Por Karenina Díaz Menchaca El refugio materno, como evoca el sustantivo, nos traslada a ese lugar en donde encontramos, después de andar mucho tiempo por veredas que nos hicieron cansarnos, malgastarnos y desaprovechar los dones, que seguro la vida nos tenía deparados, para hallar la paz. El refugio es el terruño, el hogar que ya dejamos para convertirnos en adultos y que cuando lo visitamos, nos refuerza. Al menos así lo vivo cuando hago el retorno, con esa consciencia y deseo. Aunque me dejo embaucar por sus suaves mimos, también…