2016, o la memoria pesimista

 

 

 

 

 

 

 

Por Matias González

 

Probablemente todos estemos de acuerdo en que 2016 fue un año que puso nuestros nervios a prueba, si no es que también a nosotros mismos como individuos y sociedad. Empezó a desaparecer una generación de verdaderos genios y emblemas de lo que leímos, vimos y oímos a lo largo de los últimos casi 50 años. Ya sea que recordemos la muerte de Fidel Castro, David Bowie, la de Alan Rickman, de Prince, Debbie Reynolds, Umberto Eco, de Sinatra o Leonard Cohen, las reacciones en redes sociales ante cada una de ellas deja ver que, casi de manera providencial, 2016 fue construido para ser un año para el olvido. Las elecciones estadounidenses, la perpetuación de una Guerra total sobre Aleppo —justificada como una guerra contra el terrorismo, cuando la que la perpetúa es la nación que se promulga como la nación de la Libertad por antonomasia—, el comienzo del tercer año sin que pueda aparecer una verdad que socave la “histórica” dictada por Murillo Karam con respecto a la desaparición de los 43 normalistas de la Raúl Isidro Burgos, la continuación de la imposición de la mentira como herramienta de comunicación gubernamental para con la sociedad a la que representa y su “gasolinazo”; todo esto nos recuerda, en nuestra vida material, que el 2016 debe ser un año que debemos recordar.

Las experiencias que vivimos de manera diaria luchan vehementemente por hacer de nuestra vida el elemento que nos paralice en la inmediatez, la cual sólo logra hacer que la memoria del anhelo se congele en hechos que son dictados por aquellos que disponen de las herramientas de la comunicación de la memoria. El hundimiento de ésta en los repositorios controlados por regímenes que logran el cometido neoliberal de la diferenciación, siguiendo a Niklas Luhmann, hacen de su uso, uno que se privatiza en el más sagaz de los proyectos neoliberales. Televisa logra perpetuar proyectos gubernamentales por medio de las (des)comunicación diaria de hechos; millones de mexicanos se despiertan diario a un Javier Alatorre que grita los encabezados más infames que logran confundir la realidad con la fantasía de la noticia; Fox News se burlaba diario de Trump, impugnando su campaña como una que no llegaría a ningún lado —más que a la presidencia—: el revés esculpido por la ironía.

La utilización de la información, hacerla moldeable a las impresiones de aquél aparato tan exitoso llamado capitalismo neoliberal, hace que el uso de la memoria sea igual de moldeable; moldeable a la instantaneidad de una story de Instagram, o un post de Facebook. Algunos dirían que, en su defensa, Facebook nos recuerda cosas, personas que conocimos hace determinado tiempo, y sólo por eso tendríamos que festejarlo. La celebración del contacto humano se está volviendo digital cuando, en primera instancia, ese contacto fue físico y mucho más sensiblemente directo que cualquier presionar de un botón. Recordar una amistad, un suceso, no es cuestión de Facebook, sino de nosotros; el hacer de este medio una herramienta para este recordar y celebrarlo como un acontecimiento humano, es cuestión humana y no digital.

No dejemos que pase un año para que Facebook nos recuerde que, hace un par de meses, se llevaba a cabo una visita cuasi-presidencial en Los Pinos que le daba voz de autoridad presidencial a un candidato estadounidense que no había sido visto como político, sino como empresario aspirante a la presidencia. Así como no debemos olvidar el hecho de que una de las promesas del príismo en la candidatura de Peña Nieto fue que la Reforma Energética traería beneficios para la sociedad mexicana. Los cuatro días que llevamos del 2017 desmienten esa mentira institucionalizada. Es cuestión de memoria social recordarlo para arder en contra de esa mentira y pensar que las alternativas se construyen en momentos en los que la memoria de un desastre llamado 2016 nos encaminó a esto.

Recobrar el pesimismo con el que la memoria nos arma es esencial para cualquier proyecto que busque negar la realidad en la que se vive. Precisamente es ese pesimismo de la realidad el que le permitió a Tomás Moro, en 1516, construir el no-lugar al que se debía aspirar. Hace justamente quinientos años, Martín Lutero hizo la disputa más seria a la Iglesia Católica en las puertas del Palacio de Wittenberg, Alemania, para poner a prueba los beneficios que la Iglesia estaba recibiendo de su sociedad de fieles. La escritura de la Utopía y las 95 tesis fueron justamente la creación de una alternativa discursiva y práctica, respectivamente, que debe ser asumida en tiempos en los que la inanición del sistema llevan a la desaparición del contacto con lo humano. Recordar la inanición de la monarquía intensificó, en 1917, el ardor de la Revolución Rusa. Su lucha, enraizada en tanto discurso en las últimas décadas del siglo XIX y puesta en acción a partir de 1905, es justamente la lucha en contra de la destrucción de la comunidad humana, y constituirla en memoria, es parte de la creación de una alternativa que trascienda el discurso. Rememorarla en su centenario no sólo importa porque haya sido el hecho más importante del siglo pasado, como dijo Hobsbawm. Cobra importancia en un contexto en el que el vínculo de la memoria con la acción humana —y lo humano— han sido transferidos a medios que están hechos para borrar ese vínculo, automatizarlo de tal forma que se vuelva inerte en la diferenciación.

Como nos enseña Marcel Proust por medio de la prosa más dichosamente entretejida entre memoria y vivencia: es el uso de la memoria sobre el contacto social el que perpetúa la reflexión en torno a la realidad en la que vivimos. Pensar el no-lugar de la Utopía por medio del vínculo de lo fantástico, lo mágico y lo real, como nos dice Frederic Jameson, tal vez no sea descabellado en un tiempo en el que se vive la irrealidad del régimen neoliberal. Nosotros lo realizamos, mientras que está en nosotros hacerlo algo irreal. Martín Lutero no promulgó en mentiras la revolución protestante del siglo XVI; apeló a prácticas existentes para hacer que la ética protestante pusiera en marcha sus políticas teológicas. La Revolución Rusa no inventó los medios para destruir una de las monarquías más longevas; su intelligentsia se vinculó con el pópulo con los medios históricamente disponibles para realizar el discurso del fin de la hegemonía Romanov.

Negar la diferenciación es absurdo, dejar de practicarla no lo es. Pensar que el neoliberalismo llegó pacíficamente y por medio del establecimiento de políticas que respaldan a la sociedad perpetúa el hecho de que promulgue proyectos contra la Libertad con el estandarte de la Libertad. El neoliberalismo se ha posicionado para destruir la Libertad, ahora tendrá todas las herramientas para efectuar la No-Libertad. Hacer memoria no sólo consiste en ver lo que se hizo, sino hacer que ésta sea un aliento para llegar a donde no estamos. Llegamos a 1984 y Fahrenheit 451, ahora toca rebasarlos y construir Utopía.

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