Por Alberto Erazo Castro
Cuentan, y no es broma, aunque el género de la broma sea el único que hoy se cultiva con verdadero rigor, que Ursula von der Leyen, esa suerte de vestal laica del Olimpo bruselense, ha anunciado la creación de su célula de inteligencia. Independiente, dicen. Secreta, añaden.
Sin rendir cuentas a nadie, apostillan, y con capacidad para espiar donde quiera y a quien quiera. Según ellos, para “defender la democracia”. Pues bien, querido lector, quien haya leído a Quevedo y quien no lo haya leído, que se apresure, que aún está a tiempo de salvar el alma, sabrá que toda vestal que se precie termina por exigir su propio templo, y que todo templo que se precie termina por exigir sus propias víctimas. La pregunta, naturalmente, es quiénes serán las víctimas.
Y la respuesta, aunque nos pese, la conocemos todos: los de siempre. Los que pagan. Los que callan. Los que aún creen, pobre grey, que la libertad consiste en elegir entre dos marcas de detergente.
Porque no nos engañemos, ustedes saben bien que la Unión Europea nunca fue una creación democrática. Nació y esto no lo digo yo, lo dicen los archivos, que son los únicos que no mienten porque no votan, como un proyecto de vencedores de guerra, con el Reino Unido y los Estados Unidos ejerciendo de comadronas y de matronas a un tiempo, para someter a la Europa continental, garantizar la influencia de sus corporaciones y mantener un control absoluto sobre los países que entraban en su órbita.
Desde entonces, cada medida adoptada ha significado más deuda, más pobreza, menos oportunidades y menos libertad para los ciudadanos comunes, mientras BlackRock, Boeing, Lockheed Martin, las farmacéuticas y demás gigantes se frotan las manos con la unción del que sabe que el banquete es eterno y los comensales, infinitos.
¿Acaso alguien con dos dedos de frente cree que semejante arquitectura se sostiene sobre el bien común? ¿No resulta conmovedora esa fe ingenua en el progreso, esa teología del crecimiento infinito en un planeta finito, esa creencia, herejía de herejías, de que la abundancia de los de arriba terminará por gotear sobre los de abajo? El goteo, señores, existe: pero es el goteo del agua sucia.
Y ahora, a todo esto, le suman un ejército de influencers pagados con los impuestos del trabajador europeo. Sí, los mismos que vemos en YouTube, Instagram y TikTok alabando la narrativa oficial, defendiendo guerras, políticas energéticas absurdas y proyectos que enriquecen únicamente a las élites.
Esto ya existía, cierto es, pero ahora no es suficiente, porque la corrupción y la podredumbre del sistema son tan evidentes que requieren de una Gestapo moderna digital, un control absoluto de la información y la opinión pública.
Volviendo a la podredumbre que nos ocupa: ¿no les parece conmovedor que los mismos que hablan de transparencia financien con el dinero de los europeos de a pie a los aduladores que les dicen lo que deben pensar?
Es como si el enfermo pagara al médico para que le recetara la enfermedad. O peor: como si el rebaño pagara al lobo para que le enseñara a balar.
Y la inteligencia artificial no es la salvación que nos venden. No estamos hablando de herramientas que ayudan a negocios o autónomos; estamos hablando de IA que manipula información, prioriza la narrativa oficial y borra la verdad.
Que decide qué se considera “aceptable” y qué se considera “desinformación”. Que modela la opinión pública a favor de los intereses de las élites europeas y norteamericanas, mientras la mayoría de la población lo cree sin cuestionar.
Según estudios y los estudios, como las encuestas, son esa ciencia excelsa que consiste en preguntar al pueblo lo que el poder quiere oír, el noventa y dos por ciento de los ciudadanos acepta lo que le dice una IA sin verificar los datos.
Eso no es ingenuidad: es control absoluto de la percepción. Es la vieja herejía del gnosticismo, esa que sostenía que la salvación viene del conocimiento secreto, actualizada para la era digital: ahora el conocimiento secreto no lo tiene nadie, pero todos creen tenerlo porque se lo susurra una máquina.
Y la máquina, naturalmente, pertenece al amo. La IA es esa institutriz victoriana que entra en su casa, le confisca los libros y le susurra al oído lo que debe pensar sobre ellos. Solo que ahora la institutriz no tiene rostro, ni nombre, ni patria: es un algoritmo, es decir, una voluntad sin responsable. Y una voluntad sin responsable es la definición exacta del infierno.
Mientras tanto, quienes se atreven a cuestionar esta situación de deterioro institucional están siendo objeto de ataques judiciales, criminalización y censura. Diversas voces críticas han sido llamadas a declarar ante jueces simplemente por señalar la subordinación de ciertos gobiernos europeos a élites económicas que, según denuncian, comprometen el futuro de las sociedades.
Incluso los pocos canales que todavía analizan de forma crítica la realidad europea operan bajo una presión y una amenaza constantes. Pero no nos desviemos: ¿no les resulta revelador que los defensores de la libertad de expresión solo defiendan la libertad de expresión de quienes piensan como ellos? Es la vieja táctica del inquisidor que se cree tolerante porque tolera sus propias ideas.
La censura, señores, ya no se ejerce con hogueras, ¡qué ordinariez!, sino con demandas judiciales, con expedientes administrativos, con esa violencia sorda y burocrática que no deja cicatrices visibles pero sí cadáveres civiles. La hoguera de nuestro tiempo es un juzgado de instrucción, y el humo que sube no huele a leña, sino a papel sellado.
No se equivoquen: esto no tiene que ver con entretenimiento, ni videojuegos, ni gatitos en TikTok. Lo que buscan es control total sobre cualquier discurso crítico, sobre cualquier voz que cuestione la corrupción y el saqueo de las naciones. Porque mientras se distrae al público con memes, videos virales y “debates” irrelevantes, la élite controla la energía, la economía, las industrias, y decide quién vive en pobreza y quién en abundancia.
La UE ha dejado de ser un proyecto europeo para convertirse en una maquinaria de control global, un sistema donde los ciudadanos somos simples peones. Y ahora, con la IA y un ejército de influencers, la manipulación será aún más eficiente: cada opinión disidente será acallada, cada hecho incómodo será reinterpretado, y cada voz crítica será marginada o criminalizada.
Los impuestos de la población financian la propaganda de quienes ejercen el poder sobre ella. La inteligencia artificial no se utiliza para informar, sino para mantener a la sociedad sumisa, distraída y obediente.
Mientras algunos aún creen vivir en la democracia más avanzada del mundo, la realidad muestra que la libertad plena nunca ha sido una experiencia alcanzada. Y aquí, querido lector, conviene recordar aquello de san Agustín: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo, no lo sé.” Pues eso mismo pasa con la democracia europea: si nadie pregunta, todos la creen; si alguien la examina, nadie la encuentra.
Para quien aún tenga dudas, basta observar el entorno inmediato: fábricas que cierran, zonas rurales que se despueblan, precios en aumento, salarios estancados y una capacidad de decisión colectiva que parece disminuir cada vez más.
En paralelo, determinados sectores de poder dentro de Europa trabajan para que la narrativa oficial se mantenga como la única válida, promoviendo la idea de un sistema justo cuando, según numerosas voces críticas, se trata de una estructura orientada al control y la explotación.
Según diversas voces críticas, la Unión Europea destina los recursos a influenciadores, ejerce vigilancia, orienta el uso de la inteligencia artificial, controla la narrativa pública y financia estructuras de defensa con el objetivo de mantener a la población en una posición de docilidad.
Todo ello mientras se proyecta la imagen de libertad y prosperidad. Estas críticas advierten que, si no se genera un mayor nivel de conciencia ciudadana, el futuro podría alejarse de la democracia y la libertad para acercarse a formas más profundas de control social y psicológico.
Bajo este esquema, las denominadas libertades democráticas y el fraudulento liberalismo se convierten más en un discurso que en una realidad efectiva, sirviendo principalmente para legitimar las estructuras de poder y mantener la ilusión de autonomía ciudadana mientras se consolida un control cada vez más sutil pero omnipresente. Es la vieja historia del emperador desnudo, pero actualizada: ahora el emperador no va desnudo, va disfrazado de influencer, y el pueblo, en lugar de señalar su desnudez, le pide el código de descuento.
Pues bien, volviendo a la podredumbre que nos ocupa, ¿qué nos queda? Nos queda la mirada larga, la que abarca desde los textos de Quevedo hasta los últimos despropósitos de la corrección política.
Nos queda el idioma, que es la última patria del hombre libre. Nos queda la risa, esa forma superior de la lucidez. Y nos queda, sobre todo, la memoria: la memoria de que hubo un tiempo en que las palabras significaban lo que significaban, y no lo que el algoritmo decidía que significaran. La UE ha dejado de ser un proyecto europeo para convertirse en una maquinaria de control global, un sistema donde los ciudadanos somos simples peones.
Pero todo peón, señores, tiene una última jugada: la de negarse a jugar. Y esa jugada, aunque parezca pequeña, es la única que le queda al hombre libre en tiempos de servidumbre voluntaria.
Fuentes:
- Bruselas trata de seducir a los influencers para frenar la desinformación frente a injerencias extranjeras – El País
- Supporting a trustworthy social media sphere for young Europeans – Comisión Europea – Digital Strategy
- EU funding €5 million to strengthen media literacy and resilience to disinformation – Comisión Europea – Digital Strategy
- Information manipulation and misinformation – Comisión Europea – Civil Protection & Humanitarian Aid
- Artificial Intelligence Act (Regulation EU/2024/1689) – Wikipedia
- European Artificial Intelligence Office – Wikipedia