¿USA Y LA ANGLOESFERA: NUESTROS ALIADOS?

Por Alberto Erazo Castro

En la narrativa oficial, Honduras ha sido, según repiten políticos, diplomáticos y bienintencionados analistas, un aliado natural de los Estados Unidos y del mundo anglosajón. Se habla de cooperación, de asistencia, de amistad histórica entre pueblos. 

Pero cuando uno se atreve a observar la historia sin los filtros del protocolo y el discurso diplomático, la realidad es más bien obscena: lo que se ha vivido es una historia de saqueo con guantes blancos, de servidumbre voluntaria con acento extranjero y de subordinación cuidadosamente construida.

Durante décadas, Honduras fue conocida como una “república bananera”, no como un apodo pintoresco, sino como una realidad económica y política. El país funcionó como un enclave de explotación para empresas extranjeras, particularmente estadounidenses, que operaron como si el territorio hondureño fuera una extensión sin ley de sus intereses corporativos. 

Mientras las compañías norteamericanas obtenían beneficios extraordinarios, la población local quedaba relegada a condiciones laborales precarias, represión sindical y pobreza crónica.

Las relaciones entre Honduras y Estados Unidos no se forjaron sobre una cooperación equitativa, sino a partir de un orden neocolonial. Desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, las empresas bananeras estadounidenses impusieron un modelo económico subordinado, centrado en la exportación de materias primas, principalmente banano, y en la importación de bienes esenciales, lo que dio forma a una economía frágil, vulnerable y sometida.

¿Y qué hizo el “aliado” estadounidense cuando esos silencios fueron interrumpidos por el ruido de la protesta popular? Intervino. Con marines. En más de una docena de ocasiones durante el siglo XX, tropas estadounidenses ingresaron al país, siempre para “proteger intereses”. No se referían, por supuesto, a los intereses de los hondureños, sino a los de las compañías que consideraban la región una extensión de su propiedad privada. ¿Aliado? Aliado de sí mismo.

La historia británica no fue muy distinta, aunque más breve. Durante el siglo XIX, Gran Bretaña ejerció control sobre regiones del Caribe hondureño, reconociendo protectorados, estableciendo reinos clientelares y, con exquisita cortesía imperial, “devolviendo” territorios solo cuando le convenía. 

El propósito era claro: extraer lo que se pudiera, asegurar rutas comerciales y dejar atrás una élite local funcional al modelo. Nada de eso puede leerse como una relación de aliados: es el manual clásico del imperialismo decimonónico.

Lo más irónico es que esta subordinación fue aceptada con entusiasmo por las élites criollas, esas que, con apellidos europeos y educación bilingüe, descubrieron que la mejor forma de preservar su poder era ponerse al servicio del Anglo-imperio de turno. 

Así se consolidó una alianza interna entre capital extranjero y oligarquía nacional, que hasta el día de hoy sigue intacta. Es una relación mutuamente beneficiosa: uno extrae los recursos, la otra gobierna con impunidad. Y el pueblo, por supuesto, observa desde abajo, entre discursos de cooperación y tratados que nadie leyó. Se prestó la frontera para hacerle la guerra a otros pueblos de Centroamérica.

Lejos de limitarse al ámbito económico, el control anglosajón, especialmente el estadounidense, penetró las estructuras políticas del país. A partir de la Guerra Fría, Honduras se transformó en una plataforma militar de Washington. Se instalaron bases aéreas, se entrenaron fuerzas paramilitares, se prestó el territorio para operaciones encubiertas y se consolidó una subordinación directa al aparato militar estadounidense. 

En los años ochenta, era común que se hablara de Honduras como una “república del Pentágono”, en alusión al papel subordinado que el país desempeñaba dentro del ajedrez geopolítico estadounidense.

Tanto Estados Unidos como Gran Bretaña se han acercado a Honduras no como iguales, sino como potencias que identificaron en el país una fuente útil de recursos, mano de obra barata y una posición geográfica privilegiada. El interés de ambas potencias ha sido fundamentalmente instrumental: Honduras ha servido como plataforma para los objetivos imperiales del eje anglosajón.

A lo largo de los siglos, cualquier intento de autodeterminación hondureña ha sido neutralizado. Desde huelgas obreras y reformas agrarias hasta el cuestionamiento de bases militares extranjeras, las iniciativas soberanas han encontrado resistencia frontal de las potencias dominantes. Incluso los golpes de Estado han contado con respaldo o benevolencia tácita de los gobiernos anglosajones cuando los regímenes en turno mostraban señales de independencia o reforma.

Hoy, más de dos siglos después de su independencia, Honduras sigue albergando tropas extranjeras en su territorio, sin recibir compensaciones reales. La base en Palmerola sigue operando con bandera extranjera, y los acuerdos bilaterales se firman sin discusión nacional, como si la soberanía fuera una cortesía opcional. Se nos dice que esto es normal, que es por seguridad, que es por cooperación. Pero los hechos son más tercos que los comunicados oficiales.

Honduras ha sido moldeada para servir, no para decidir. Y quienes más han lucrado de esa configuración no han sido sus pueblos, sino los grandes capitales foráneos y una oligarquía local que ha sabido adaptarse a cada nuevo patrón anglosajón, ya fuera con sotana imperial, fusil en mano o laptop diplomática.

En definitiva, los hechos son tozudos: el mundo anglosajón no ha actuado como un aliado de Honduras, sino como un poder hegemónico. Las relaciones han sido desiguales, extractivistas y de sometimiento. 

Lo que se presenta como “amistad histórica” es, en verdad, una historia de subordinación crónica disfrazada de cooperación. Y quizás ha llegado el momento de contarla como es. No con las metáforas románticas del “hermano mayor” ni con los discursos empolvados de la diplomacia tropical, sino con cifras, nombres, documentos y con memoria. Porque mientras Honduras exportaba bananos, trabajadores y la obediencia, ellos importaban lucro, poder e impunidad. 

¿Alianza? Sólo si se cuenta desde el punto de vista del que manda.

El relato de la amistad anglosajona es una ficción útil. Sirve para justificar bases militares, tratados comerciales desiguales y para mantener viva la ilusión de que algún día, si nos portamos bien, seremos recompensados. Que, si firmamos, aplaudimos, nos alineamos y sonreímos, nos lanzarán una limosna envuelta en un memorándum. Pero la historia es clara: esa recompensa no llega. 

Honduras sigue siendo uno de los países más pobres del continente, a pesar de sus abundantes recursos, su potencial humano y su ubicación privilegiada. O precisamente por todo eso. Nuestra pobreza no es un accidente: es parte del engranaje.

Y eso que podríamos empezar a desenterrar los episodios más obscenos: cuando empresas privadas estadounidenses trajeron mercenarios del Ku Klux Klan para invadirnos, o cuando los filibusteros blancos cruzaron el Golfo para masacrar centroamericanos en nombre de la “civilización”. O miremos al presente: el gobierno de Donald Trump, versión 2025, que trata a los hondureños en EE. UU. como residuos biológicos excretables, deportables, prescindibles. 

Y mientras tanto, aquí seguimos repitiendo el cuento de la “amistad”, como loros entrenados en un ministerio. Porque seamos sinceros: los anglosajones no creen en esta fantasía de vernos como aliados. Somos nosotros los que nos autocolonizamos creyéndola. El verdadero colonialismo hoy no necesita cañones ni virreyes: basta con que uno de los nuestros se contemple y se crea parte del Anglo-imperio.

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