1985: La barda que separó la destrucción de la salvación

(Voces del sismo)

 

Por Giovan Lozano

 

Se cumplieron 31 años del temblor del 19 de septiembre de 1985. Eran las 7:19 cuando 8.1 grados Richter sacudieron el otrora Distrito Federal. Quienes lo vivieron lo recuerdan de una manera muy distinta de quienes no lo presenciamos.

 

Unos no lo sintieron, otros se enteraron por televisión. Yo ni había nacido.

 

Y quizá no estaría escribiendo esto si mi abuela no hubiese decidido mudarse del  número 49 de la calle José María Iglesias, en la colonia Tabacalera, edificio que sucumbió en su totalidad durante el sismo del 85.

 

Mi madre tenía 15 años y se enteró de la catástrofe al regresar de la preparatoria, una de varias del Estado de México. Así lo vivió ella, por los medios. Una mañana normal de su día a día. No así para el hoy Capitán 2° Rafael Hernández, uno de sus compañeros del mariachi de la Secretaría de la Defensa Nacional.

 

En ese entonces tenía 11 años, iba a la escuela en la tarde, vivía en el 153 de Jesús María y San Pablo. La barda del edificio donde vivía era la división entre el Hospital Juárez y su hogar. Hospital de 11 pisos que se vino abajo. Donde murieron unos y, milagrosamente, vivieron otros.

 

“No me despertó el temblor”, me dice Rafael con la mirada perdida, tratando de recordar todos los detalles posibles, “sino fue una pecera que teníamos en casa la cual se cayó y se rompió”.

 

Así se percató del sismo que ocurría. Él y su hermano se asoman al balcón del departamento sólo para ver cómo postes de luz caían y los cables chispeaban, cómo la gente corría asustada mientras el polvo del escombro parecía perseguirlos. No había luz, no había comunicación.

 

El edificio donde vivían, a pesar de ser viejo, sobrevivió. Consta de tres pisos y aproximadamente diez departamentos. Algo extraño, menciona Rafael, teniendo en cuenta que el Hospital Juárez –estando a un costado- se vino abajo. Continuamente iban a revisar el edificio en busca de daños, pero no había nada de riesgo considerable.

 

Su mamá, Eusebia Leyva, trabajaba en la Merced, pero pasado un rato del temblor seguían sin saber de ella. Salieron del departamento con la convicción de encontrarla sin mirar mucho a su alrededor, aparentemente.

 

“Realmente, como nosotros fuimos hacia La Merced, no veíamos mucho la magnitud de lo que había pasado. La gente se dirigía más hacia el hospital y a Pino Suárez, donde una torre también colapsó”, cuenta Rafael.

 

Llegaron al mercado y la encontraron con la tibia rota a causa de unas cajas de jitomate que le cayeron encima. Recuerda cuán difícil fue encontrar dónde atendieran a su madre, quien no podía caminar.

 

“Todos los hospitales estaban llenos de gente que llegaba y llegaba. Había muchos heridos y sí fue difícil encontrar […] Terminamos yendo a un Centro de Salud allá en Tepito donde la atendieron, enyesaron y fue de ya, ya váyase que necesitamos el lugar”. Manotea al igual que aquella enfermera. Pero lo entendió, no se comparaba con otros heridos.

 

Les fue permitido reingresar a sus hogares bajo su propio riesgo. Al día siguiente, tras la réplica, la Cruz Roja llegó para evacuarlos por el riesgo de que los tanques de oxígeno y gas que había en el hospital fuesen a explotar, comenta Rafael.

 

De ahí fueron llevados junto con los demás habitantes de la calle a pasar la noche en la explanada de la Basílica de Guadalupe.

 

“Si aquí tiembla no hay qué se les caiga encima”, le dijo un paramédico. Recuerda que no les dejaron agarrar nada de su casa. Ni comida o cobijas. Los adultos se organizaron para ir a pedir a las casas alrededor de la Basílica algo de comer, algo para pasar el frío que el sismo les dejó.

 

“Ya cuando empiezas a caminar después de unos días por todos lados te das cuenta de la magnitud de las cosas porque ves que tal edificio se cayó y ves a toda la gente ayudando o tratando de sacar escombros”. Así lo recuerda, como el niño de 11 años que lo vivió.

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