Cien horas de fuego: la verdadera historia del conflicto entre Honduras y El Salvador

Por Alberto Erazo Castro

Vamos a aclarar algo desde el principio, querido lector, porque si hay algo que me saca de quicio es que la historia se reduzca a un titular de periódico sensacionalista. ¿La “Guerra del Fútbol”? Por favor. Como si dos naciones enteras decidieran enviar a sus muchachos a morir porque un balón no entró por donde debía. 

Eso suena a argumento de una película de serie B, y créanme, conozco muchas, y todas son igual de ridículas. 

No, mis queridos desconcertados, los motivos de aquel julio de 1969 eran tan terrenales, tan prosaicos, tan… humanos, que hasta dan vergüenza ajena. Pero bueno, así somos: preferimos creer en la pasión deportiva desbordada antes que aceptar que una empresa frutera norteamericana y la codicia territorial pudieran ser los verdaderos instigadores. Eso no vende periódicos, ¿verdad? 

Es más fácil pintar a dos pueblos como salvajes que se matan por un partido de fútbol. Lo curioso, y aquí viene lo bueno, es que esa simplificación resulta falsa y funciona como un excelente mecanismo de distracción. Mientras usted y yo discutimos si fue penal o no, los que realmente manejan los hilos están repartiendo el pastel bananero a sus anchas. 

Pero no nos adelantemos, que esto es una historia con muchas capas, como una cebolla, y prometo que al final lloraremos, pero no precisamente de emoción.

Para entender este embrollo, tenemos que retroceder hasta principios del siglo XX, cuando dos gigantes norteamericanos, la United Fruit Company y la Standard Fruit Company, decidieron que el suelo hondureño era perfecto para sembrar bananos. Y vaya si lo era: fértil, húmedo, barato. 

Y claro, necesitaban manos que trabajaran la tierra. Manos hondureñas, sí, pero no eran suficientes. ¿Qué hizo entonces el capitalismo gringuero en su versión más descarada? Fue a buscar mano de obra barata al vecino, a El Salvador. Campesinos salvadoreños, acostumbrados a la dureza del campo, cruzaban la frontera, que dicho sea de paso, era un concepto bastante difuso, como la línea que separa la cordura de la locura, para trabajar en las plantaciones.

Y aquí viene la primera gran ironía: Honduras necesitaba a los salvadoreños para que sus tierras produjeran, y El Salvador necesitaba que Honduras necesitara a sus campesinos para aliviar su propia presión demográfica. ¿Un win-win, entonces? Qué va. 

Si algo nos ha enseñado la historia es que el equilibrio perfecto es tan efímero como la felicidad en una telenovela. Para finales de la década de los sesenta, casi trescientos mil salvadoreños vivían en Honduras. Trescientos mil. Y no llegaron ayer, no: llevaban generaciones. 

Los abuelos de esos campesinos ya estaban allí, y los bisabuelos también. Eran hondureños de hecho, aunque el papel dijera otra cosa. Eso no es una migración, eso es una diáspora silenciosa que, en cualquier momento, iba a comenzar a hacer ruido. Y el ruido, en política, siempre es una señal de alarma.

El gobierno hondureño, durante años, había mirado para otro lado. No les exigían nacionalización, no les pedían papeles, estaban ahí, en una especie de limbo legal que a todos convenía. 

A los terratenientes les convenía porque tenían mano de obra constante; a los salvadoreños les convenía porque, aunque mal pagados, al menos tenían un plato de comida; y a Honduras en general le convenía porque, bueno, alguien tenía que recoger los bananos mientras los hondureños se dedicaban a otras cosas, como protestar porque los salvadoreños les estaban quitando el trabajo. 

Ya ven, el eterno ciclo de la xenofobia: primero los necesitamos, luego los odiamos, y al final los culpamos de todo, incluida la lluvia.

Pero no todo era banano y buena voluntad. En los años sesenta, los países centroamericanos tuvieron la brillante idea de establecer un Mercado Común Centroamericano. El Mercado Común Centroamericano, concebido con la mejor de las intenciones (o con la peor, según se mire), resultó ser un festín desigual. 

Mientras las exportaciones industriales de El Salvador, gracias a su tejido fabril más desarrollado, se multiplicaban casi por seis en el intercambio regional, Honduras, atada a su vocación de exportador de materias primas, veía cómo sus ventas apenas crecían un magro cincuenta por ciento. 

Honduras no era del todo pobre y ciertamente crecía, pero lo hacía a paso de tortuga en una carrera de liebres, mientras el pastel del comercio regional se repartía con una cuchara descomunalmente más grande para el vecino del sur. El resultado: un déficit comercial hondureño que sangraba como una herida mal curada. 

Para que se hagan una idea, era como si usted pone una tienda de barrio y al lado abren un supermercado que vende lo mismo, pero más barato y con música ambiental. Usted, querido comerciante, pierde clientes y además ve cómo el otro se enriquece a costa de su esfuerzo. Ese fue el caldo de cultivo perfecto para que el resentimiento empezara a germinar en los sectores económicos hondureños. 

“Estos salvadoreños”, se decían, “nos invaden y encima se llevan nuestras migajas”. Y claro, el discurso no tardó en calar en la política.

Ustedes saben cómo funciona esto: cuando la economía falla, el chovinismo bananero es el refugio de los mediocres. Y en Honduras empezaron a surgir voces que pedían la expulsión de los salvadoreños que no quisieran obtener la nacionalidad. Los terratenientes, que siempre han tenido una habilidad especial para confundir sus intereses con los de la patria, comenzaron a presionar. 

Y entonces empezó la fiesta. La del odio, que nada tenía que ver con el fútbol. Los periódicos, la radio, todo el aparato propagandístico del Estado se puso a escupir veneno. ¿Que cómo llamaban a los salvadoreños? Pues “guanacos”, que en origen significa algo así como “hermanos” en lengua lenca, pero claro, en boca de un nacionalista se convierte en el peor insulto. 

Y no se quedaron ahí. Circularon volantes, carteles y consignas. Uno de ellos decía: “Salvadoreño, si te crees decente, por decencia abandona Honduras. Guanaco, si eres como la mayoría: ladrón, borracho, vividor, maleante o rufián, no te queremos en Honduras. Márchate o espera tu castigo”. 

Y luego, para rematar: “Y si por súplicas de la OEA el gobierno acepta guanacos, el pueblo debe rechazarlos”. ¿Se dan cuenta? Aquello superaba la simple bravuconada de borrachos en un bar para convertirse en una campaña orquestada, con financiación, con medios y con la bendición del palacio presidencial. Era el preludio de algo peor. 

Resultado: desalojos violentos, negación de servicios básicos, y una hostilidad que iba subiendo como la espuma de la cerveza mal servida. Las familias salvadoreñas, que llevaban años viviendo y trabajando en Honduras, de repente se encontraron con que sus vecinos, sus patrones, y hasta el gobierno, les daban la espalda.

Y mientras los gobiernos negociaban acuerdos migratorios que no servían de nada, surgían grupos armados extraoficiales que se dedicaban a hostigar a la población salvadoreña. Apareció “La Mancha Brava”. 

Un grupo paramilitar, medio escuadrón de la muerte, medio pandilla de matones, que con la cobertura del gobierno se dedicó a perseguir, aterrorizar, mutilar y asesinar a salvadoreños. Atacaban a civiles, a familias enteras con sus hijos y sus viejos, no a soldados enemigos. 

Los sacaban de sus casas, los golpeaban, los arrastraban, los mataban. ¿Y qué hacía el gobierno? Mirar para otro lado, o peor, alentar la cacería. Porque esa era la idea: limpiar el país de “guanacos”. Y para que no quedaran dudas, en el ejército y en la policía había oficiales que colaboraban con los paramilitares. 

Y el que no colaboraba, callaba. Como si el caldo no estuviera ya suficientemente caliente, un golpe de estado llevó al poder al general Oswaldo López Arellano, quien tenía una visión bastante clara de los inmigrantes: “Si no son nuestros, que se vayan”. Y así empezó una escalada de violencia que nos recuerda, tristemente, a otras épocas y otros lugares donde el miedo al “otro” se convierte en política de estado.

Pero la gota que derramó el vaso fue la reforma agraria que Honduras instituyó en junio de 1969, y no el partido de fútbol, no me vengan con cuentos. Básicamente, el gobierno decidió que las tierras que ocupaban los campesinos salvadoreños debían ser entregadas a campesinos hondureños. 

¿El problema? Que los salvadoreños llevaban años trabajando esas tierras, algunas veces generaciones enteras. Pero no seamos ingenuos: los verdaderos beneficiarios fueron los amigos del régimen, la oligarquía criolla, los que llamaban “los turcos”, los banqueros y los especuladores, mientras los campesinos hondureños sin tierra seguían esperando. 

Fue un latrocinio perfecto: echaron a los dueños legítimos, se quedaron con la propiedad, y encima quedaron como los héroes nacionales. Usted me dirá que eso es de cine, pero es más viejo que la mentira. Es el cuento de siempre: la tierra se la queda el que tiene el poder, no el que la trabaja. De un día para otro, más de cien familias fueron desalojadas violentamente. Y como la violencia llama a la violencia, los desalojos se multiplicaron, los enfrentamientos fronterizos se volvieron cotidianos, y la tensión entre ambos países llegó a un punto de no retorno.

Pero el asunto no quedó en el robo. Hubo campos de concentración. Sí, como lo oye. La OEA documentó que para finales de agosto de 1969 había más de diez mil salvadoreños hacinados en estadios y recintos deportivos, convertidos en prisiones improvisadas. Ahí estaban, sin cargos, sin juicio, solo por el delito de haber nacido al otro lado de la frontera. 

Los sacaron de sus casas, los despojaron de todo, los metieron en esos campos y los tuvieron allí, a merced del hambre, la enfermedad y la violencia de los guardias. ¿Sabe qué les decían? “Aquí se quedan hasta que su gobierno nos pague los daños”. Una barbaridad, pero una barbaridad con su razonamiento: la misma forma de pensar del que roba y exige rescate por el botín.

¿Y el fútbol en todo esto? Pues resulta que, en medio de este panorama digno de una tragedia shakespeariana, si Shakespeare hubiera escrito sobre bananos y migración, claro, se estaban jugando las eliminatorias para la Copa Jules Rimet de 1970. 

Honduras y El Salvador debían enfrentarse para obtener el pase a México. El primer partido fue en Tegucigalpa y lo ganó Honduras. Pero la violencia entre aficionados ya se había cobrado sus primeros heridos. 

El segundo partido, en San Salvador, fue para los locales, y antes del encuentro, los aficionados salvadoreños hicieron todo lo posible por molestar a los seleccionados hondureños. Ahí empezó el circo, pero el verdadero espectáculo estaba en las calles.

Mientras los jugadores sudaban la camiseta, en Honduras ardían las casas y los negocios de los salvadoreños. La violencia se extendió como un reguero de pólvora, y los salvadoreños que lograban escapar de aquel infierno llegaban a su país contando historias de terror. 

Historias que, como suele suceder, se exageraban con cada boca que las contaba. Y cuando el miedo y la rabia se mezclan, la razón se va de vacaciones. El 27 de junio de 1969, las relaciones diplomáticas se rompieron. Al día siguiente, se jugó el tercer partido, el definitivo, en Ciudad de México. Lo ganó El Salvador. Y mientras celebraban, en Honduras seguían quemando las propiedades de los salvadoreños.

Ahora, volviendo a lo nuestro, es fascinante cómo una serie de desencuentros económicos, políticos y sociales terminaron por desencadenar una guerra que duró apenas cien horas. 

Cien horas que, sin embargo, dejaron más de cuatro mil muertos y sembraron una semilla de odio que tardaría décadas en disiparse. Pero lo más curioso es que, a pesar de lo absurdo del conflicto y créanme, muchos caen en lo disparatado, pero este tenía un tinte particular de comedia negra, ambos países salieron de él con lecciones aprendidas a golpes de metralla.

Para empezar, la Fuerza Aérea Salvadoreña, o FAS, había planeado un ataque sorpresa para el 14 de julio. Bombardearían Toncontín, la base aérea hondureña en Tegucigalpa, y una docena de poblaciones más. Todo estaba listo: los aviones, los pilotos y las bombas improvisadas en los C-47, porque claro, ¿para qué comprar bombarderos si puedes convertir un avión de carga en un trasto volador con morteros de 60 y 81 milímetros? 

Era como preparar una paella con una sartén de tortitas, pero en el aire y con pólvora. La hora H era las 18:10. Y llegó el momento, y los aviones despegaron, y lanzaron sus bombas, y… casi todo falló. ¿Adivinen qué pasó? Las bombas cayeron en montañas despobladas, en colonias residenciales, pero no en los objetivos militares. El daño fue más psicológico que táctico. Porque, ustedes saben, nada asusta más a un ejército que ver que el enemigo no sabe ni dónde tirar.

Pero es que, además, los pilotos salvadoreños decidieron que bombardear Santa Rosa de Copán y Nueva Ocotepeque era mejor que atacar la base de La Mesa, donde estaban estacionados el cuarenta por ciento de los aviones hondureños. ¿Por qué? Nadie lo sabe con certeza. 

Las hipótesis van desde errores de navegación hasta una mala visibilidad, aunque los informes meteorológicos aseguran que el clima fue excelente. Yo tengo mi propia teoría: el pánico es un mal consejero, y cuando uno tiene un mapa borroso y una misión que cumplir, cualquier pueblo con nombre conocido parece un buen blanco. Es como cuando vas a comprar pan y terminas en una zapatería porque el GPS te falló.

La respuesta hondureña no se hizo esperar. Aunque el presidente López Arellano y su Estado Mayor, compuesto en su mayoría por oficiales de infantería, que siempre han visto a la aviación como un lujo innecesario, dudaron en contraatacar. 

El coronel Enrique Soto Cano, comandante de la FAH, tuvo que discutir a gritos con ellos para que autorizaran un ataque sobre El Salvador. Y cuando finalmente lo consiguieron, el C-47 que enviaron a bombardear Ilopango lanzó dieciocho bombas que… cayeron en el lago. Sí, en el lago. Porque la noche era oscura, y la navegación, un arte que se basaba en estimaciones de tiempo y distancia, falló estrepitosamente.

¿No les parece esto una comedia de enredos? Dos fuerzas aéreas incapaces de dar en el blanco, lanzando bombas que explotan en el lugar menos indicado mientras los generales, con sus mapas y sus tizas, discuten sobre planes que nadie puede ejecutar. 

Y mientras tanto, la gente muere por el caos y la confusión, y no por bombas bien dirigidas. Porque la guerra, queridos míos, no es como en las películas donde los misiles siempre dan en el centro del objetivo. La guerra es un desastre, un error tras otro, una serie de decisiones mal tomadas que se cobran vidas sin sentido.

Pero volvamos a la FAH. El 15 de julio, tres F4U-5N y un F4U-4 despegaron de Toncontín para atacar Ilopango y el puerto de Cutuco. Esta vez, sí dieron en el blanco. Una bomba abrió un agujero en la pista, otra destruyó un camión cisterna y dañó dos motores del DC-4M salvadoreño. 

En Cutuco, los depósitos de asfalto ardieron, produciendo columnas de humo visibles desde kilómetros. Y en Acajutla, otros cuatro F4U incendiaron los tanques de gasolina y diésel. Era como si Honduras, después de tantos errores, hubiera decidido hacer las cosas bien. Pero incluso entonces, los daños fueron limitados. La refinería de Acajutla perdió solo el veinte por ciento de su combustible, y El Salvador encontró la manera de reabastecerse.

Lo que nos lleva a otra reflexión: ¿De qué sirve bombardear puertos si el enemigo puede seguir recibiendo suministros por tierra o desde barcos anclados directamente en la bahía? La guerra es un juego de ajedrez donde las piezas cambian de lugar constantemente, y los generales, con su arrogancia, creen que pueden predecir los movimientos.

Pero el ajedrez, querido lector, no es como la vida real. En la vida real, los peones se rebelan, las torres se caen, y los reyes, que deberían estar protegidos, terminan en el frente de batalla.

El 16 de julio, los salvadoreños ocuparon Nueva Ocotepeque y comenzaron a avanzar hacia Santa Rosa de Copán. Pero la FAH ya estaba en acción: trasladó al Batallón Guardia de Honor desde Tegucigalpa hasta Santa Rosa en cuatro C-47, escoltados por los F4U y los T-28. Fue una operación arriesgada, pero necesaria. 

Las tropas hondureñas, reforzadas, lograron detener el avance salvadoreño en el frente de El Amatillo, mientras que los aviones de la FAH realizaban trece salidas que resultaron determinantes. ¿Qué hacía la FAS mientras tanto? Poco, muy poco.

Dos de sus Mustang chocaron en la pista de Ilopango, dejando a la fuerza aérea salvadoreña con solo tres aviones disponibles. Y lo peor radicaba en la moral, más que en la falta de aviones. Los pilotos salvadoreños, desmoralizados por los fracasos y las pérdidas, comenzaron a dudar de sus comandantes.

Es aquí donde la guerra se vuelve psicológica. Porque no importa cuántos tanques o aviones tengas, si tus soldados no creen en la victoria, estás perdido. Y los pilotos salvadoreños, al ver que sus esfuerzos eran menospreciados por un Estado Mayor que prefería la infantería, comenzaron a sentirse como los hijos olvidados de la familia. 

El comandante de la FAS, el mayor Salvador Adalberto Henríquez, tenía un problema: era de rango inferior a muchos de los oficiales con los que tenía que lidiar. En otras palabras, era el patito feo de la mesa de mando. Y cuando el patito feo intenta hablar, los cisnes (o los que se creen cisnes) no lo escuchan.

Pero el verdadero golpe llegó el 17 de julio, cuando el mayor Fernando Soto Henríquez, de la FAH, derribó dos aviones salvadoreños en una serie de combates aéreos que se convirtieron en leyenda. 

El capitán Douglas Varela murió en su Cavalier Mustang; el capitán Salvador Cezeña logró saltar en paracaídas. Y Soto Henríquez, con su F4U-5N, se convirtió en el as de la aviación hondureña, demostrando que, a veces, un piloto con determinación puede inclinar la balanza.

El 18 de julio, mientras la OEA negociaba un cese al fuego, los combates continuaron en tierra y aire. Los hondureños utilizaron bombas de napalm y las famosas “piñas”, un ingenioso artefacto que esparcía seis bombas sobre el terreno. Los salvadoreños, por su parte, sufrieron la pérdida de otro avión por fuego amigo. Y al final del día, con sus fuerzas mermadas y la presión internacional en aumento, El Salvador aceptó el alto el fuego. Las cien horas de guerra habían terminado.

Pero, ¿quién ganó? En términos militares, Honduras logró la superioridad aérea y detuvo la invasión. En términos políticos, El Salvador fue declarado agresor por la OEA. En términos humanos, ambos países perdieron. Cuatro mil muertos, decenas de miles de desplazados, y una herida que tardaría décadas en cerrar. Y todo por un conflicto que, en el fondo, era sobre dinero, tierra y orgullo.

Y luego, el epílogo, que es donde se ve la verdadera cara de la justicia. Honduras, con la ayuda de la comunidad internacional y su buena prensa, logró presentarse como la víctima agredida. Pero la Corte Internacional de Justicia, años después, le dio la razón en el diferendo fronterizo, y El Salvador perdió territorio. 

El Salvador, que había sido invadido por decenas de miles de refugiados, que tuvo que reubicar a su gente, que sufrió el colapso del Mercado Común Centroamericano, terminó pagando el pato. Y Honduras, que había cometido crímenes de lesa humanidad, se quedó con las tierras, con las propiedades robadas, y con la conciencia tranquila. Porque, claro, en la escuela hondureña no se enseña esto.

Lo que se enseña es que los salvadoreños vinieron a invadir, que fueron los malos de la película. La historia la escriben los que tienen los libros de texto.

Décadas después, el coronel Soto Henríquez y el capitán Cezeña, que se había convertido en piloto de línea, se encontraron en un avión. Se estrecharon la mano, se rieron de la vida, y compartieron un café mientras recordaban aquellos días de locura. Finalmente, ya no había tensión en el aire, solo la certeza de que la guerra, como la estupidez humana, es algo que merece ser recordado para no repetirlo.

Y quizás esa sea la lección: la historia no se repite, pero rima. Y nosotros, los que la contamos, tenemos la responsabilidad de no dejar que las rimas se conviertan en canciones de guerra. Porque, al final, queridos lectores, el fútbol es solo un juego, los bananos son solo frutas, y nuestros países hermanos son solo líneas en un mapa. 

Lo que realmente importa es la gente que vive dentro de esas líneas, y su capacidad para recordar que, por encima de las banderas, hay vidas que merecen ser vividas en paz.

Fuente:

  • “Honduras y El Salvador tras medio siglo de la tensión migratoria” – France24
  • “La Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras” – La Vanguardia
  • Sobre las Causas Económicas y el Mercado Común Centroamericano
  • “Honduras y El Salvador tras medio siglo de la tensión migratoria” – France24
  • “La Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras” – La Vanguardia
  • “Honduras y El Salvador tras medio siglo de la tensión migratoria” – France24
  • “Informe sobre la situación de los derechos humanos en El Salvador y Honduras” – CIDH (OEA)
  • “La Mancha Brava” – Wikipedia (Única excepción, pues es una fuente enciclopédica que documenta el grupo)
  • “The 100 Hour War” – Mario E. Overall (Latin American Aviation Historical Society, 2004)
  • “Radiografía de la Guerra del Fútbol o de las Cien Horas” – Obdulio Nufio (1974)

Related posts

Leave a Comment