32 años después… Los rostros de la tragedia (Tercera parte)

Por Alejandra Ayluardo

En punto de las 13:14 horas del 19 de septiembre, un inesperado movimiento telúrico de 7.1 grados en la escala de Richter con epicentro al sureste de Axochiapan, Morelos, en el límite con el estado de Puebla, a 57 kilómetros de la capital, sacudió a la Ciudad de México.

Dejó importantes afectaciones en los estados de Morelos, Puebla, Estado de México y Guerrero; sin dejar de mencionar a los estados de Oaxaca y Chiapas quienes ya sufrían afectaciones por el sismo de 8.2 grados en escala de Richter del pasado 7 de septiembre.

***

14:00 – 18:00 horas

Ruth Velázquez: Seguí corriendo tres cuadras más para llegar a la secundaria donde va mi sobrino y durante este trayecto traté de contactar a mi hermana y a mi cuñado, mientras veía los postes, las casas y el suelo, ya que a veces quedan resentidos y caen minutos después. No pude contactarme con nadie.

Llegué a la secundaria de mi sobrino y veo que hay aproximadamente quince padres desesperados, llorando, atónitos. La mayoría son varones. La directora no supo cómo controlar la situación, el profesor de educación física trataba de controlar a los papás. Los niños se encontraban sentados en el patio. Me dirigí a una profesora que estaba gritando, espantada. Eran gritos fuertes, externaba su miedo. Le pregunté que si ya habían revisado la escuela y me dijo que no a punto del llanto. Era claro que no sabían qué hacer.

Llegaron más madres llorando y trato de tranquilizarlas diciéndoles que sus hijos están bien y que es necesario que sus hijos nos vean tranquilos. La profesora se retiró permitiéndonos el paso. Observé la escuela, que es de un nivel y no vi daños. Me encontré con mi sobrino y nos fuimos. En la planta baja de la escuela no hay control, todos entran y salen a pesar de que no se ha revisado la estructura. Traté de revisar la situación del salón y no vi fisuras. Su mochila estaba en la tercera fila del fondo.

Le dije que dejáramos las cosas porque estaba el suelo agrietado. Un compañero le dio su mochila. Anoté su nombre en una hoja haciéndome responsable de su salida. La situación era cada vez peor, salían adultos hasta con diez menores y no había control de ver si salían con un familiar o no. Yo llevaba de la mano a mi sobrino y había momentos en donde lo abrazaba por las personas que querían entrar y los que estábamos saliendo.

La calle era un caos, todos querían pasar en moto o coche. Mientras regresábamos a la casa sigo tratando de comunicarme con mi hermana. Gente en crisis. Le dije a mi sobrino que en casa estábamos bien que lo iba a dejar para ir por mi hijo, al cual le dice hermano. Me preguntó que cómo estaba su mamá, le dije que no había podido comunicarme con ella, pero que tuviera la confianza de que ella estaba bien, que si algo malo le hubiera pasado a algún hospital, yo me hubiera enterado por el grupo de información en el que estoy por whatsapp. Chequé en el grupo de información las variaciones de la intensidad del sismo, hablaban de 8.4, 8.1, 8.2.

Marco Antonio Solano: Un par de horas más tarde nos informaron que no podíamos regresar al edificio y que tampoco podíamos ingresar para sacar nuestros vehículos que se encontraban en los sótanos del inmueble. Con lo que traíamos encima, cada quien emprendió el regreso a casa o, en el mejor de los casos, a algún punto cercano para encontrarse con sus seres queridos.

Yo caminé hacia la Avenida Insurgentes. En el camino me encontré ambulancias y víctimas que ingresaban al Hospital Doctor Darío Fernández, bueno, ingresaban es un decir: se había habilitado la Avenida Barranca del Muerto con un tendido improvisado y camas para recibir a los lesionados. No era el único que caminaba, éramos cientos.

Algunas camionetas Pick Up se detenían para subir a algunos, pero yo no tuve oportunidad de subirme. Seguía intentando llamar a mi esposa, quería saber cómo estaban mis hijos, si había podido pasar por ellos al colegio, pero a mi viejo celular se le estaba terminando la batería.

Seguí caminando por la Avenida Insurgentes y al pasar frente la estación del Metrobús Doctor Gálvez, me causó admiración cómo unos muchachos se organizaron y, al detenerse los autos en el semáforo, les solicitaban a los conductores si podían dar “aventón” a los que caminábamos.

Decidí ceder ese lugar a quién más lo necesitara, pues habían familias hasta con niños en brazos que requieran del transporte. En mi caminar, me encontré con un señor humilde que tenía un garrafón con un letrero en el que se leía “Te regalo un vaso con agua para tu andar”. Era raro, pero después de tanto tiempo caminando no me sentía cansado ni tenía sed, sólo me alimentaba seguir caminando para poder encontrarme con mi familia.

Ramiro Álvarez: Tardé horas para poder contactarme con mi familia. Fue una situación angustiante, desesperante, aterradora porque no sabía cómo estaba mi familia ni mi casa. La réplica que se dio como a las 5:30 de la tarde no la sentí porque en ese momento estaba con mi familia, sin embargo, el movimiento de la réplica ocasionó que varias casas que habían quedado sentidas se derrumbaran.

Rocío Montiel: Como a las 14:30 horas, logré contactarme con mi familia, supe que todos estaban bien. Aproximadamente a las 15:00 horas nos dieron salida y decidí ir a ayudar en el Colegio Rébsamen. Caminé dos cuadras y esperé el camión que va al Estadio Azteca. Dejé pasar antes dos camiones porque iban abarrotados.

Al sentarme en el camión, la gente iba hablando de que el Colegio Rébsamen se había caído al igual que algunos edificios del Multifamiliar Tlalpan, otros decían que las colonias Narvarte, Portales, Del Valle, Roma, Condesa y Centro estaban destruidas por completo.

Sabía que mi familia estaba bien y decidí ir a apoyar al Colegio Rébsamen. Tardamos aproximadamente tres horas en llegar al Estadio Azteca. Cuando bajé del camión, escuché que el Ejército estaba llegando al colegio y decidí ir por dos garrafones de agua para dejarlos en el lugar, porque sabía que no me iban a dejar entrar.

Caminé del Estadio Azteca al punto de emergencia. Pasé a un Oxxo y compré dos garrafones de 10 litros de agua y me fui caminando unas cuadras más hasta llegar al colegio. Efectivamente no me dejaron pasar. Entregué el agua y me quedé atónita de lo impresionante que era la escena. Gritos, caos, pero al mismo tiempo silencio y calma.

Edna Fabián: Logramos llegar todos a salvo a la zona de seguridad. Veía las caras de los estudiantes, su terror y sus lágrimas. Pensaba en mis hijos, mi esposo y mi familia esperando que estuvieran bien. Supuse que por aquel movimiento algo no iba a estar bien.

Lo que siguió fueron largas horas de angustia y preocupación por los propios y por los ajenos. No había comunicación, de pronto llegaban noticias que corrían como agua entre nosotros y que aumentaban el susto «se cayó el TEC», “el Rébsamen también y hay niños muertos», no sabíamos nada más.

Mis hijos y yo estábamos bien, ellos son alumnos del mismo Colegio. Dos horas después llegó mi esposo, al verlo mi alma descansó, aunque no tuve mucha oportunidad de llorar o desahogarme, pues teníamos que estar enteros para los casi 1800 niños que estaban con nosotros en el Colegio.

Me sentí mucho más tranquila. Mi esposo me dijo que todos los nuestros estaban bien, que había hablado con ellos y que todos estaban bien pero preocupados. Así pasaron las horas, esperando a que los padres de nuestros alumnos lograran llegar por ellos, la ciudad era ya un caos. Llegaban asustados pero tratando de mantener la calma para sus hijos.

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