19/S: “No mires lo que se está cayendo, mira lo que se está levantando”

Por Mayra Ortiz

Foto: Rivelino Rueda

Carlos Monsiváis decía que los habitantes de la Cuidad de México habíamos perdido la capacidad de asombro desde la óptica de normalizar todo, y que la única manera de recuperarla era negociar (nunca sugirió con quién) que la instalación del «juicio final» fuera en nuestra ciudad.

Y no es que el sismo del pasado 19 de septiembre haya sido una probada de ese «juicio final», lo que sí es que Monsiváis tenía razón pues, por lo menos, durante aquel día, la inmensa mayoría vivimos esa mezcla de sentimientos entre el miedo, impotencia, crisis o tristeza, pero con la principal reacción de ayudar.

Del simulacro a la realidad
Martes 19 de septiembre. El día ha comenzado con normalidad: gente moviéndose de un lado a otro, tratando de llegar puntuales al trabajo, a la escuela o a cualquier cita, luchando por acomodarse en algún hueco entre la puertas y los tubos de los vagones del Metro, o esperando a que una alma caritativa que circula en su automóvil por el carril de baja velocidad en el Viaducto ceda el paso para que otro se incorpore.

El único momento común para todos sucederá a las 11 de la mañana cuando, de manera intencionada, las alertas sísmicas se activarán, más que como un ejercicio de abandonar con orden alguna construcción en caso de sismo sin correr, gritar o empujar, se trata de recordar a las personas que perdieron la vida hace 32 años, en el terremoto que dejó en ruinas buena parte de la capital en 1985.

Llegó el momento. La gente comienza a abandonar los inmuebles con la calma de un simulacro; momento ideal para despejar la mente, fumar un cigarro, y quedar de acuerdo para determinar el lugar para ir a comer. Lo que nadie espera es que a las 13:14:40 la vida de muchos cambiaría de alguna forma.

Llegada la hora el suelo comienza a moverse, con una brutalidad de 7.1 grados en la escala de Richter, suficiente como para que el pánico comience a inundar las calles. Los vagones del Metro se balancean con fuerza de un lado a otro, del mismo modo que una embarcación lucha por mantener el equilibrio en medio de una tormenta.

La gente huye hacia los andenes abriéndose paso desesperadamente entre la multitud para aferrarse a los barandales y no caer en el piso. El movimiento no se detiene y parece progresivo, la luminaria del techo también balancea a la par… No hay nada más que hacer.

En la terminal de autobuses Tapo el escenario no es distinto. Los autobuses estacionados en los andenes se sujetan al vaivén de la tierra de una manera violenta. Todo es penuria.

Tras el movimiento telúrico las redes sociales comienzan a dar cuenta de los daños en diferentes puntos de la ciudad y algunos estados: parte del conjunto habitacional de Tlalpan y Taxqueña colapsado. El edificio marcado con el número 286 sobre Álvaro Obregón, colapsado. Loa edificios de departamentos de Doctor Lucio, en la colonia Doctores, inhabitables.

Y la lista comienza a crecer con el paso de los minutos. La lateral del Viaducto casi al cruce con Monterrey, en la colonia Roma, bloqueada por un edificio que se desplomó. La lista de personas desaparecidas también crece. La colonia Roma y la Condesa parecen zona de guerra.

Sobre Calzada de Tlalpan varios edificios fracturados. Las sirenas de las ambulancias, bomberos y patrullas de seguridad pública han comenzado a sonar por todos lados, y no pararán durante los días siguientes. La señal de internet y telefonía celular falla constantemente. Las líneas telefónicas están saturadas por la gente que marca números a diestra y siniestra tratando de localizar a sus familiares.

Las operaciones en el Aeropuerto Internacional de la Cuidad de México son suspendidas. El rumor de que una de las pistas está agrietada pronto se descarta y se reduce a daños en el puente que traslada a los usuarios del Autódromo Hermanos Rodríguez a la Terminal Dos.

La vista panorámica desde el piso 40 del World Trade Center es de destrucción. Humo que emana de algunas explosiones provocadas por fugas de gas, escombros regados en las calles. La noche cae y no hay energía eléctrica en varias colonias. Los voluntarios han comenzado con los relevos y se apresuran para atender los llamados de apoyo e intentar sacar de entre los escombros a los sobrevivientes.
Los puños cerrados se elevan al cielo, todo mundo guarda silencio pues existe la esperanza de escuchar vida entre las varillas de acero y el concreto fragmentado.

No es natural que los lamentos y el dolor físico de otro ser humano expresado en gritos y sollozos, nos causara brutal felicidad. Aquí sucedió y la piel se eriza y las lágrimas ya no se contienen. Es algún afortunado que sobrevivió.

Algo parecido sucede cuando sacan otro cuerpo, sin embargo, un incontenible nudo en la garganta corta la respiración. Las piernas tiemblan enérgicamente y te obligan a mantenerte de pie, pese a ese vigoroso e involuntario movimiento.

“¡Es mi hija!”, grita una mujer. “¡Es mi chiquita!” “¿Por qué así, dios mío?” Su dolor se hace nuestro. No hay palabras, ni abrazo tan fuerte que calme esta sensación.

La ayuda es continua: agua, alimentos enlatados, medicamentos, víveres, sin embargo, resulta difícil trasladarlos a las zonas afectadas. La única forma eficiente de llegar a distintas zonas de desastre es en motocicleta. Moto clubes, independientes, repartidores, todo aquel que se mueve en dos ruedas comenzó a sumarse a la causa trasladando víveres y personal de rescate.

Día dos. La ayuda comienza a sobrepasar la necesidad en la ciudad. Los alimentos preparados abundan. Entre el exceso de comida y la carga moral de que no se descomponga. Se entrega comida a diestra y siniestra. Rescatistas, afectados, brigadistas, policías, indigentes, etc.

Es en Avenida Juárez esquina con Balderas donde a un hombre en situación de calle se le ofrece un par de tortas y una botella de agua. Las acepta, pero de inmediato nos cuestiona si es ayuda para los afectados por el terremoto. Acto seguido decide devolver el beneficio: “Yo aguanto, mejor dénselas a quien más lo necesita”. Su comentario, nos recuerda: cuán humanos somos.

Los brazos sobran. El Ejército ya se prepara para entrar en acción. Los desacuerdos comienzan. La gente quiere ayudar y poco a poco comienzan a ser desplazados.

Los distintos albergues habilitados comienzan a ocuparse por inquilinos eventuales que lo han perdido todo. Los sobrevivientes siguen saliendo a la superficie. Los perros de rescate olfatean vida y se convierten en héroes. Los Topos montan hazañas de rescate, filtrándose entre los recovecos hasta donde su complexión se los permite.

Los principales medios de comunicación en televisión nacional montan su circo, lucran con su especialidad: el dolor y la tragedia humana; así mismo desmienten y se vuelven episodio de burla social, pero en redes sociales aquel día aún no aparecen los memes.

Conforme pasa el tiempo queremos recuperar la estabilidad emocional, tratamos, sin éxito, olvidar la tragedia. No se normalizan nuestras actividades. Laboramos, estudiamos, recorremos y transitamos con temor, sin opción a postergar el asueto.

Tras la catástrofe, reforzamos la insuficiencia política de nuestros líderes. Hoy por hoy nos reconocemos como una sociedad solidaria y sensible, con la única certeza de que la tierra nos recuerda lo insignificantes que somos.

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