fuimos utilizados para fines más amplios, más grandes que no alcanzo a asir del todo, y al mismo tiempo esa sensación de zozobra se compensa con una comunidad de activistas y amigos que intentan hacer de este país un mejor lugar.

Sin embargo, en diferentes ámbitos de mi vida he sido testigo de pugnas, sectarismo y demagogia. Estoy cansada de la forma tradicional de hacer política, incluso en los movimientos sociales, ya no soy una joven activista universitaria, me cuesta trabajo incluirme, escuchar discursos y siempre he valorado el trabajo de base frente a la discusión de cúpulas, así que agradezco profundamente la existencia de espacios como Bicitekas.
Por obra y gracia de mi bicicleta la ciudad monstruo, empezó a hacerse familiar, incluso un poco cálida pero sobre todo se achicó».
Por eso para mí Bicitekas se convirtió en un refugio por aquella época de mi vida y de las experiencias sociales más enriquecedoras porque para ellos, la acción política está en el andar y en todo lo que suscitan las rodadas por la ciudad, las luces encendidas, niños y vecinos asomados por las ventanas.
Porque así luchan activamente por la transformación de la ciudad. Porque creen que las cosas pueden cambiar y ponen el cuerpo para lograrlo y todo eso sin que nunca en alguno de mis viajes con ellos, yo pudiera percibir la existencia de una voz principal. Espero que Bicitekas siga conservando su espíritu libertario. ¡Feliz cumpleaños!
Aplauso a Reversos, a Bicitekas. Sobre todo a la articulista por compartir su experiencia de un modo tan entrañable. Da cuenta del lazo social recuperado y lo que en esa recuperación se juega, incluso de terapéutico. Ocupar la ciudad, formar parte de un colectivo en una acción política sin demagogia y además. descubrirse, como lo dice la autora, viviendo una experiencia de libertad feliz. Creativa fórmula de cambio. Saludos