Lula venció a Donald Trump en su propio juego

Por Alberto Erazo Castro

Brasil volvió a hacerlo y conviene decirlo sin bajar la voz: Lula da Silva ganó su cuarta elección presidencial. Cuatro. Nadie había llegado tan lejos en la historia del país, y llegó por el camino que menos esperaban los anglosionistas, el de las urnas. 

Después de dormir en una celda en Curitiba, después de que lo sacaran de la carrera de 2018 con una condena que se deshizo como un castillo de naipes, después de que las conversaciones filtradas mostraran a los fiscales celebrando su propia hazaña, después de que la Policía Federal desbaratara en 2024 un plan para matarlo junto a Alckmin y a Moraes. 

Volvió en 2022 con el país partido en dos y gobernó con un Congreso que le trababa el país cada mañana. Que ese hombre gane otra vez habla de él y habla todavía más de la gente que lo votó.

Y esa gente es la que merece el aplauso, porque aguantó lo que no se aguanta. Aguantó cuatro años de un gobierno que se burlaba de la pandemia mientras las funerarias no daban abasto, que repartía cloroquina como si fuera caramelo y que dejó que la selva se quemara para vender soja. 

Aguantó el 8 de enero de 2023, cuando una turba de fanáticos entró al Palacio del Planalto, al Congreso y al Supremo a pedir un golpe que su jefe había ido a mirar desde Florida. Aguantó las amenazas, las listas de enemigos, los hijos con fuero y sin vergüenza, la amnistía que se cocina en el Congreso para devolverle la sonrisa a los golpistas. 

Y aun así siguió yendo a las urnas, siguió caminando barrios enteros, siguió armando comités en el Nordeste, en las periferias de São Paulo, en los sindicatos, en los asentamientos, en las universidades que otros se encargaron de desfinanciar. Esa terquedad es la que ganó. La ganó la gente que madruga, la que toma tres buses, la que cobra el salario mínimo y nunca tuvo plan de salud.

Lula, por su parte, hizo lo que sabe hacer: leer el mapa antes de moverse. Puso a un empresario de derecha como vicepresidente para tranquilizar a los que se asustan con la palabra izquierda. 

Se puso la camiseta amarilla que otros habían convertido en bandera de guerra. Entró a los templos sin pedir perdón por ser quien es. Recorrió el Nordeste palmo a palmo, saludó a gobernadores que antes lo insultaban, se sentó a conversar con un Congreso que le debe favores a los bancos y eligió con paciencia cada pelea. Esa maña no se enseña en ninguna parte: se aprende en cuarenta años de derrotas, de huelgas, de cárcel y de volver a empezar.

La familia Bolsonaro, mientras tanto, se quedó con las joyas. Las de Arabia Saudita, esas que viajaron en la mochila de un ayudante y que nadie supo explicar de quién eran. Se quedó con los relojes y con los hijos colocados en el Senado y en la Cámara como sucursales del negocio familiar. 

Se quedó con el silencio cómplice de quienes hoy piden moderación y madurez, los mismos que aplaudieron el golpe contra Dilma en 2016, los mismos que llamaron mal menor a la cárcel política y exceso a la protesta. Traducido: que Lula gane pero que no gobierne. 

Que sonría, firme el presupuesto que le dejen y se vaya en cuatro años sin molestar a los dueños de siempre. Esa es la trampa que le tienden a todo gobierno popular que llega al poder con los bancos mirando por la ventana, y Lula ya sabe cómo funciona ese abrazo.

Hay un capítulo que la euforia no debería borrar: el método con el que se hizo la campaña. Aterrizaron consultores extranjeros con presentaciones listas para intervenir en la conversación brasileña, redes de cuentas falsas, cadenas de mensajes reenviadas hasta el agotamiento, reducción silenciosa de alcance a voces incómodas y ese silencio tibio de las plataformas que siempre miran para otro lado cuando el negocio marcha. 

El nombre de Cerimedo y su equipo apareció en el debate por algo. Nada de eso lo inventé yo: lo denunciaron periodistas, investigadores y legisladores. Que cada episodio termine probado en un tribunal es otra discusión; que la soberanía de un país grande se haya convertido en un tablero de experimentos ajenos ya lo sabemos todos.

Después está el tema que muchos prefieren no tocar: el púlpito convertido en sede de campaña. Pastores que leen listas de candidatos desde el altar, templos que reparten material de votación junto con el boletín dominical, diezmos que financian candidaturas y diputados que juran gobernar según el gusto del dueño del templo. 

Las iglesias evangélicas tienen derecho a creer, a predicar y a organizarse como cualquier ciudadano. Lo que no tienen es derecho a convertir el nombre de Dios en una franquicia electoral ni a sentarse en el despacho del ministro a cobrar favores. 

La fe es libre en estos países, pero el Estado sirve al pueblo, a todos, no a tu grupo de privilegiados anglosionistas. Y la política se hace con ciudadanos que piensan, no con rebaños que obedecen. Quien critique esto no está atacando a los pobres que van al culto: los está defendiendo de los pastores que trafican con su voto en nombre del cielo.

Ahora Lula tiene cuatro años y una oportunidad que ningún presidente en la historia de Brasil ha recibido. Debe cerrar el ciclo de la familia Bolsonaro con expedientes y con jueces, sin imitar el mal gusto de sus adversarios por el atropello, y dejar que la amnistía que se cocina en el Congreso se hunda por su propio peso. 

Debe sacar el dinero de las campañas, poner reglas a las plataformas y cerrar la puerta a los consultores extranjeros. Y debería hacer algo que casi nadie le pide: construir un Brasil que no necesite su nombre para seguir de pie.

El mérito de lo conseguido es enorme y no conviene disimularlo. Brasil doblegó a la potencia que lleva décadas decidiendo quién puede gobernar en el vecindario. Lo hizo con votos, con paciencia, con una militancia que caminó barrios enteros y con una generación joven que no vivió el miedo de otras épocas. 

Hay rabia en esta victoria, y esa rabia es limpia: la de quien se cansó de que le expliquen desde afuera qué le conviene. El imperio anotó el nombre, apretó lo que pudo y perdió igual.

Lula lo dijo a su manera y vale repetirlo: hay que acabar de una vez y para siempre con el complejo de inferioridad que América Latina arrastra frente a los anglosajones. 

Brasil acaba de dar una clase práctica de cómo se hace. Cuatro veces. Quién lo hubiera dicho. Ahí está el resultado, escrito con votos en la historia de un país que sigue empeñado en demostrar que está hecho de otra cosa.

Fuente:

“Lula se entrega a la Policía y queda preso en Curitiba” — El País

“El Supremo de Brasil anula las condenas contra Lula” — El País

“Vaza Jato: as conversas entre Moro e os procuradores da Lava Jato” — The Intercept Brasil

“PF prende suspeitos de plano para matar Lula, Alckmin e Moraes” — G1

“Bolsonaro defiende la cloroquina contra el criterio de la ciencia” — El País

“Manaus colapsa por la covid-19 y la falta de oxígeno” — El País

“Desmatamento e queimadas na Amazônia batem recordes” — Folha de S.Paulo

“Asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia” — El País

“Bolsonaro viaja a Florida tras el asalto en Brasilia” — El País

“Avança no Congresso projeto de anistia aos golpistas do 8 de Janeiro” — Folha de S.Paulo

“El Senado de Brasil aprueba el impeachment de Dilma Rousseff” — El País

“Temer promulga emenda do teto de gastos públicos” — Agência Brasil

“Quién es Fernando Cerimedo, el consultor argentino de campañas bolsonaristas” — La Nación

“Lula elige a Alckmin como compañero de fórmula” — Reuters

“Lula usa camiseta amarilla y entra a templos evangélicos” — Folha de S.Paulo

“Las joyas de Arabia Saudita que complican a Bolsonaro” — El País

“Flávio Bolsonaro é eleito senador” — G1

“Eduardo Bolsonaro é eleito deputado federal” — G1

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