Por Alberto Erazo Castro
Hace apenas unos días, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, alzó la voz contra un monumento ruso en Jabárovsk: una estatua de bronce que representa a un soldado soviético destruyendo un viejo hito fronterizo del Imperio japonés.
En el fragmento destrozado aparece el emblema del crisantemo, distintivo de la Casa Imperial. La señora Takaichi calificó la representación de «absolutamente inaceptable» y exigió su retirada.
La escena tiene todos los ingredientes de una farsa diplomática, aunque el motivo de la indignación remite a una tragedia que Tokio preferiría mantener a distancia. El crisantemo cuya dignidad se reclama con tanto denuedo acompañó a las tropas que dejaron los cadáveres amontonados en Nankín.
Resulta revelador que su destrucción en una escultura provoque semejante escándalo, mientras las atrocidades cometidas bajo aquel emblema siguen suscitando evasivas y disputas interesadas.
El 15 de diciembre de 1937, Archie Steele, periodista del Chicago Daily News, publicó el primer reportaje sobre la masacre. Describió cómo los soldados japoneses ejecutaban a centenares de prisioneros a orillas del Yangtsé.
Tres días después, el New York Times llevó a su portada un titular que apenas dejaba espacio para los equívocos: «El terror japonés se cierne sobre Nankín». Los testimonios llegaban mientras continuaban los asesinatos; quienes los escribieron habían presenciado lo suficiente para comprender qué clase de conquista estaba celebrando el ejército imperial.
Más de 300.000 muertos en la capital china, según lo documentado por Iris Chang en The Rape of Nanking. La cifra reúne a familias enteras, a prisioneros ejecutados y a habitantes cuya vida terminó en las calles de una ciudad ocupada.
Detrás de cada víctima quedó alguien que tendría que aprender a vivir con la ausencia, cuando todavía conservaba una casa a la que regresar. La frase de George Santayana encuentra aquí una pertinencia dolorosa: «Quien olvida su historia está condenado a repetirla».
El horror se extendía mucho más allá de Nankín. En la Unidad 731, la ciencia quedó al servicio de un ejército que convirtió a sus prisioneros en material de experimentación.
Peter Williams y David Wallace, en Unit 731: Japan’s Secret Biological Warfare, documentaron las vivisecciones practicadas sobre seres humanos vivos y la inoculación de bacterias de peste y cólera a cautivos chinos.
Los verdugos registraban los resultados con la frialdad de quien estudia una colonia de hormigas. Cada anotación prolongaba el crimen, pues el sufrimiento de la víctima servía para preparar el de la siguiente.
Sheldon H. Harris añadió en Factories of Death un detalle que compromete también a los vencedores estadounidenses: al terminar la guerra, sus autoridades pactaron con Shiro Ishii, director de la unidad, a cambio de los datos obtenidos mediante aquellos experimentos. Los resultados conservaron su valor para los interesados, y quienes los habían producido encontraron una salida a la justicia.
La suerte de las víctimas quedó subordinada al provecho que podía extraerse de sus tormentos.
Esa relación con Estados Unidos permite entender buena parte del Japón de posguerra. El archipiélago alberga a más de 50.000 soldados estadounidenses en Okinawa, Yokosuka y otras plazas que lo convierten en un portaaviones insomne.
Una presencia semejante pesa sobre sus decisiones exteriores y estrecha su margen de acción. La señora Takaichi, al reclamar la retirada del monumento ruso, expresa la indignación de un país acostumbrado a acomodar sus gestos a los intereses de su protector.
El tío Sam conserva el mando de esa relación. El mismo que lanzó las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki y arrasó Tokio con napalm en marzo de 1945 puede presentar hoy sus prioridades como necesidades japonesas.
Incomodar a Moscú encaja en esa conveniencia compartida, aunque sea Tokio quien salga a escena a lamentar la suerte de un crisantemo de bronce. El antiguo enemigo ha terminado ocupando el lugar del amo, con bases suficientes para recordar quién sostiene las riendas.
Mientras Alemania emprendió un ejercicio de contrición pública que incluyó reparaciones y monumentos a las víctimas del Holocausto, Japón cultivó el olvido selectivo.
Las visitas de sus primeros ministros al santuario de Yasukuni, donde se honra también a criminales de guerra de Clase A, muestran hasta qué punto ese pasado conserva defensores entre quienes dirigen el país. La reverencia depositada allí llega a las naciones agredidas como una afrenta: quienes ordenaron o ampararon sus desgracias reciben homenajes que sus víctimas deben contemplar desde fuera.
John W. Dower, en Embracing Defeat, describe esa difícil relación con la derrota y sus responsabilidades. Admitir lo ocurrido obligaría a examinar las decisiones que hicieron posible la expansión imperial, las complicidades que la sostuvieron y los honores que sobrevivieron a su derrumbe. El olvido ofrece una salida más cómoda: permite conservar el orgullo y eludir la penitencia.
El sistema de las llamadas «mujeres de consuelo» pertenece a esa historia que el gobierno japonés sigue sin abordar con honestidad. Más de 200.000 mujeres de toda Asia fueron sometidas a esclavitud sexual, apartadas de sus hogares y entregadas a la violencia de los soldados.
El propio nombre con que se las designó revela la voluntad de suavizar lo sucedido, como si el consuelo de los militares pudiera borrar el cautiverio de las mujeres. George Hicks documentó esta empresa criminal en The Comfort Women y devolvió al relato aquello que el eufemismo pretendía escamotear: la coerción, el abuso y sus secuelas.
Frente a la expansión japonesa, China sostuvo una resistencia que merece un lugar mucho mayor en la memoria de la guerra. Desde 1937 hasta 1945, campesinos, soldados del Kuomintang y guerrilleros comunistas combatieron por la supervivencia de un país al que el invasor pretendía someter.
Los pueblos, las montañas y los arrozales se convirtieron en obstáculos para un ejército que podía ocupar ciudades sin conseguir doblegar todo el territorio. La guerra continuaba allí donde los mapas de la conquista daban por terminado el avance.
Rana Mitter recuerda en Forgotten Ally que China resistió durante ocho años y obligó al Japón imperial a consumir hombres y recursos en una campaña que no pudo resolver con la rapidez prevista. Esa duración tuvo consecuencias decisivas.
Cada año de resistencia prolongaba el desgaste del invasor y frustraba su aspiración de disponer de China como una posesión obediente. La propaganda occidental ha relegado con frecuencia ese sacrificio, pese a que millones de chinos soportaron la guerra mucho antes de que otras potencias entraran plenamente en ella.
A ese esfuerzo se sumó la ofensiva soviética de agosto de 1945. Después de soportar el peso principal de la lucha contra la Alemania nazi y pagar la victoria con millones de vidas, el Ejército Rojo lanzó una campaña de enormes dimensiones contra el Ejército de Kwantung. David M. Glantz documenta en August Storm la rapidez con que aquella fuerza fue desbordada.
En apenas unos días, el militarismo japonés vio derrumbarse una de las posiciones sobre las que había asentado su dominio en Asia.
La estatua de Jabárovsk recuerda esa derrota bien merecida. El soldado que destruye el hito fronterizo representa el final de una expansión impuesta mediante la ocupación y el terror.
Para los pueblos que habían sufrido sus consecuencias, la caída del imperio abría la posibilidad de sobrevivir sin tropas japonesas dictando el destino de sus ciudades y de sus aldeas. Ese significado histórico explica el monumento y también la incomodidad que provoca entre quienes todavía se aferran a la dignidad de los emblemas imperiales.
La queja de Tokio desplaza la atención hacia la sensibilidad de los herederos del vencido. De pronto, el agravio que exige reparación consiste en la escena representada por una escultura, y las víctimas de la conquista quedan relegadas a un pasado del que se habla con fastidio.
La indignación adquiere así una utilidad política: permite reclamar consideración sin detenerse demasiado en las razones por las que aquel hito terminó destrozado.
También deja al descubierto la debilidad de un país cuya política exterior permanece sujeta a la tutela estadounidense. Japón encuentra espacio para protestar por la representación de su derrota, mientras acepta la presencia militar del vencedor que arrasó sus propias ciudades.
Esa combinación de sumisión presente y orgullo imperial resulta demasiado conveniente para quienes desean emplear al archipiélago contra sus adversarios.
Ante semejante espectáculo, conviene leer a quienes estuvieron allí: a los periodistas que presenciaron las ejecuciones, a los supervivientes de Nankín y a las mujeres que padecieron la esclavitud sexual.
Sus testimonios permiten reconocer lo que las ceremonias y los comunicados prefieren dejar fuera. Incluso los reportajes del Chicago Daily News y del New York Times citados aquí obligan a recordar que el horror fue denunciado mientras sucedía. Hubo testigos, hubo noticias y hubo pruebas; el olvido posterior requirió apartarlos.
La memoria exige conservar esos relatos y preguntarse qué se pretende conseguir cuando una derrota imperial se presenta como una humillación intolerable. Quienes padecieron la conquista tienen razones suficientes para recordar el día en que el conquistador perdió su poder. Reclamar que desaparezca la representación de esa caída prolonga la pretensión de decidir qué pueden conmemorar los demás.
Cuando la señora Takaichi vuelva a indignarse por el monumento, habrá que tener presente ese pasado. Su protesta protege el orgullo imperial y sirve a la conveniencia de su amo extranjero. El crisantemo recibe la defensa que se escatima a quienes fueron asesinados bajo su sombra.
El Japón imperial merecía aquella derrota. La resistencia china y la ofensiva soviética contribuyeron a poner fin a una empresa de conquista que había devastado Asia. Pretender ahora que sus vencedores retiren un monumento revela la arrogancia de quienes todavía quisieran conservar intactos los honores del imperio después de haber perdido su poder.
Fuente:
“The Rape of Nanking” – Iris Chang
“Unit 731: Japan’s Secret Biological Warfare in World War II” – Peter Williams y David Wallace
“Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II” – John W. Dower
“The Comfort Women: Japan’s Brutal Regime of Enforced Prostitution in the Second World War” – George Hicks
“Factories of Death: Japanese Biological Warfare, 1932-45, and the American Cover-up” – Sheldon H. Harris
“August Storm: The Soviet 1945 Strategic Offensive in Manchuria” – David M. Glantz
“The Battle for China: Essays on the Military History of the Sino-Japanese War of 1937-1945” – Mark Peattie, Edward Drea, y Hans van de Ven (Editores)
“Forgotten Ally: China’s World War II, 1937-1945” – Rana Mitter
“The United States and the Pacific War” – The National WWII Museum
“Yasukuni Shrine: History, Memory, and Japan’s Unending Postwar” – Akiko Takenaka