Por Leonardo Tenorio
Semana difícil para los “puros” de Morena ante el ataque descarnado a dos de sus figuras emblemáticas.
La primera de estas arremetidas ocurrió contra Jesús Ramírez, ex colaborador del presidente López Obrador, a manos de Julio Scherer Ibarra quien, en coautoría con el conductor de TV Azteca, Jorge Fernández Menéndez, presentó su libro Sin venganza ni perdón, atribuyendo a Ramírez una serie de actos malsanos que, sin embargo, parecen poco probables (manipular a López Obrador, estructurar una red de robo de combustible, desviar recursos para campañas, entre otros).
El segundo ataque ocurrió desde dentro del gobierno y en contra de Marx Arriaga, hasta el pasado viernes director general de Materiales Educativos de la SEP, y conocido por ser el responsable (no el autor, como él mismo se jacta) de los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana.
Luego de algunos meses de jaloneo con el titular de la Secretaría, el colimense Mario Delgado, a quien Arriaga acusó de abrir las puertas de la SEP a diversos consorcios comerciales (Bimbo, Avón, Femsa, entre otros), así como de reincorporar a las grandes editoriales amarchantadas con la dependencia durante el periodo neoliberal (el español Grupo Prisa, Trillas, Santillana), ayer viernes por la tarde Arriaga fue notificado -con uso de fuerza pública- de su formal remoción del cargo.
Desde luego la prensa comercial hizo eco de ambas embestidas, saciando así su ambición desmedida de ver desaparecer del actual gobierno a lo más radical del obradorismo, los “puros”, como les llama -quizá atinadamente- la flamante mancuerna de Scherer Ibarra y Fernández Menéndez.
Cabe preguntar si detrás de estas maniobras hay algo más que simple estrategia política animada por el deseo de provocar el desmarque de Claudia Sheinbaum con relación a AMLO, distanciamiento descaradamente promovido por la casta mediática de México, y que podría estar dando algún resultado, sobre todo con la salida de Marx Arriaga, toda vez que Jesús Ramírez fue abiertamente ratificado en el transcurso de la semana por la presidenta.
La decisión de proceder a esta remoción en el contexto de un clásico “sabadazo”, parece indicar por lo menos un cierto desinterés de la presidenta por la suerte del siempre polémico Marx.
Pero, ¿habrá algo más que eso?
No pretendo defender ni a Marx ni a Jesús. Lo interesante, antropológicamente hablando, me parece que radica en el desprecio de clase por el político -incluso por el ciudadano- sin grandes ambiciones, sin tanto aspiracionismo, es decir: en la persona que, más allá de sus errores o defectos, no está en venta (ni en renta).
Porque ciertamente, tanto Jesús Ramírez como Marx Arriaga, coinciden en ese perfil desprovisto de “hambre”, de formalidad, algunos dirían incluso que “de empaque”: no usan traje, no hacen reverencias, no cuidan que sus expresiones tengan el tono sacerdotal de, por ejemplo, un Ricardo Monreal.
No son oradores, aunque son elocuentes, sobre todo a los oídos del ciudadano común. Cuesta incluso trabajo imaginarlos sentados a la mesa de finos restaurantes, departiendo con magnates entre manjares, ademanes y palabras hipócritas.
No retratan, en suma, al aspirante a político tradicional: impecable, saludador, disciplinado, siempre dispuesto a representar y risueño sin dejar de ser petulante.
Se parecen más, en suma, al Andrés Manuel López Obrador de 1997, descrito por Scherer Ibarra durante la presentación de su libro en compañía de su nuevo socio y de la también conductora de televisión, Bibiana Belsasso, el pasado 12 de febrero.
Durante la entrevista y con paciencia cuidadosa, Scherer se dio tiempo de describir un encuentro entre su padre, el insigne periodista Julio Scherer García y Andrés Manuel López Obrador en el restaurante La Cava, de Insurgentes Sur, en la Ciudad de México, encuentro del que él mismo fue testigo.
Durante dicho encuentro, según narra Scherer Ibarra, Andrés Manuel se levantaba y se retiraba de la mesa con alguna frecuencia. Pensaban que iba al baño. Hasta que Scherer padre le preguntó: “Don Manuel ¿por qué se va tanto?”, y Andrés Manuel le respondió que estaba “yendo a ver a su mujer a la que dejó en el coche”. “Vamos por ella”, dijo Scherer, levantándose de la mesa y acompañando a AMLO hasta el estacionamiento para ir por ella, llevándola hasta la mesa.
“Yo destacaría allí -explicó Scherer Ibarra- la timidez de Andrés Manuel para llevar a su esposa en ese momento a una mesa donde se platicaba de política, pero destacaría también la calidad humana de mi papá para ir por la señora y ponerla junto a nosotros, que era lo que correspondía”…
Si la señora no quería entrar al lugar, ni quería que la pusieran en ningún lado, será cosa que quizá nunca sepamos.
Lo que resulta evidente es el afán de Scherer Ibarra por retratar a Andrés Manuel como incapaz de saber lo que corresponde en cada caso, sobre todo en un contexto de poder, como el restaurante La Cava.
No le pasa por la mente a Mr. Scherer que seguramente (como yo imagino) el propio Andrés Manuel no habría deseado entrar en ese restaurante, pero condescendió a asistir por atención a Scherer padre.
Porque en el fondo Scherer Ibarra es incapaz de imaginar que alguien (sobre todo alguien que tiene el deseo de dedicarse a la política) no desee entrar a un restaurante como La Cava. Casi diría que alguien así produce en él una desconfianza automática. Ese es el sentimiento pseudo aristocrático al que me refiero.
¿No será que algo hay de eso en la cruzada que esta semana llevaron a cabo los sectores reaccionarios de los medios y del propio gobierno en contra de dos símbolos de la sencillez y casi diría de la simplicidad ciudadana que habita en el corazón de la 4T?
A estas alturas ya es innecesario advertir que la derecha basa toda su política en la propagación del odio. La novedad de la semana fue la oportunidad de canalizarlo de lleno, no en dos personajes, sino en un tipo social que -con buenas razones- identifican como su gran enemigo: el ciudadano “puro”.
Por lo demás, es aberrante que Scherer Ibarra trate de dar a entender que el título de su libro hace referencia a la célebre frase del viejo Borges: «Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón», frase con la que el extraordinario escritor argentino condensaba el desapego hacia quienes le hicieron daño.
En este caso vemos todo lo contrario: si Scherer Ibarra está publicando una obra para desacreditar a una serie de personas, dándole comidilla a la casta mediática pervertida (de la que forma parte como copropietario de la revista Proceso) y si las tremendas palabras de “venganza” y “perdón” están presentes nada menos que en la portada de su publicación, quiere decir que en su corazón no hay, todavía, lugar para el olvido.
Lo que hay es resentimiento contra ciertas personas. Y desprecio por el ciudadano común y corriente cuando tiene la osadía de meterse en política.